Fotograma de La Forma del agua.
Fotograma de La Forma del agua.

SIN AMOR, de Andrei Zvyagintsev. El destacado cineasta ruso vuelve, con la falta de empatía entre los seres humanos que le es habitual, a utilizar una historia familiar como amparo y justificación para retratar las perversiones del mundo moderno, en este caso, el egoísmo personal y la búsqueda del placer sin afrontar consecuencias ni asumir responsabilidades. El hilo conductor de la película es la desaparición de un niño, pero no es una desaparición forzada, sino voluntaria. El niño no regresa tras la jornada escolar porque nunca acudió al colegio, sino que aprovechó para huir de un hogar donde no es querido, hasta el punto de que ninguno de sus progenitores echa en falta que no haya dormido en casa, ocupados, como están, de disfrutar con sus nuevas parejas mientras terminan de decidirse cómo poner fín al matrimonio y liquidar la venta del piso común. La película resume la crueldad moderna y la descarga del compromiso propio en instituciones privadas, en este caso de una militarización evidente, para la búsqueda de tantos y tantos hijos desaparecidos en la nueva Rusia invadida por el consumo y el dinero fácil. Cuando lleguemos al final del recorrido, Zhenya, la madre, asentada en su nueva relación y en una escena de enorme estética (pero muy «evidente» en su metáfora), se enfunda un chandal de la selección rusa de atletismo y sale a la terraza de su piso de lujo para correr en una cinta, el plano frontal que la enfoca demuestra ese movimiento hacia la nada, la carrera estéril con la que no se consigue olvidar el pasado, un pasado que llevas clavado en tu espalda y en tu cerebro y ha de perseguirte sin piedad el resto de tu vida. Y lo mismo le ocurre a Boris, el padre, que ha rehecho su vida con una joven incurriendo en el mismo error y harto de ese nuevo hijo de un año que no le deja ver tranquilamente las noticias, arroja a éste en el corral infantil y le deja solo y llorando. Ninguno ha aprendido ni ninguno está dispuesto a sacrificar su espacio y su egoísmo personal. Si Alyosha, el niño, es el futuro de Rusia, un futuro muy incierto, y Zhenya y Boris el presente, el pasado de Rusia se representa en viejas estructuras arquitectónicas abandonadas, resquebrajadas por el paso del tiempo, herrumbrosas maquinarias defenestradas, instalaciones deportivas ruinosas, hospitales donde se respira la humedad y el frío, morgues cuyas paredes rezuman el moho de la desidia y la incompetencia, un mundo antiguo borrado a fuerza de dejarlo fallecer y en el que surgen focos de resistencia, allá donde el poder público no puede, o no quiere, llegar, la participación, la solidaridad del voluntariado trata de suplir la abstinencia pública, el mensaje final de la película no puede ser más desoladora para la especie humana. (En cines Manhattan)

CALL ME BY YOUR NAME de Luca Guadagigno. La corriente favorable hacia esta película se sostiene sobre una brillante puesta en escena, un par de escenas memorables (un diálogo padre-hijo alrededor del “carpe diem” y otra alrededor de una plaza en la Lombardía entre los dos protagonistas declarándose su atracción), el recuerdo sentimental del amor de verano y una mirada final que desarma en su sentimentalismo, en su dolor, pero también en su asunción de la realidad. Sin embargo, para quien escribe, la excesiva idealización de un entorno nada hostil hacia una relación homosexual en la Italia de primeros de los 80 lastra la verosimilitud del relato. Si viviéramos en una sociedad ideal eso no debería llamar la atención, los hombres y mujeres se amarían cuándo, cómo y con quién quisieran sin que nadie juzgara en base a prejuicios morales. Sabiendo que no es así y que la homofobia latina, y no sólo, es tan evidente, la ruptura entre realidad y deseo se me hace demasiado patente como para no hacer resentir el resultado final de una película que viene golpeando muy fuerte en la crítica desde la primavera del año pasado, relatando el primer amor del joven Elio hacia el ayudante de su padre, un arqueólogo especializado en el periodo helenístico de la escultura clásica, un amor correspondido y tratado con exquisita pulcritud y romanticismo. La sombra del guionista James Ivory y su película “Maurice” es demasiado evidente, la relajación veraniega emparenta esta película con la anterior “Cegados por el sol” del mismo director, regular remake del clásico “La piscina”, pero se aprecia una evolución y un pulido final del producto que mejora su cine anterior, del que también pudimos ver “Yo soy el amor”. En la coda final, en el frío invierno del norte de Italia, entre la blancura inmaculada de un manto níveo, y tras una espectacular conversación con su padre, al calor de un fuego que ayuda a calentar los temblores internos de la emoción, no es de extrañar la transición de una lágrima a una incipiente sonrisa, cuando todo ha acabado, la música de Sufjan Stevens hace de contrapunto a los sentimientos del joven Elio, alguien que ha vencido a su futuro. (Cines Broadway y Cinesa Zaratán).

