A estas horas ya se conocerá el palmarés de esta edición, pero como decían en una película mítica de insoportable visión, «frankly, my dear, I don’t give a damn». Llega el momento de las medallas, de sacar pecho o intentar sacar rédito político, de falsear la realidad pretendiendo convencer de que éste sea el único tipo de cine programable. Ha dicho Angulo que ha sacado al festival de su ensimismamiento, y a él corresponderá, o a la prensa profesional, si es que queda algo de ella, interrogarle sobre lo que eso significa o si considera que, ahora, el festival es más relevante que hace 15 ó 20 años. Si la Seminci, que tanto se queja de falta de presupuesto, dejara de invitar con hotel y comida pagadas a muchos de los escribidores del festival comprobaríamos el tirón del festival en la prensa generalista y especializada. Si los «blogueros» que hemos ido usurpando el papel de la crítica profesional tuviéramos que pagar por ver las películas también obtendríamos un termómetro de la relevancia. El balance de la Seminci se reduce, a partir de ahora, a glosar la bonanza de haber superado los 100.000 espectadores, o no, y haber aumentado el público infantil y juvenil (menudo mérito cuando son los colegios e institutos los que llenan las salas y a los chavales la alternativa es quedarse en su aula sin actividad lectiva). Sobre la calidad del cine proyectado y el proyecto de futuro, así como de la labor cinéfila desde noviembre de 2019 a octubre de 2020, nada hay que decir porque no importa a ningún responsable mientras haya vestidos y trajes disponibles a coste cero para el usuario que los utiliza en las galas.

La presente edición de Seminci (y hablo de su sección oficial, que definitivamente ha de ser el termómetro de orientación y vocación cinematográfica del festival) ha sido vulgar, impersonal, predecible, acomodada. Un puñado de películas de fácil consumo, digestión rápida y olvido inmediato. Ni tan siquiera, como en otras ediciones Angulo, ha habido una o dos grandes películas capaces de retorcer la narrativa y mostrar signos de genialidad al espectador (aún hoy tengo vívido recuerdo de «Génèse» y «A land imagined» de la pasada edición, algo que en ésta no va a ocurrir). Pensar que a Seminci ahora se le pueda dar un giro para que nombres como Devos, Carpignano, Minervini, Hamaguchi, Sciamma, Manivel, Toucedo, por decir algún nombre joven al azar, sean conocidos por el público vallisoletano es una auténtica quimera. Seminci vive por y para el cine que pueda llegar a ser estrenado, y, ahí está la cartelera semanal, su irrelevancia es absoluta, por lo que la irrelevancia del cine festivalero la iguala. Viendo las películas del festival ha habido tal sensación de apatía, fórmulas repetidas una y otra vez, esquemas milimétricamente copiados de unos/unas directores/as a otros/as que la falta de originalidad ha sido la nota dominante. Tan plana ha sido la edición que la más mínima corrección se agradece y rápidamente destaca. Es el caso de «Echo» de Runar Runarsson, una película idéntica de principio a fín, pero que como los cuadros de la escuela flamenca dedicados a estampas populares, va más allá de la anécdota concreta para perfilar perfectamente la estupidez y egoismo de la sociedad contemporánea. O de las aceptables, pero irregulares, «Ondog» y «Lara», o la notable «The father», película que dentro de su exceso habla bien a las claras de la credulidad religiosa del ser humano, capaz de desencadenar el absurdo a partir de un error de apreciación provocado por la culpa.

