1945
1945

1945 de Ferenc Török. En un cuidado blanco y negro, una pareja de hombres, un casi anciano y un joven, bajan de un tren que recuerda a los que, hasta hace pocos meses circulaban por vías parecidas con un cargamento mucho más siniestro. Jefe de estación, habitantes, soldados rusos, miran con desconfianza a este par de hombres de indumentaria inequívocamente judía en medio del verano húngaro. Su llegada a ese escenario recuerda al del solitario sheriff que viene a poner orden en un entorno hostil; el recelo, el temor, el odio que permanece hacia el diferente en esa sociedad no esconde dobleces. Muchos de los habitantes de ese pueblo se saben culpables de lo que meses atrás les pasó a sus convecinos, secuestrados, asesinados, gaseados por los nazis con la colaboración del gobierno húngaro, y con la denuncia de quienes hasta entonces habían sido amigos, compañeros, socios. La denuncia producía un enorme beneficio, quedarse con los bienes de los que “abandonaron” sus propiedades. La llegada de esa pareja remueve conciencias, pero remueve más las haciendas creyendo que vienen al pueblo para reclamar lo que fue suyo o de sus parientes. Török se sirve de un potente blanco y negro para situar la acción en un momento concreto del pasado, pero esas imágenes no pueden hacernos olvidar el presente de un país como Hungría, o de las vecinas Polonia, Bulgaria. Países y territorios cuyo pasado no les impide repetir su xenofobia, su racismo, su ultranacionalismo católico. Ese paseo que siguen los dos hombres desde la estación hasta el cementerio judío de la localidad, se convierte en un acto de reparación simbólica para los visitantes, mientras para los vecinos se va transformando en un remordimiento del que se extraen consecuencias necesarias y, también, justas. Puede verse en los cines Casablanca.

Foxtrot
Foxtrot

Foxtrot de Samuel Maoz. El director israelí consiguió lo imposible con su “Lebanon”, película bélica rodada desde el interior de un carro de combate israelí y con el único punto de vista que permite la mirilla del propio tanque en un “tour de forcé” asfixiante y claustrofóbico. Ahora vuelve sobre el presente de Israel, el absurdo del dolor generado por décadas de guerra, ocupación, represión y sus consecuencias sobre la propia población judeoisraelí. Presentada en tres partes diferenciadas de la que, quizá, la tercera resulte innecesaria salvo para desvelar el origen del padre protagonista y sus miedos, sus frustraciones, sus dolorosas señales del pasado; el absurdo de la guerra se adueña del relato en una pareja que vive las consecuencias nefastas de una noticia que termina resultando errónea, que sufre por la temporal pérdida de un hijo y ve su vida asediada, pisoteada y controlada por el ejército; para dar paso a la estancia de ese propio hijo en un puesto de control perdido en mitad del desierto donde, por la barrera que atraviesa la carretera, transitan más camellos que vehículos, lo que no elimina la permanente tensión y la escalada de violencia al sentirse continuamente amenazados. Del dolor masticable de la primera parte al surrealismo absoluto de esas vivencias militares filmadas con un tono de ironía de marcado humor negro, que termina desembocando en la catástrofe tantas veces anunciada mientras el mundo, como el contenedor que sirve de barracón militar, se hunde en el fango. Maoz, como el foxtrot, termina demostrando que puedes moverte mucho, pero al final, en una situación como la de Israel, rodeada de potenciales enemigos, el movimiento termina dejándote en el mismo lugar. Se proyecta en los cines Casablanca.

La muerte de Stalin
La muerte de Stalin

La muerte de Stalin, de Armando Iannucci. Comedia fresca, con ritmo, ligera, que recuerda, salvando las distancias y la herejía comparativa a aquella sublime “Ser o no ser” y su “Hail himself” pronunciado por un Hitler fantasmal. Aquí asistimos a las últimas horas del “padrecito” Stalin, a las indiscriminadas purgas ordenadas por él y su brazo ejecutor Beria, al miedo latente de todos sus ministros a aparecer en las famosas, y cambiantes, listas que se obedecen a partir de medianoche. Todo el mundo tiembla, y todo el mundo respira cuando Stalin fallece, aunque la falta del líder provoque la lucha por el poder de los miembros del Politburó. Comedia coral, reparto amplio y heterogéneo donde todos los personajes tienen su momento, o su minuto de gloria, el humor no empaña la cruda realidad del asesinato, la traición, el abuso. La sátira no puede servir de excusa para dulcificar una de las dictaduras más sangrientas del siglo XX, y no lo hace. Contemplar a esta galería de personas preocupadas todas las noches por intentar recordar todas las palabras que han dicho durante la jornada para saber si están en línea con las directrices del partido, es decir, Stalin, no disminuye el efecto terrorífico de oir que aporrean tu puerta a medianoche, aunque resulte que, cuando estás esperando ser detenido para ir al gulag en el mejor de los casos, se trate de un capricho musical del líder para que la orquesta toque a medianoche un concierto que no pudo grabarse a su debido tiempo. Una película para disfrutar con su tono irreverente sin olvidar que, detrás del chiste, hubo mucho dolor y mucha muerte. En los cines Manhattan.

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