Dos fotogramas de El León duerme esta noche.
Dos fotogramas de El León duerme esta noche.

En los territorios del fantasma toda representación, y toda presencia, es posible. Entre la escena inicial de «Le lion est mort ce soir» y la final, el paréntesis forzado en el rodaje de una «no película» se sustituye por la improvisada realización de una nueva película amateur en la que, lo importante, no es tanto lo que se cuenta o lo que se filma, sino lo que se sueña y se desea. Tanto se desea como para conseguir materializar, dar cuerpo, a esas ensoñaciones y compartir, nuevamente, momentos suspendidos del pasado en un presente un tanto irreal. Si la película de Suwa surge de un doble deseo, filmar un curso de cine infantil veraniego impartido por el propio director y, al mismo tiempo, trabajar por primera vez con Jean Pierre Léaud, el resultado final no puede ser más completo ni más complejo, utilizando una sencillez expositiva y argumental que no impide el uso del conocido juego de espacios rotos, de proyecciones en espejos o cristales. Espejos que evitan el uso del plano-contraplano para mostrarnos conjuntamente a Léaud y Etienne (Jean y Juliette) en la misma imagen, como productos invertidos que vemos en un rebote continuo entre dos mundos, el de los vivos y el de los muertos.

Fotograma de la película.
Fotograma de la película.

El fantasma, el espectro, el recuerdo de un ser que está o estuvo, se multiplica en el reciente cine francés, «Bárbara» de Amalric, «Les fântomes d,Ismael» de Dupleschin, esta coproducción franco japonesa, o la idéntica conjunción de nacionalidades en la penúltima película de Kiyoshi Kurosawa, «Le secret de la chambre noire», juegan con la idea del reencuentro o de la reconstrucción de lo que ya no está. Aquí, en el nuevo y poderoso afán de Suwa por intentar transformar en simple lo complejo, la aparición de Léaud añade el elemento mítico, el elemento imborrable de la cinefilia a cualquier propuesta que trate de eliminar aquello que ya se ha hecho grande porque nunca podrá desaparecer al estar guardado en imágenes. Léaud tiene que morir en pantalla por exigencias de guión, pero ¿cómo puede morir un actor cuando su imagen va a persistir más allá de su existencia física?. En la reacción de Jean, incapaz de representar su propia muerte, se encuentra el mensaje de esa pervivencia indefinida del cine, por eso el Jean de la película de Suwa, es el Doinel de Truffaut, es el de las películas de Eustache, de Godard. Jean Pierre Léaud en esta película no es un personaje, sino todos sus personajes encerrados en la piel del actor luchando por salir escena tras escena. En los ojos abiertos de sorpresa cuando ante Léaud se aparece el fantasma del amor del pasado están los ojos de Doinel admirando las novedades de París, en sus fugas espontáneas están las apresuradas andanzas del Doinel juvenil y joven, incluso en esta «Le lion....», el motivo central de la historia que revive Léaud podría ser una más de las historias que Truffaut contó en «L,amour en fuite», uno más de aquellos amores perdidos o abandonados por la inconsistencia de los deseos del mito de la nouvelle vague.


