La pareja de directores búlgaros va creando una potente filmografía que, sorprendentemente, ha ido teniendo espacio en la cartelera española con sus anteriores «La lección» y «Un minuto de gloria». Es un cine que, junto con «Bashtata», va reflejando una realidad social de un país asolado por la herencia de la dictadura, carcomido por la corrupción, devastado por las mafias de todo tipo, un cine sólido, duro como el granito y que ahora, sin dejar de observar el paisaje social del país, se centra más en una pareja, en este caso padre e hijo que se reúnen para despedir a una madre muerta de manera inesperada en una mesa de operaciones por una cirugía menor. Las primeras escenas son suficientes para dibujar el carácter del padre, un pintor que parece sacado de un catálogo mesiánico, y un hijo incómodo por encontrarse en ese lugar, y que hace todo lo posible para terminar cuanto antes con las obligaciones y volver a su casa, ese espacio en el que la inminente llegada de un hijo cuando parece que ya nadie lo esperaba le carga con unas obligaciones que le superan.

Ese espacio de duelo familiar se ve trastocado, a mayores, de manera fulgurante, por un suceso de apariencia paranormal cuando el viudo afirma haber recibido una llamada de teléfono de la muerta, algo que otro familiar afirma haber experimentado igualmente. A partir de ese momento, a la ceguera temporal del hombre mayor se le va a oponer la mente racionalista del hijo, incapaz de asumir que pueda existir esa apertura de dimensiones desconocidas que permita comunicarse con los muertos. Cuanto más trata de evitar esa deriva el hijo, más se empeña el padre en sondear caminos indemostrables, con secta incluída. El largo viaje hacia la noche que emprende el padre, y al que el hijo se ve obligado a seguir por una obligación filial que desearía olvidar una y otra vez, no sirve para unir a ambos, entre los que existe un abismo de incomprensión y silencios, que solamente se mantuvo unido por la presencia materna, provocando, además, una crisis de pareja y laboral en el impotente hijo, que empezando con una mentira, entra en una deriva sin fín hasta ser descubierto tras una noche scorsesiana absolutamente surrealista.

Una película donde la noche aporta ese elemento fantasmal que necesita el relato, una imagen nerviosa que se acerca a los protagonistas dejando muy poco espacio libre en el cuadro, asfixiando literalmente su movimiento obligándoles a permanecer muy juntos, un acompañamiento sonoro igualmente acertado, y una conclusión que cierra todos los interrogantes y une todos los elementos pendientes sin que, por ello, se elimine el silencio entre padre e hijo, los dos portando enormes cargas de culpa en relación con sus respectivas parejas y por muy diferentes motivos, hacen de «Bashtata» la, para mí, mejor película de la sección a concurso hasta este momento.

ÖNDÖG de Wang Quan an (Mongolia) Mientras la pantalla permanece en negro, escuchamos las voces de un grupo de personas que hablan vaguedades sin trascendencia fuera de campo. Cuando la imagen cobra vida, los potentes faros de un vehículo alumbran parcelas de un paisaje monótono y árido. Son como nuestros ojos. Alcanzamos a ver lo que la limitada luz alcanza a mostrarnos. De repente, en medio de la nada, delante de nosotros y delante del conductor y acompañante, aparece el cuerpo de una mujer desnuda. Impensable y extraordinario. Nadie lo diría y nadie lo creería. Pero es asi. Este es el fascinante y atractivo arranque de «Öndög» (2019), película escrita y dirigida por el realizador chino, Wang Quan'an, y presente en la seción a concurso de la 64ª. Semana Internacional de cine de Valladolid. El filme estuvo en la sección oficial de la última Berlinale. No tuvo recompensa en el palmarés. No así el trabajo que le puso en nómina de los cinéfilos, «La boda de Tuya», un largometraje de estilo antropológico. Öndög, sigue la misma estela pero partiendo de una premisa que en su primer tramo entra en el género thriller, una apasionante terreno y, en este caso, exótico y repleto de expectativa.

