José Celestino Campusano.

Hoy sólo escribiré de una película vista ayer por la tarde en el pase de prensa y omitiré los comentarios sobre la nefasta sexta jornada, que ha provocado la exclamación voz en alto de un conocidísimo crítico histórico de este país, «estoy hasta los c....... de ver cine malo». Y es que el bajísimo nivel de la sección oficial este año está provocando un amplio consenso en las filas de los invitados de prensa que, a día de hoy, tenemos enormes dificultades para escoger alguna película de cierto peso con la que compensar las enormes decepciones, las selecciones inexplicables, la duplicidad de situaciones en películas que se proyectan el mismo día, confundiendo diálogo cinematográfico con repetición de la misma idea; hasta el punto de que llegamos a contemplar un drama femenino, y pretendidamente feminista, marroquí, donde todo el relato se construye a partir de la ausencia del hombre, un ejemplo más de lo desnortado del discurso de mucho del cine presenciado hasta ahora. Ya habrá ocasión de comentar el regular o mediocre cine visto hoy, a excepción de «El escritor de un país sin librerías», de Marc Serena, documental sobre el pasado colonial de España en Guinea y el presente de corrupción y tiranía que lo acerca a una auténtica dictadura, con el mérito de haberse rodado gran parte de él en la propia Guinea, siguiendo a Juan Tomás Avila Laurel, un escritor sin libros editados en español e inencontrable en España, país en el que reside como opositor político.

 

En reivindicación del cine de Campusano hay que decir que es la única película valiente, arriesgada, radical, comprometida y coherente con la idea cinematográfica del autor que se ha visto en la sección oficial de la Seminci, plagada de propuestas cortadas con escuadra y cartabón, en las que a los dos minutos de película puedes imaginar todas y cada una de las situaciones que ocurrirán posteriormente y en las que abunda el final moralista y sensiblero. Cuando se anunció la selección de películas para esta edición y apareció el nombre de Campusano imaginé que alguien había colado algún gol al comité de selección, o se debía algún favor, o, por fín, la Seminci se había deshecho del programador para Sudamérica. Por un comentario ajeno a estas circunstancias que me han hecho hoy, quizás haya habido un defensor del cine de Campusano en la ciudad, uno de los pocos intelectuales de prestigio que quedan en Valladolid, que haya inclinado la balanza y haya convencido a alguien. Quién sabe las razones, pero la presencia de Campusano en la sección oficial es el único soplo fresco de libertad creativa que nos ha acompañado durante la semana, ésta sí, de pasión, o mejor, de masoquismo visual.

Viendo «Hombres de piel dura», valorando ese silencio incómodo en la sala, el remover de cuerpos en los asientos, imagino qué ocurriría si a la Seminci de hoy llegara el cine de Pasolini, si este público acostumbrado a las comedias de televisión, los formatos de 45 minutos, las comedias amables de gente aseada y que parece no pensar en el sexo fuera enfrentado hoy a Pasolini, a Breson, a Godard, a Richardson, a Grandrieux, a Bonello,......sería capaz de patear la proyección. Porque como me decía hoy otro de los cinéfilos históricos de la ciudad, en sus tiempos se hubiera pateado con saña a 12 ó 13 películas de las que van a optar a los premios y que, encima, los ganarán, pero que han sido amable, o entusiastamente, aplaudidas por el público que ha perdido cualquier tipo de exigencia. Campusano es un outsider, un francotirador. Acostumbrados al cine de Campanella y sus mariachis seminceros, Campusano es lo más parecido a un terrorista con una cámara. La Seminci ha pasado de despreciar al sector del cine argentino de autor, esa palabra con la que el director del festival se llena la boca para proyectar, a continuación, una película de Sony y Columbia, como son Llinás, Alonso, Moguillansky, para saltarse al underground que hasta podría hacer las delicias de Jonas Mekas si leemos sus escritos de los años 60 reivindicando el cine porno de Hoboken.

Y la Seminci se saca de la chistera este tipo de cine, de repente, después de haber desactivado el espíritu crítico del público, y la mayoría piensan que, como poco, «es una guarrada», «qué porquería», «me gustó más la de Tosar», «no tiene nada», «no tiene principio ni final», «qué cosa más mala», (son expresiones oídas a la salida), cuando la realidad es que un festival de cine sólo se justificaría en su permanencia si es capaz de ofrecer, no a Campusano, sino el cine que no va a poder ser visto de otra manera, aunque Campusano si lo hayamos podido ver y conocer previamente gracias a otro tipo de festivales, como el madrileño «Márgenes», que sí hace honor a su nombre. Por eso defiendo la presencia de «Hombres de piel dura» en la Seminci, porque es la única película libérrima y provocadora de todo el festival, la única que habla sin pelos en la lengua, la única «diferente» entre tanta uniformidad avasalladora en los conceptos cinematográficos. Esto no quiere decir que la película sea mi favorita, ni mi seleccionada, ni la mejor del festival, pero seguramente es la única con la que puedo estar seguro que, si no hubiera sido por Seminci, no hubiera visto, entre otras cosas porque el 90% restante las he visto ya muchas veces.

Campusano no consigue amalgamar bien sus tres ejes narrativos ambientados en la depauperada ciudad de Marcos Paz. Homosexualidad, homofobia y pederastia eclesial van interrelacionándose mostrando el poder depravado de la iglesia católica, su facilidad para mirar hacia otro lado y absolver rápidamente los delitos de sus miembros con menores, la solidaridad entre sacerdotes pederastas, la incomprensión que genera un joven que no oculta su identidad sexual pero al que su padre intenta, por todos los medios, «reconducir» a la normalidad, y la búsqueda, en definitiva, del amor verdadero, porque «Hombres de piel dura» termina siendo una película de amor pampero entre hombres arrogantes y fieros donde un muchacho amanerado busca, y encuentra, al hombre de su vida. Pero todo este argumento viene acompañado de sexo explícito, suciedad, zafiedad, escatología, abusos a menores, planos mal diseñados, drones innecesarios, malas interpretaciones de actores no profesionales que estropean diálogos afilados y con muy mala leche, algo que no debe extrañar, pues así es el cine de Campusano, radical y sin dobleces. Señalando con el índice la hipocresía de la sociedad argentina y su íntima violencia, ajustando cuentas con los depravados de verdad, a quienes no oculta su desprecio disfrazado con alzacuellos, Campusano se mantiene fiel a su cine y a su modo de concebir las imágenes, no como arte, sino como puñetazos al estómago, o más abajo, de sus espectadores. La mejor noticia de la seminci ha sido Campusano, aunque no sea, ni de lejos, la mejor película del festival, y ello porque un festival sin riesgo ni merece subsistir ni tiene sentido cultural.

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