LA FORMA DEL AGUA de Guillermo del Toro. Sonoro patinazo a punto de estrenarse por más que un jurado muy poco exigente le otorgara el León de oro en el pasado festival de Venecia. La coctelera argumental, de completa comercialidad en su concepción y complacencia hacia espectadores nada exigentes, sumando “La sirenita”, “ET”, una pizca de “La bella y la bestia”, un barniz de “Amélie Poulin” y una escena de ensoñación tipo “The artist” sirven al cineasta mexicano para vender una fábula mitad cuento, mitad fantasía, en un mundo de guerra fría en el que una criatura desconocida se transforma en objeto de deseo de la protagonista y en objetivo a destruir por las dos superpotencias. Un mucho de efecto especial y un cuidadísimo diseño de producción y visual para dar como resultado algo que no me convence, ni mucho ni poco, que juega al barroquismo y al onirismo sin una gota de originalidad argumental, que nunca mejor dicho, se sumerge en aguas pantanosas para no ser capaz de sacar la cabeza a la superficie en un mercadeo de buenos y malos sacados directamente de un “pulp-fiction” de los 50.

THE FLORIDA PROJECT, de Sean Baker. Estreno este viernes de otra de las llamadas a esperar grandes cosas en el reparto de abrazos condescendientes de la gala oscareña del año. Baker refina su estilo barriobajero (“Mandarina”), pero no puede huir del ambiente que le es más cómodo para situar su historia, ni tampoco de su lenguaje soez y malsonante, aunque en este caso el toque indie se viste de fiesta y se deja querer por la estética visual embellecedora de un lugar perteneciente al capitalismo más salvaje (Disneyland a un paso) cuyo feísmo resulta absoluto, y donde la dejadez del poder es total para eliminar las bolsas de pobreza y marginación que quedan separadas de los afortunados por la barrera simbólica de una autopista que hace de muro de contención entre ambos mundos. Economías sumergidas, servicios sociales inexistentes, amenazas continuas de desahucio, marginación, prostitución, y todo ello, a través de los ojos de una niña, que como aquélla de “Bestias del sur salvaje”, va aprendiendo, pese a su corta edad, a sobrevivir con las mismas armas agresivas, insolentes y descaradas que aprende de sus mayores. Halley (la madre) y Moonee (la pequeña), sobreviven entre trapicheos, receptaciones y venta de su propio cuerpo a duras penas, sólo el personaje de Willem Defoe, como encargado del edificio de apartamentos donde viven cientos de familias en riesgo de exclusión, sino excluídas ya completamente, aporta un toque de humanidad a un entorno desolado en el que ni el arco iris sirve para eliminar la suciedad y la podedumbre moral y económica de un país que encarna las desigualdades máximas en pocos metros de distancia.

Y recordar que aún pueden recuperarse como reposición la excepcional “Verano 1993” de Carla Simón en los Cinesa Zaratán y la notable “La mujer fantástica” del director chileno Sebastián Lelio en los cines Casablanca como parte de lo mejor de la cosecha de 2017, una cosecha un tanto marchita y de poco calado.

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