«Da cven Vicekvet» de Levan Akin

Acabó el primer teatrillo de la semana, el que se atreve a hablar de «estreno mundial» para referirse al inicio de un festival de cine más, eso sí, uno con historia y tradición, pues no en vano acaba de comenzar la 64ª edición, pero no hay que confundir tradición e historia con calidad. Hablar de «Intemperie» de Benito Zambrano y utilizar la expresión «estreno mundial» no es una mentira, pero el significado que se le quiere dar sí que es erróneo, pues da a entender que el resto del mundo está esperando la película y que Valladolid ha arrebatado una obra de campanillas a todos los demás festivales del planeta, que son miles, y desde luego eso sí que es un ejercicio de ego provinciano. Acerca de la película comparto completamente el análisis que sobre ella ha hecho Carlos Barrio para Último Cero, y confirma esa voluntad del equipo de selección del festival por hacer pasar por «delicatessen» lo que no es más que un producto alimenticio, por no ofrecer al público vallisoletano una película española de empaque, y al cabo del año las hay. Lo único que voy a añadir sobre la película es que quien vaya a ver «Intemperie» pensando en el libro que ha leido, que lo olvide, es una película y es otra obra completamente distinta que, seguramente, ha comprado los derechos para aprovecharse del tirón del título, pero cuya línea narrativa se aleja por completo del espíritu y el fondo de la novela. Este detalle no es menor, pero no sería el peor de sus males si el resultado fuera reivindicable. ¿Qué añade un western por tierras andaluzas a la historia del cine español? en este caso muy poca cosa.

Fotograma de Intemperie. Foto: ©LucíaGarréfoto

Peor aún es la selección de «Un divan á Tunis» de Manele Labidi para competir en la sección oficial, peor e incomprensible que entre los centenares de películas francesas anuales el comité de selección siempre se decante por los productos amables, caricaturescos, sonreibles o de buenas iuntenciones, que suele coincidir con el gusto del distribuidor al ser el tipo de cine francés que suele llegar a las carteleras comerciales todas las semanas. Este año toca una película que pretende hablar de temas trascendentes como la identidad, la mujer en el mundo árabe, las distancias entre primer y tercer mundo; desde la comedia, y naufraga en todos los intentos, tanto como comedia, que queda reducida a pequeños chistes, como drama, para el que no hay voluntad ni intención de profundizar en los motivos que mueven a una mujer joven, pero que se acerca a los 40, a abandonar Paris para regresar al país que dejó a los 10 años y abrir una consulta psicoanalítica. Ni la presencia de Golshifteh Farahani ayuda a hacer digerible la propuesta que sería perfectamente pateable por cualquier público de un festival de «cine de autor» si no se tratara del tan educado y generoso de esta ciudad, que es capaz de aplaudir incluso.

Cierta decepción me ha dejado la película española «L,innocéncia» de Lucía Alemany, incluso reconociendo que hay buenos mimbres detrás de la cámara, momentos bien conseguidos, un personaje central bien dibujado como es el de la debutante Carmen Arrufat, que soporta todo el peso de la película, pero la película termina sabiendo a poco al mismo tiempo que le sobra metraje, pues a partir de la mitad de la misma parece entrar en un bucle donde las situaciones se repiten y los personajes secundarios que comparten el mundo de la adolescente repiten una y otra vez sus mismos gestos, sus mismas reacciones. Como en el personaje que interpreta Luis Callejo en «Intemperie», las presencias de Laia Marull y Sergi López en «L,innocencia» pueden ser creíbles e impecables de manera aislada en cada una de sus intervenciones, pero cuando cada vez que salen en pantalla adoptan el mismo rol y la misma forma de relacionarse, la sensación que me provocan es de hastío y falta de progresión en esta historia que el cine español viene repitiendo bastante en los últimos años a través de sus jóvenes directores, sobre todo mujeres; una especie de vuelta al campo, al pueblo, casi siempre desde los ojos del urbanita que mira amablemente a esa otra España de tradiciones arraigadas y en la que una mujer, adolescente o madura, sufre un cambio interior profundo en ese viaje personal.

El segundo día de competición ha proporcionado lo que puede ser una gran película, y digo puede porque las películas también necesitan su tiempo para ser reposadas, asumidas y recordadas, dando tiempo a que crezcan en nuestro pensamiento o vayan desvaneciéndose con las horas. No es el caso de la película georgiana «Da cven Vicekvet» de Levan Akin, que no deja de ser cine convencional pero con una gran escena en su interior. Es previsible, su progresión no aporta sorpresas, su corrección formal puede ser reconocida, pero.....sí, pero, porque el director abusa de los ensayos del «equipo B» de la compañía nacional de danza georgiana en un intento de utilizar el baile para dibujar a los personajes, y sin embargo, salvo en la escena final, muy larga para su propósito, y también un tanto ridícula, es fuera de la sala de ensayos lo que define, sobre todo, al personaje principal. Akin va dejando detalles a lo largo de la película acerca de cuál es la identidad sexual del protagonista, pero pese a ello, son las situaciones y lugares donde se manifiesta esa pasión homosexual los que hacen de los momentos culminantes un ejercicio apresurado por llegar a la conclusión. Mucho tiempo para la danza y muy poco para contar dónde están los conflictos, y pese a ello filma un muy interesante plano secuencia en el interior de una gran vivienda en la que en cada habitación suceden cosas antagónicas, para terminar sacando la cámara por la ventana rompiendo la magia de esos minutos de puro cine con una solución argumental conservadora, emotiva y cobarde, una escena que no merecía esa solución.

Grande y arriesgada parece la apuesta de «Echo», la nueva película de Runar Runarsson, el que hace unos años ganó la Concha de San Sebastián con la irregular, pero interesante, «Sparrows». Mediante 71 escenas de alrededor de un minuto cada una, en plano fijo, compone un retrato, a modo de «tableaux vivants», de la realidad de la estupidez del género humano en su día a día, en sus actividades cotidianas. Sólo ha olvidado recoger una inauguración de festival, entrega de premios o exposición de arte contemporáneo; obviamente no podía retratar una procesión o un encierro porque en Islandia parece que no hay, pero en el retrato sutil e impresionista de estas decenas de situaciones podemos sentirnos muy identificados tod@s. La película respira, por encima de todo, con el recuerdo del cine del gran Roy Andersson y los ecos de Ruben Ostlund, ese alejamiento de las situaciones, ese absurdo de un humor que nace del acto más repetitivo, hablándonos del ciclo de la vida que se renueva una y otra vez aunque nos empeñemos en torpedear las bases mismas de nuestra existencia. «Echo» se perfila como una de las mejores películas de esta Seminci, ojalá quede olvidada entre otra media docena de grandes propuestas, ¿por qué no? algún año tendrá que ser, y si no quieren arriesgar ya saben que casi van a acertar seguro en el gran ciclo de cine chino, ese tipo de cine que no es el que suele aparecer por la competición por el primer premio de Valladolid. Aún les queda otra ocasión para poder ver «Kaili Blues» de Bi Gan, nuestra gran esperanza para la consolidación de un referente del cine mundial del futuro.

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