Fotograma de la película.
Fotograma de la película.

Nada parece inocente e improvisado en la última película de Anderson, desde el primer rótulo en el que aparece el título original de la película, rodeado de una alambicada filigrana que representa los tortuosos mecanismos de la mente humana que se van a ir reflejando durante su metraje, hasta el apellido de resonancias sexuales del protagonista, “Woodcock”, o su condición de permanente “voyeur” amparada en su necesidad de comprobar que sus creaciones se ajustan como un molde a las medidas de los cuerpos de las mujeres a las que viste y de las modelos que sirven de referencia a las que previamente se mide, cataloga, “marca” como si fueran una pertenencia más; la última película del director norteamericano, y con el riesgo que supone valorar una obra de arte recién entregada para su consumo de la que, quien sabe si, dentro de unos meses, su poso puede haberse evaporado, confirma algo que una gran parte de los que escribimos sobre cine, con menor o mayor profesionalidad, sostenemos, que Paul Thomas Anderson es el mejor, más arriesgado y más perfeccionista director en activo del cine estadounidense, lo que ya sabíamos y nos ha ido entregando a lo largo de su carrera, desde aquella ya lejana “Boogie Nights” hasta la penúltima “Inherent vice” donde se atreve a hincar el diente a uno de esos “enfants terribles” de la literatura, Thomas Pynchon, pasando por títulos como “Magnolia” o “Pozos de ambición”, manifestando que su dominio de la imagen, del ritmo, de la conjunción de diversas artes para configurar la obra de arte cinematográfica es sobresaliente.

Fotograma de la película.
Fotograma de la película.

Su dominio de la puesta en escena, siempre excepcional, alcanza en “Phantom Thread” lo sublime, en el espacio cerrado de una mansión que opera como el castillo de Barba Azul, Reynolds Woodcock es el gran señor feudal, con un único vasallo de confianza y muchos siervos a su alrededor, unos sirven como trabajadores entregados, otros como cocineros, algunas como musas que inspiran el diseño de sus vestidos, otras como meros caprichos sexuales para usar cuándo y cómo se quiera, sin ataduras ni compromisos que terminen provocando daño en la personalidad del gran señor, que como tal, de vez en cuando, desciende brevemente de su pedestal para recibir visitas de tronío en “la casa”, porque la casa es su taller de costura, princesas, nobles, alta sociedad, advenedizos con dinero, desfilarán por sus salones, no a todos se les recibe igual ni se les trata con la misma cortesía, incluso alguno recibirá un “fuck off” como bienvenida. Reynolds Woodcock es el señor del castillo, entregado a su pasión creadora, obsesionado con la ausencia de una madre y que delega las ineludibles situaciones desagradables en su hermana Cyril. A ese núcleo llega Alma (Vicky Krieps, exquisita como todo lo que aparece en la película).

La vida de Woodcock (Daniel Day Lewis en su enésima despedida) es una vida de rutinas, ceremoniales, rituales destinados a evitar sorpresas que perturben su mente creadora, el castillo físico es, también, un castillo interior al que nadie puede acceder salvo que él baje el puente levadizo. “No puedo empezar el día con una confrontación” le dice a su última amante antes de “despedirla”; un día que no se acomoda en su inicio a su parafernalia de quietud y silencio es un día desperdiciado que no va a remontar. En su isla perfecta el desayuno es el momento de absoluta absorción mental para prepararse para el trabajo, es cuando las ideas están más libres, su cuaderno se llena de bocetos, el periódico, milimétricamente doblado e impoluto espera a ser leído, o si ya lo ha sido, nada denota su uso, solamente se contesta a la hermana cuando aparece con un “mi vieja amiga”, todo lo demás es accesorio, forma parte del escenario, de la escenificación del remanso en el que todo gira alrededor de su voluntad y nada de lo que interese a los demás puede tener cabida en ese lugar y en ese momento. Romper esa regla es romper la primera de las murallas que Woodcock establece entre él y el mundo exterior, representado incluso por sus compañeras de cama. Alma será la primera, y única, que se atreve a cuestionar ese orden metódico e inamovible. “Si quieres tener un concurso de miradas fijas conmigo perderás”, le anticipa Alma el día que se conocen y mutuamente sienten una atracción irresistible, casi es el único día en el que el semblante de Reynolds se relaja, hace bromas, se muestra galante y risueño. Tras conseguir el objetivo nada debe cambiar en la rutina diaria, el personaje de Alma se niega a ser una parte más del decorado de la casa, enfrentará su mirada con la del hombre hasta que éste agache la cabeza o mire hacia otro lado, su voluntad es más persistente que la fortaleza con la que se define Reynolds, en el juego perverso que se establece entre ambos, donde se admiran y se desean, hay que ir buscando el equilibrio para que ninguno de los dos se sienta derrotado, se sienta completamente anulado, y la mujer termina encontrando ese punto débil del amante y lo explota hasta conseguir la felicidad de una pareja atípica.

