Fotograma de “Tres anuncios en las afueras”.
Fotograma de “Tres anuncios en las afueras”.

En la medida de mis posibilidades, de mis propios gustos, y que, además, procuro no ver cine que no sea en versión original con lo que eso supone en una ciudad como Valladolid por mucho que la película pueda atraerme, en esta nueva sección intentaré escribir, aunque sea brevemente, de alguna de las películas en cartel en las salas comerciales; ya sea para recomendar su visión, o para desaconsejarla si considero que puede suponer una pérdida de tiempo y dinero para el/la lector/a. Ahora mismo en cartelera hay, dentro de esa selección personal, películas recomendables como “Tres anuncios en las afueras”, películas con interés estético, como “Wonder Wheel” y “Loving Vincent” y también auténticos engendros imposibles de defender, por más que hayan ganado un festival decadente en su sección oficial como Donosti. como es el caso de “The disaster artist”.

En “Tres anuncios en las afueras”, el director Martin McDonagh sigue las sendas de sus precedentes “Escondidos en Brujas”, para mí su mejor obra hasta el momento, y la simpática y tarantiniana por excesiva y sangrienta “7 psicópatas”, lanzando un mensaje que termina siendo un tanto equidistante, sobre el uso de la violencia como respuesta a la injusticia o a la falta de respuestas. El monolítico personaje recreado por Frances McDormand, que se acerca a aquella sheriff de “Fargo”, pero ahora amargada por el dolor y la mala leche, incapaz de asumir que la policía no sea capaz de descubrir al autor, o autores, de la violación, muerte y posterior quema de su hija, contrata tres anuncios publicitarios en una carretera perdida de Missouri con intención de remover conciencias ajenas e instigar la reapertura de un caso estancado, señalando directamente al jefe local de policía, el sheriff interpretado de manera muy solvente por Woody Harrelson (que ha terminado encasillado en este tipo de personajes). Mezclando drama con humor negro, ironía con mala leche, racismo, xenofobia, venganza, amor por las armas, se ofrece una radiografía social que se dice de la América profunda, pero que, sin duda, no nos separa demasiado porque comprobamos a diario en nuestro país casos de premeditado eco mediático donde esta madre de ficción no se diferencia de otros muchos padres de la vida real. A su guión le sobran efectismos y soluciones fáciles en su segunda mitad, incluso un giro que se produce mediada la película termina dinamitando la intriga porque lo que se anuncia como premonición se va cumpliendo paso a paso, no obstante, puede que sea la película más intensa, más cuidada y más conseguida de la actual cartelera, eso sí, visto solamente el tráiler, no concibo cómo el espectador puede aguantar su doblaje.

En “Wonder Wheel” de Woody Allen y en “Loving Vincent”, película polaco-británica de Dorota Kobiela y Hugh Welchman, la apuesta es por la forma y no por el contenido, y esa forma alcanza tanta importancia que su historia, tan mínima, termina resultando insuficiente para sostener el conjunto. La fotografía de Vittorio Storaro fagocita el guión de Woody Allen aunque ayuda a resaltar la solvencia y maestría de Kate Winslet como nueva actriz alleniana. La historia de la camarera casada de segundas con un bruto portuario (muy eficaz Jim Belushi) y al tiempo amante de un socorrista en las playas de Coney Island (discreto Justin Timberlake) en cuya esperanza de cambio vital irrumpe la joven hija del marido (Juno Temple, discretísima) huyendo de un marido mafioso y que se enamora del mismo socorrista, se intuye desde el principio y no sorprende, pero en sus imágenes hay una belleza magnética que ayuda a soportar lo mecánico de la construcción de la historia, lo fácil y teatral de su planteamiento y lo indisimuladamente preordenado que está todo hacia ese plano final que se anticipa fácilmente. Asistimos al cine de Allen como una tradición, pero hay que recordar que este Allen está muy alejado del mejor, que sus historias apenas permiten dobleces, que sus imágenes son muy literales y no permiten jugar con la imaginación ante la linealidad de lo que propone, pero aún así seguimos fieles al recuerdo, el problema es que de tanto recordar se van acumulando películas medianas en su filmografía que van sepultando lo que fue su gran época creativa. En “Loving Vincent” no hay excusa de ningún tipo, lo que un mediometraje hubiera supuesto un bombazo artístico y un golpe de efecto soberbio, en un largometraje termina agotando y saturando. A quienes nos gusta la obra de Vincent van Gogh la recreación de sus últimos días en la Provenza francesa nos atrae de partida, y mucho más si el rodaje se simula como si todo lo que sucede ocurriera con los ojos del artista y viéramos la vida como sus trazos furiosos de aplastante colorido. El problema es que una película de 80 minutos pretende crear un pretexto narrativo para justificar el hallazgo visual, y la anécdota, la excusa argumental, es tan plana, tan escasa, tan alargada, que lo que es sobresaliente por un lado se convierte en mediocre por otro. Si se consigue olvidar uno de la historia y los personajes y se zambulle en el mundo artístico de van Gogh la película se disfruta, si se pretende aunar forma y contenido el resultado es decepcionante.

¿Qué decir de un desastre calculado y con coartada como “The disaster artist”? Pues que ha ganado este año en Donosti y poco más, pero hay tantos premios como festivales, incluso estamos creando premios por encima de nuestras posibilidades, la frase no es mía, es de Gonzalo de Pedro, programador de la Filmoteca. Hacer una película sobre el rodaje de la que el marketing interesado dice la peor película de la historia (realmente The room es muy mala, una digna competidora al premio a peor película sin duda) puede intentarse desde la solvencia de un director como Tim Burton en “Ed Wood”, ahora en horas bajísimas, o como un esperpento ridículo como este artista del desastre. Quien la vaya a ver que no espere ejercicios estéticos, construcción de personajes, estructura narrativa, incluso uno piensa que, deliberadamente, la película es fea y mal hecha para no hacer sombra al original, pero de tanto no sobrepasar al referente puede terminar haciendo buena a la infumable “The room”, porque la criatura de James Franco tiene más de Quasimodo que de Esmeralda, copiar plano a plano las escenas de la infame película original no añade nada a esta “secuela”, ni tampoco se pretende conocer como ser humano y no como histrión, si es posible, al enigmático Tommy Wisseau, que dilapidó más de 5 millones de dólares de procedencia desconocida haciendo una película que lleva 14 años proyectándose ininterrumpidamente en EEUU (el mal gusto es inagotable); pero dicho esto, hay espectadores que se ríen, algunos corren a ver “The room” y secundan ese culto al mito de que cuanto peor mejor…..en este caso verla doblada o subtitulada es indiferente, las dos son igual de horribles

1 comentario

  1. Personalmente disto mucho de tu resumen de algunas películas. Yo he visto de The disaster artist en versión original y a mí si que me gustó, de engendro nada.Todos actuan genial especialmente James Franco y hermano.Desafortunadamente no ganará el óscar por el movimiento Times up,tendrá que conformarse con El globo de oro.Respecto a tres anuncios en las afueras, no concluye encontrando al culpable y violenta, muy violenta, también visionada en v.o. Frances Mc Dormand esta bien, pero nada más.

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