Alcanzada la mitad de la Seminci, en su sección oficial pueden avanzarse una serie de notas no desconocidas.

1.- Ausencia de riesgo, se juega sobre seguro para contentar al público mayoritario que hace más de una década no era el tipo medio de espectador del festival, el público sale contento y piensa que ése es el mejor tipo de cine que puede verse en la actualidad.

2.- Uso del festival como plataforma de preestrenos de las distribuidoras, es decir, el festival rehuye descubrir y son las distribuidoras las que descubren si el tipo medio de espectador puede responder después en taquilla.

3.- Mucho público en sección oficial y poco público en los ciclos, algo normal cuando la Seminci no presta ninguna atención al material alternativo que presenta; darse un paseo por el LAVA es significativo, salvo las películas de Castilla y León, que arrastran familiares y amigos, los ciclos chino y georgiano en el LAVA rozan, muchas veces, la media docena de espectadores.

4.-Escaso control por parte de la organización de cómo se proyecta en las salas comerciales el material exhibido, problemas evidentes de sonido en ocasiones, escasa visibilidad de la proyección por el ahorro energético y no para salvar el planeta precisamente.

5.- De cara a superar la cifra de los 100000 espectadores no hay nada mejor que ir recortando las proyecciones matinales, ahora testimoniales en los ciclos, y aumentar secciones miniminci y seminci joven donde las salas se llenan a golpe de colegio o instituto. Ojalá alguien pregunte cuando se de el balance final de espectadores cuál ha sido la recaudación final en taquilla, hagan una división y verán cómo los números no cuadran, es evidente, cada año hay más invitaciones. Por cierto, que «El plan» pueda llenar una sala como Calderón o Carrión, y en «The pluto moment» hubiera unos 60 espectadores es señal de que el festival no hace bien parte de su trabajo.

ÖNDÖG de Wang Quan,an (Mongolia). Un cadáver de una mujer desnuda aparece en las estepas de Mongolia, es el desencadenante de una historia que poco, o nada, va a tener que ver con un relato criminal aunque su inicio así lo parezca, como «Érase una vez en Anatolia» de Bilge Ceylan hablaba de muchas más cosas que la reconstrucción de un brutal asesinato. El director chino Wang Quan,an aprovecha la situación para poner en relación a un novato policía de 18 años con una experimentada pastora que vive sola en su yurta y se ocupa del cuidado de su ganado. En una noche de en la que la pastora cuida del policía para que no muera de frió, llega el aprendizaje, el joven policía aprenderá a beber sin límite, a fumar y tendrá su primera experiencia sexual con una mujer que decide en todo momento, cuando y con quién, sin ataduras y sin someterse a una tradición de control machista que señala a la mujer como una especie de dinosaurio a extinguir. Unas preciosistas imágenes con planos muy abiertos para reflejar la insignificancia de un hombre en medio del paisaje, abundancia de puestas de sol y amaneceres, siluetas recortadas a la luz de la hoguera o con el reflejo de la luna, y una reivindicación de un papel femenino absolutamente independiente, pierde gran parte de su atractivo, potenciado por el inmenso silencio de la taiga, apenas alterado por música diegética que se transforma en extradiegética aumentando el volumen de la canción que sale del móvil del policía en la larga espera para que lleguen sus compañeros y el forense a recoger el cadáver, cuando el director alarga innecesariamente su obra tras un bello final anterior, una vez que la pastora queda dormida en lo que parece un apeadero de autobús y la imagen funde a negro. A partir de ese momento la historia entra en un convencionalismo innecesario y malgasta el potencial feminista previo con una historia de acomodo masculino que la película no merecía. Interesante película en todo caso y de lo más salvable de esta primera mitad de festival.

THE FAREWELL de Lulu Wang (USA-China). El año del ciclo de cine chino el comité de selección de Seminci, en vez de apostar por esa llamada sexta generación, se lanza a por una coproducción chino-americana de emigrantes que sienten la llamada de la sangre cuando la anciana madre es diagnosticada de un cáncer terminal. Ya ha ocurrido previamente, se han hecho ciclos de cine chileno, colombiano, portugués, ahora chino, y la atención anterior y posterior del festival a esas cinematografías ha sido nulo. En las antípodas del cine chino que triunfa en los festivales, la película se acerca más a los stándares de la tragicomedia norteamericana de multicine que a un producto dotado de entidad propia. Estamos ante material muy manido, muy visto, muy tramposo para acceder fácilmente a los sentimientos del espectador dispuesto a tener sus emociones a flor de piel recordando a los parientes que han muerto previamente. Pero la película es poco más, ni una sola crítica a la realidad de China, apenas unas imágenes que pueden ser interpretadas de manera bidireccional, tanto como pérdida del referente del pasado como evidencia de la potencia económica del presente al filmar los kilómetros y kilómetros de nuevas construcciones e infraestructuras. Película amable, bienintencionada, llena de tópicos amparados en la diferencia cultural entre Oriente y Occidente. Correcta, ni molesta, ni asombra, una atonalidad muy propia del material mayoritario de la sección oficial.

EL PLAN de Polo Menárguez (España). Una pena que la gala del cine español en la Seminci se haya escogido material de tan poco fuste como éste. Si, como se comenta, «Intemperie» llegó a Valladolid tras no ser acogida por San Sebastián ni Sevilla, los festivales más potentes, al menos económicamente del país, la selección de «El plan» para cubrir la cuota de cine español se antoja muy poco justificada si vemos cuál es el catálogo de nuestro cine a lo largo del año. No puede hablarse de producto fallido porque la película aparenta ser lo que su director ha querido que fuera punto por punto. Exceso de primeros planos y planos cortos sobre los actores, uso del plano-contraplano hasta aburrir con la alternativa de mezclar entre plano y contraplano, de vez en cuando, al tercer actor en contienda; muy discutible uso de la música sin necesidad y, muchas veces para recalcar el momento de intensidad dramática; nula vocación de separarse artísticamente del referente teatral; equiparación de la masculinidad y el «ser hombre» con la testosterona, la suciedad, la agresividad y la falta de educación; colección de chistes propios de comedia televisiva (de hecho el tipo de realización se acerca mucho a cualquier episodio piloto de prueba), y de remate, una frase final que quizás se ha querido usar para limpiar del espectador la sombra del crimen, pero que deja en el aire el tufo de justificación hacia los hombres que no asesinan o maltratan a sus compañeras, simplemente porque «no tienen huevos suficientes». Junto con «Un diván en Túnez» lo peor, con diferencia de la sección oficial.

No hay comentarios