Otro momento del film.
Otro momento del film.

La película podría entenderse como un largo flashback en el que Alma le cuenta al doctor Hardy todo lo sucedido hasta que la pareja ha encontrado ese punto de equilibrio con el que los dos van a poder compartir, finalmente, desde un baile hasta un hijo, un equilibrio que les permite vislumbrar un futuro todavía lejano pero que llegará, esa vejez conjunta que, aunque no llegara a ocurrir por la diferencia de edad entre ambos, no inquieta a la mujer porque “me estará esperando en la otra vida o en lo que haya, sólo necesitaré de mi paciencia para llegar a él de nuevo”. Sabemos que estamos alrededor de los años 50-60 en un Londres que no llegamos a ver porque lo importante es “la casa”, pero bien podríamos estar ante un relato de Thomas Hardy o de Edith Warton, la paciencia frente a tiranía, delicadeza frente a brusquedad, cariño frente a desdén, “no actúo fuerte, soy fuerte” repite Woodcock, el chico hambriento que sólo los días de alegría desayuna sin medida, un hambre que se traslada a su relación con las mujeres, las “devora”, las modela, las fagocita, las anula, elimina su voluntad y las transforma en piezas que decoran “su casa”, por eso el duelo de miradas es la victoria de Alma, vencer implica que Reynolds no está cómodo en su propia mansión, que hay alguien que está a punto de desentrañar ese hilo fantasma que le une con un pasado del que no se desprende, un hilo que le envía a su niñez, a esos momentos en que alguien cuidaba de él.

Su fortaleza es una coraza invisible pero irreal, un muro destinado a que nada le haga daño, que todo lo que no es él no perturbe aquello que cree que es un don irrepetible y al alcance de muy pocos, el poder creador desde la nada; para Alma desmontar esa coraza es conseguir igualarse al amado, dejar de ser una pieza decorativa para ser su compañera. “Te quiero acostado, indefenso, tierno, abierto, sólo yo puedo ayudarte, y luego te quiero fuerte otra vez”, como una purga de carácter, Alma asume que su papel secundario es primordial, pero llegará un momento en que hay que equilibrar la balanza para que el peso no termine por desestabilizarla. Se forma la alianza, una alianza en la que Alma asume el papel de cooperadora, sea para recuperar un vestido maltratado sea para equilibrar los humores de Reynolds como si de una esposa-madre se tratara. Sólo tras las manifestaciones de esa alianza es cuando contemplamos el contacto físico entre ambos, un beso, un abrazo, nada provocador, nada que esconder en la intimidad, como si la sexualidad de ambos quedara relegada a un espacio que a nadie importa, y entonces la cámara, como decía Ozu, no se abalanza sobre los protagonistas, sin primeros planos la emoción no se ve disminuida, al revés, ese imperceptible avance de la imagen hacia los cuerpos y el sofá enmarcado por las patas de una mesa o las barandillas de una escalera no abandona el plano medio, y eso no elimina la emoción del éxito amoroso de ambos.

Dudar entre domesticar al hombre o anular a la mujer en una historia de amor que ambos quieren que perdure, cómo encontrar ese punto medio que otorgue la estabilidad es uno de esos puntos morbosos que hace de esta pareja algo atípico, eliminar los malos humores que contaminan la sangre para conseguir un baile de fin de año en el que se sintetizan todos los vaivenes de violencia emocional y psíquica precedentes coronados por el éxito de la perseverancia. Las escenas irán funcionando como espejos que se repiten con diferentes protagonistas pero siempre con un tercer personaje objetivo, hasta neutral, que hace de contención del hermano y de protección suplementaria, sin querer interferir pero previniendo a la joven de aquello a lo que se enfrenta tras la puerta que no se quiere abrir, para vencer la resistencia de Reynolds hay que ser la primera en abrir la puerta y la última en abandonar la habitación, hay que transformarse en la verdadera Sra. Woodcock para que la película concluya en una de las escenas de amor más impactantes de los últimos tiempos con ambos protagonistas, en silencio, como le gusta a él, en una cocina, donde observa los movimientos de ella y asume su derrota parcial que sabe que es un triunfo para los dos, la primera vez que ambos son capaces de sostenerse la mirada, la primera partida que termina en tablas porque, al final, hemos encontrado el hilo invisible que les une y ya no se va a romper.

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