Fotograma de los archivos del Pentágono.

La escena de apertura de esta película augura algo que, cualquier cinéfilo o espectador, por poco objetivo que sea, incluso el más rendido admirador del cineasta norteamericano, debería reconocer, la escasa capacidad de innovación en su cine desde que abandonó el mundo del fantástico (a excepción de esa primera media hora espléndida de “Salvar al soldado Ryan”, anticipo de muchas otras escenas que han querido parecérsele después, y que marca una de esas referencias para la historia del cine bélico) sin que por ello desfallezca su habilidad para llegar a la fibra sensible del espectador, algo que, también , pesa en muchas ocasiones en su demérito, arruinando planteamientos previos muy solventes o adoptando soluciones éticas y morales muy discutibles (recuerdo la comentada escena de la niña en “La lista de Schindler”). Recurrir a la Credence Clearwater Revival como banda sonora de esos 5 minutos que sirven de preámbulo al grueso de la historia, en plena escalada de la guerra de Vietnam, ayuda a comprender ese defecto de originalidad y riesgo en el cine de Spielberg, usar el lugar común en un producto donde el dinero no ha faltado, aunque sea para pagar nóminas, anticipa que todo lo que va a venir después es material sensible muchas veces visto, que luego convenza o no, que tenga calidad intrínseca, ya es más mérito del cineasta que lo que se cuenta y, sobre todo, lo que se cuenta, desde “Todos los hombres del presidente” hasta “Spotlight” lo que cuenta Spielberg lo hemos visto en el cine, y casi siguiendo la misma estructura. Una maldad al hilo de la CCR, resulta discutible el uso de la canción cuando la acción comienza en 1966, para dar un salto a continuación a 1971, año, 1966, en el que el grupo estuvo en dique seco al encontrarse John Fogerthy haciendo el servicio militar y no alcanzando fama hasta su relanzamiento en 1967, es decir, después del momento temporal que Spielberg utiliza como punto de partida para su atractiva historia política; el cine no tiene por qué ser veraz ni históricamente respetuoso con la realidad porque es un arte, salvo que se quiera vender un producto como “la real historia de un hecho que sí ocurrió”.

Este reparo, menor, puede decirse de muchos de los momentos de la película, ese “toque Spielberg”, tan poco sutil, tan subrayado, tan alejado del toque “Lubitsch”, del toque “Hitchcock”, de tantos maestros populares de la historia del cine, capaces de contar grandes y trascendentes historias que son aceptadas por la inmensa mayoría de los espectadores, cine, en definitiva, de calidad, pero dirigido a hacer grandes taquillas, me arruina muchos de los momentos culminantes de la película, una película que me emociona y sé por qué, sé dónde el director utiliza su argucia sentimental, sé que la angustia que me genera la historia no está en el momento en que se desarrolla la acción, sino 46 años después, el efecto demoledor que me produce no está en Nixon, sino en los Nixon que nos gobiernan ahora con las mismas mentiras, los mismos engaños, los mismos crímenes que los periodistas del New York Times y el Washington Post empezaron a revelar en 1971, los EEUU de 1971 no son tan diferentes de la era de la postverdad actual. ¿El espectador será capaz, en tiempos de absoluto control informativo, de degeneración de la prensa hasta extremos nunca vistos en España en plena “democracia”, de abstraer el discurso a nuestro presente? Obvio que Spielberg no es un furibundo antisistema, pero su película, confortablemente instalada en ese discurso liberal-socialdemócrata de la izquierda posibilista del cine norteamericano, permite sacar conclusiones demoledoras sobre, no lo poco que hemos avanzado, sino el notorio retroceso en materia de derechos fundamentales y libertades públicas que el mundo occidental está padeciendo. Los Ben Bradlee (Tom Hanks) del periodismo moderno han quedado arrinconados a espacios minoritarios en internet, cuya rigurosidad, a veces, también queda comprometida en aras al titular para el convencido, las Kay Graham (Meryl Streep) han terminado cediendo a las sociedades de inversión, fondos buitre, entidades financieras que, definitivamente, han pasado a controlar mayoritariamente los consejos de administración y la línea editorial de la prensa, no hay esperanza actualmente para que “el cuarto poder”, tan amigo del primero, ejerza ese control imprescindible que revele las miserias, podedumbre y delitos del gobernante, porque la prensa se ha convertido en parte del poder mediante el sencillo mecanismo de comprar sus acciones. Si un medio resulta hostil la persecución judicial es cara, ineficaz y crea solidaridades y reacciones en contra costosas para el poder, ante el medio que no colabora con el silencio o la mano sobre el hombro es mejor adquirir su accionariado y dinamitarlo desde dentro y si no hacer depender su viabilidad de la publicidad institucional. Por eso me afecta lo que veo en “The Post”, porque en España, y sospecho que en mucho del “mundo libre”, no queda ni un solo medio con la integridad, valor y decisión de los profesionales periodísticos y directores de los dos periódicos norteamericanos citados. No hay medio de comunicación capaz de hacer caer a un presidente corrupto, de conseguir una movilización ciudadana, de plantarse y dar una respuesta ante el abuso y la ocupación permanente de las instituciones, no lo hay porque el medio que se muestra díscolo pierde la cuota de publicidad institucional, y los medios locales viven gracias a las subvenciones cotidianas del poder “amigo”, prensa y poder se han hecho uno, y el coraje que proporciona ver “The Post” reside en nuestro fracaso posterior viendo un éxito inicial, algo de lo que todos resultamos cómplices con nuestra desidia ciudadana diaria.

Fotograma de la película.
Fotograma de la película.