Se ha cometido un crimen en uno de los parajes mas vastos y fríos del planeta. Una zona de pobre vegatación, ciudades diseminadas y personajes que principalmente viven del pastoreo y la ganadería. En un lugar a desmano, el capricho del destino ha querido que una patrulla de policías rurales haya hallado el cadáver de una chica. La gravedad de la situación pronto se torna chiflada. El jefe de policía, a un paso de la jubilación y maldiciendo su suerte por toparse con un marrón que le puede fastidiar y condicionar el retiro, le encarga la vigilancia del cuerpo a un joven recluta de apenas dieciocho años, sin galón alguno, para que se quede toda la noche custodiando el fiambre y de paso ahuyentar los lobos que han olido carne fresca (nunca mejor dicho). Este comienzo tiene guasa pese a la seriedad y severidad del asunto. Pero el cineasta pronto le da la vuelta al suspense y a la intriga, e inmediatamente introduce un personaje capital en el relato. Una experimentada pastora, que vive y trabaja en el entorno, emerge para quedarse y toda la atención y desarrollo de la historia va a acontecer según su dictado. Su primer cometido es ayudar, cobijar, resguardar y ejercer de madre del joven policía. Ella es la que verdaderamente ahuyenta toda alimaña que se acerque al cadáver. Su talante vigilante tiene doble cometido. Por una parte cuidar el entorno del crimen y, por otra, seducir al atónito muchacho que con el cuerpo bañado con alcohol termina haciendo el amor con la pastora.

El espacio es un protagonista más de la historia. Rodada con el formato 2:35, un formato panorámico que el realizador chino utiliza casi siempre en plano general y sólo cambia la jerarquía del tamaño de los encuadres en función del escenario que tiene que filmar, es una técnica que habla de la grandeza de la expresión para acoger un argumento casi íntimo y sobre una forma de trabajar y existir en condiciones climáticas muy adversas. La película no deja de ser, por otra parte, una reflexión sobre el papel de la mujer, sus necesidades sexuales y la presión de una sociedad que ve en ella el típico objeto que está en este mundo para la procreación. Sobre este tema, la pastora tiene sus ideas muy claras. Asume la independencia que le otorga vivir de la autosuficiencia y autoabastecimiento. Tiene un amigo, una especie de pagafantas, que actúa de amante ocasional, cuando ella quiere. Además es una mujer que ha perdido dos hijos pero se encuentra en una edad que la llamada biológica de la maternidad le aporrea la puerta y llega un momento que debe tomar decisiones. Planes sobre la descendencia que se explican en el título original del filme, Öndög, huevo de dinosaurio, una teoría peregrina sobre cuando los dinosaurios dominaban la tierra, su extinción y una cariñosa forma de referirse a un embarazo de consecuencias inimaginables. (Por José Manuel León Melía, de Onda Cero La Rioja).

CAT IN THE WALL de Mina Mileva y Vesela Kazakova (Bulgaria-Reino Unido). Es muy socorrido acudir, cada vez que uno asiste a las miserias de los menos favorecidos del primer mundo, al cine de Ken Loach o Mike Leigh, y es que en la película de las directoras búlgaras el dibujo de los personajes, el agotamiento laboral por muy poco rendimiento económico, las alejadas barriadas inicialmente obreras y ahora ocupadas por deterioradas clases medias y personas dependientes de ayudas sociales, remiten directamente a ese conocido cine británico mencionado. La nacionalidad de las directoras no oculta la clara influencia del estilo british en su trabajo, pisos minúsculos, necesidades de todo tipo, estrecheces monetarias, pero, a diferencia de Loach, por ejemplo, desaparece cualquier atisbo de solidaridad entre desfavorecidos. Mileva y Kazakova optan por un realismo sucio donde a la pobreza parece que hay que eliminarle la dignidad, el aseo y el respeto, no por la pareja de hermanos protagonistas entre sí, sino de estos hacia el exterior y en la relación con los vecinos más cercanos a la violencia.

La película abarca demasiados temas y no es capaz de centrarse en ninguno en concreto, abre muchas vías, pero no como objeto de debate cinéfilo al término de la proyección, sino como un catálogo de todos los males de esa barriada que ansía acercarse al centro de Londres del que sólo puede disfrutar los fuegos artificiales desde la lejanía. Personas formadas trabajando en minijobs, familias monoparentales, gentrificación, inmigración sin papeles, racismo, el Brexit, violencia callejera, clasismo entre desfavorecidos......todo entra y todo vale para ir rellenado hora y media de película que termina en un momento determinado como podía terminar un cuarto de hora antes o un cuarto de hora después. Cojan a Loach, eliminen su optimismo de clase obrera, esparzan un cubo de basura por la pantalla, eliminen cualquier salida positiva para los protagonistas e incluyan un gato en el relato (con diferencia es el que mejor actúa), más o menos obtendrán una sinopsis de «Cat in the wall».

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