¿Del resto? casi mejor ni hablar, ningún hallazgo, ninguna promesa potente de futuro. Ninguna «línea editorial» visible en la dirección del festival, que perpetuará la demolición del presente apoyándose en el crédito del pasado con un amplio respaldo político, mediático (éste incomprensible pero la publicidad pagada a veces puede obrar milagros) y de la ínfima industria cinematográfica española a la que sabe mimar. Por el camino comentarios de compañeros de letras dispuestos a no regresar, convencidos de que si no son invitados por el festival no vendrían, deserciones tras padecer dos ediciones consecutivas de Seminci ante su pobreza de contenidos, de nuevos lenguajes, de apuestas radicales. Un modelo que se está asentando en la mayoría de festivales mundiales y no exclusivo de la Seminci. Contenedores de películas, cuantas más mejor, en una lucha por la foto del artista, algo tan vacío como el contenido de sus obras, haciendo de estas ediciones anuales mero espectáculo donde lo que menos importa es la calidad de lo que se proyecta, sino el quien se exhibe. Yo soy de los que me siento comprometido por escribir para esta publicación local, pero sepan que, de buena gana, ésta sería la última vez que pisaría Seminci, porque si el martes el Museo Patio Herreriano proyecta la excelsa «El proceso de Juana de Arco» ¿quién necesita Seminci? Ahora, ya lo escribí ayer, si hoy Bresson siguiera haciendo cine, o existiera un Bresson en el mundo, sepan que Angulo no lo programaría porque eso sería «ensimismarse» ya que, habiendo dos directores de apellido Kaurismaki, el festival de ahora siempre traerá al mal director porque nunca podrá aspirar a estrenar en Valladolid la obra de Aki (también escribo esto porque no pocos espectadores creían que lo de ayer, que no se si calificar como cine, era una película de «Kaurismaki», éste también es un logro de este festival bajando notablemente la calidad cinéfila del espectador). Auguro que el festival no tardará en acercarse a Netflix, Amazon, Movistar para integrar en su sección oficial más cine hecho con algoritmos o, ahondando en la degradación, algún capítulo de alguna serie.

Sobre las últimas películas a concurso destaca, pero sin alardes, la nueva película de Jan Ole Gerster, el de la superior «Oh boy», que con su «Lara» construye un buen personaje no exento de tópicos sobre la madre-mujer que exige perfeccionismo ajeno y es incapaz de enfrentarse a sus propias debilidades, asfixiando a un hijo que a duras penas se libera del abrazo materno. Una película que se construye a lo largo de un día, que amaga con el suicidio en dos ocasiones, que mantiene el anzuelo sobre el espectador con el estreno como compositor del hijo de la protagonista, asímismo una pianista frustrada, que cuenta con buena planificación visual con imágenes tendentes a evidenciar la soledad de una mujer en un frío y húmedo Berlín, pero cuyo final lanza por la borda el trabajo previo porque, queriendo dar una salida a un personaje que parecía no tenerlo, concluye de la manera más rutinaria e hipócrita su periplo abriéndose a un nuevo futuro.

«Adam» la película marroquí de Maryam Touzani, con dos mujeres solas que se ayudan mutuamente, pretendiendo ser una fábula feminista de solidaridad, termina construyéndose alrededor de la ausencia del hombre, tanto del marido fallecido de una de ellas como del hombre que ha dejado embarazada a la segunda y a la que la sociedad musulmana condena a entregar al recién nacido para poder rehacer su vida. La película cumple todos los tópicos previsibles, rechazo, acercamiento, nuevo rechazo, acercamiento definitivo, trabajo conjunto, complicidad, recuperación de la alegría y un largo final sensiblero que hace de «Adam» (tres mujeres copan el relato pero el título es un nombre masculino) otra película irrelevante.

La película brasileña «A vida invisivel de Euridice Gusmao» de Karim Ainouz peca de falta de mesura. No sería de extrañar que apareciera bien situada en el palmarés, y parece que no hay término medio, o ha gustado mucho o no ha gustado nada, como es mi caso. El guión, heredero de un best seller, algo que ya indica su intrínseca calidad argumental, se construye a partir de la vida de dos hermanas que se separan sin volver a encontrarse por cuestiones tan irrelevantes como el honor familiar. Estamos más ante un folletín decimonónico ambientado a partir de los años 60 en Río de Janeiro que ante un relato feminista, dos mujeres con vidas paralelas en una película a la que le sobra metraje, le sobran reiteraciones, le sobran cartas y le sobran ganas de hacer planos bonitos en cada escena. Si algo no puede achacarse a la película es su falta de sentido estético, su decorado, su vestuario, sus luces, pero todo ello bastante falto de alma como para interesarme. Podrán juzgar por sí mismos pronto porque la película está cerca de estrenarse.

Y con esto acaba la edición más insustancial de la última década semincera, probablemente la peor experiencia cinematográfica con Angulo. Yo ahora me voy a dedicar al cine y a olvidarme del festival (esto va a ser lo más fácil).

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