“The Post” se sitúa en un momento muy concreto de la historia reciente estadounidense, 1971 y unas pocas semanas, pero habla de un país comportándose como una dictadura desde 1948, que se enfangó hasta hacer caer a uno de los mayores criminales políticos en el poder como fue Nixon. Spielberg se tienta la ropa, no se atreve a extender su discurso ácido y duro contra Nixon a uno de sus colaboradores, el inmortal Kissinger, sobre el que la película planea con mucha timidez, dulcifica la figura del secretario de estado MacNamara, desmitifica la figura de Kennedy, a quien desde hace unos años el cine empieza a pasar factura, merecida, por su doble moral. Uno de los mejores momentos de la película es cuando el periodista Bradlee contempla una fotografía de su jefa, su marido y el matrimonio Kennedy; es la imagen de la decepción, del fín de un mito excesivamente vanagloriado por sus avances sociales e injustamente olvidado por sus connivencias criminales en política exterior y sus engaños al pueblo estadounidense, Hanks, muchas veces convertido en una parodia de sí mismo, con excesivos tics en un actor que, me gustará más o menos, pero suele estar muy contenido en sus papeles, contempla con desilusión, apatía, tristeza la foto de un momento en el que el mundo parecía cambiar y, resulta, que los archivos del Pentágono revelaban todo lo contrario, que Kennedy hizo lo mismo que Truman, que Eisenhower, que Ford, que Nixon…..mentir y mentir, controlar la información y enviar al matadero a decenas de miles de jóvenes norteamericanos confiados en que quienes gobernaban sabían lo que hacían (ojo al próximo estreno de “Last flag flying” de Richard Linklater, que extiende este efecto de la mentira hasta Irak partiendo de las heces de Vietnam).

Mérito de la película es conseguir la tensión de un thriller cuando, quien más quien menos, conoce el resultado final, es verdad que en ese discurrir Spielberg no puede dejar de introducir frases grandilocuentes, expresiones que, puede que alguna vez seamos capaces de improvisar cada uno de nosotros en nuestra vida, pero que dichas todas seguidas y continuamente como sentencias inapelables suenan irreales; se permite gratuidades innecesarias aunque pudieran ser verdad en la realidad de aquellos días, como la pausa del agente con conciencia cuando va a abandonar las instalaciones del Pentágono delante de los policías con los archivos en su poder, sirviendo de momento para el “dramatis personae” en la duda de si, traicionar a un gobierno mentiroso o ayudar a que se sepa la verdad, o el encuentro entre la directora del periódico y la ayudante de la oficina del Fiscal que pretende prohibir la continuación de la publicación de los papeles conseguidos por la prensa anunciando ese “estamos con vosotros” de la ciudadanía, o esa sonrojante escena en la que, tras salir de la Corte, Meryl Streep desciende las escalinatas del tribunal flanqueada solamente por mujeres, la mayoría, casi todas, jóvenes, y sin ver a un solo hombre que sí están presentes en la concentración de apoyo como se ha visto previamente, una escena mal planteada, peor dirigida y con un mensaje que, si se quiere usar de metáfora “no hay hombres porque están en la guerra” o “el futuro está en las mujeres”, suena falso e introducido forzosamente en la era del #Metoo; sólo por señalar algunos de esos momentos “tan spielbergianos” y que tan poco me gustan. Tampoco me convence ese juego de cámara oscilando de un personaje a otro como si fuera necesario recalcar que asistimos a un debate donde la pelota terminará cayendo y aún no sabemos hacia dónde; pero éste es el cine de Spielberg, es un cine de subrayados y no de sutilezas ni originalidades, es un cine abierto a la inmensa mayoría del público, un público que suele querer ir al cine a “pasar el rato” y no a que le hagan pensar y reaccionar, los periodistas del Post hicieron reaccionar a un país, los periodistas de hoy serían incapaces de hacer reaccionar a una ciudadanía que se ha dejado desactivar porque es más cómodo aislarse en nuestras peceras que luchar por lo que unos pocos están dispuestos a acaparar. A diario, y sin salir de España, asistimos a noticias escandalosas que desnudan a los gobernantes, la prensa calla en muchas ocasiones, pero quien alza la voz no encuentra el eco ciudadano de apoyo ni la necesidad de tomar las calles para hacer ver un malestar que sólo se expresa en la barra del bar o insultando al corrupto cuando ves las noticias en el telediario en la intimidad de tu casa, no conviene insultar públicamente a un corrupto en el poder porque enseguida puedes ser acusado como autor de un delito de odio, un delito creado para proteger a la minoría perseguida del poder y que ha terminado, también gracias a la prensa fiel, protegiendo al poderoso del disidente. Esta es nuestra prensa, éste es nuestro país, aquello fue una victoria y Spielberg lo homenajea como tal en su mejor película desde hace mucho tiempo sin que eso me signifique gran cosa en una filmografía que se me ha ido haciendo irrelevante cuanto más seria ha querido desarrollarse, pero si somos sinceros, vivimos en permanente derrota frente a un poder que no oculta su totalitarismo envuelto en una piel de cordero demócrata.

LOS ARCHIVOS DEL PENTÁGONO.

Título Original: The Post. Dirección: Steven Spielberg. Guión: Liz Hannah. País: EEUU. Año: 2017. Duración: 116 min. Intérpretes: Tom Hanks, Meryl Streep, Sarah Paulson, Jesse Plemons, Bob Odenkirk, Matthew Rhys. Productoras: Amblin Entertainment / DreamWorks SKG / Pascal Pictures / Participant Media. Música: John Williams. Fotografía: Janusz Kaminski.

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