Cuando el rodaje profesional tiene que interrumpirse por las veleidades de una actriz (¿no estamos ante una venganza poética por aquella fuga de Léaud en «La nuit americaine» a mitad de rodaje?) antes de la escena definitiva de la muerte del personaje, Léaud, mirándose al espejo como en «Besos robados», no necesita repetir su nombre para saber quién es, pero si sabe que tiene pendiente una tarea antes de poder estar preparado para representar ante la cámara su propia muerte; una presencia y una composición que recuerda, sin necesidad de peluca, la soberbia interpretación del moribundo Luis XIV en la película de Serra. Jean necesita ver venir la muerte para poder representarla, y entre los 70 y los 80 años, nadie puede ser capaz de negar que la muerte se ve venir, como en ese plano en el que, el aparente errático camino que lleva al personaje a la vieja mansión de campo le advierte, antes de entrar, que se adentra en un espacio señalado con un cartel de «peligro de muerte». En esa casa se produce el reencuentro sí, pero es más un reencuentro fruto del deseo que de la realidad. Volver al lugar del error para intentar enmendar lo posible y afrontar el final con la capacidad serena de verlo venir sin lamentarse de una huida incomprensible que provocó una muerte prematura. El sueño en la habitación azul se puebla de fantasmas que sólo Jean ve, una convivencia tranquila porque cuando uno aprende a ver fantasmas ha dejado de tener miedo de ellos ya que no lo tuvo cuando estaban vivos. En las múltiples capas que la película superpone, absolutamente minada por la referencia simbólica de la nouvelle vague, hay que dar paso a la transmisión del saber, en este caso encarnado por el saber cinematográfico. El grupo de niños que pasa su verano provenzal aprendiendo a hacer una película, se transforma en un grupo de cazafantasmas ávido de experiencias, interrogados por la presencia del viejo actor en el caserón. Lo que empieza como juego termina captando la realidad del momento del propio Léaud sin necesidad de guión. Porque en una propuesta tan naïf e ingenua en apariencia, el guión se transforma en un arma que constriñe y elimina lo improvisado, la magia del rodaje, el cambio sobre la marcha. Cuando Léaud insinúa que para rodar una película primero hay que hacer un guión, los niños protestan gritando «guión no, guión no»; como si este coro de jovencísimos cineastas hubiera aprendido del propio Suwa que hay que dejar margen a la genialidad del actor, a lo que se puede aprovechar de manera imprevista en vez de encorsetarse entre unas pautas tan marcadas que anulen la creatividad del momento.

Sin saberlo, los niños ruedan la historia ficticia de Jean y el miedo perdido de éste ante la presencia de Juliette, un abrazo entre ambos que resume una vida interrumpida prematuramente y que viene precedido de un abrazo erróneo, el que da a una vieja amiga para darse cuenta de que no es a esa persona a la que anda buscando, provocando la continuidad en la fuga. El espejo es la puerta que da entrada a Juliette, como la música (aquí se relaciona la película con Godard a través de una canción que canta el propio Léaud) anticipa o acompaña su presencia, siempre agradable, siempre pausada, siempre pacífica. No hay escena que no transporte al cinéfilo al cine francés de los 60-70, incluso las pequeñas historias que rodean la central de Jean parecen remitir a este mismo personaje y sus películas míticas, como el personaje de Jules, el niño huérfano empeñado en concluir la película y que en ésta actúe Jean; este huérfano incapaz de poder ver a su padre hasta que Jean le dice cómo, transmitiendo nuevamente otro saber más, desde la edad de la sinrazón (los 70) a la edad de la razón (los 7), dos huérfanos del cine se vuelven a dar la mano gracias a Suwa y su tejido intergeneracional en un verano donde la luz del sol refleja en el agua del lago los destellos de una sobreexposición lumínica que nos hace dudar de si vemos una historia real o un sueño del propio Léaud adormecido en la butaca del rodaje. Jean y Jules se transforman, por la orfandad, nuevamente en Doinel. El león que aparece por las calles y campos de Provenza-Côte d,Azur puede ser el fantasma del padre perdido, el espíritu indomable del actor, la fuerza impetuosa del acto de filmar o la fuerza misma del cine como captador de momentos y sentidos que no van a perderse nunca, pero lo cierto es que, ante la resistencia del actor a morir en pantalla volvemos a asistir, una y otra vez, a su resurrección, a su anarquía absoluta haciendo lo que le viene en gana durante el rodaje amateur y durante el rodaje profesional. Suwa no sólo nos ha brindado una gran película, sino que con lo filmado nos devuelve una y otra vez al cine que nos ha hecho crecer como somos y nos brinda una nueva oportunidad de despedirnos de uno de sus mitos siempre vivo, Doinel-Léaud. (En los cines Casablanca)

EL LEÓN DUERME ESTA NOCHE.

Título original: Le lion est mort ce soir.

Francia-Japón. 2017.

Director: Nobuhiro Suwa.

Guión: Nobuhiro Suwa.

Compañías productoras: Les Productions Balthazar, Film-In-Evolution, Bitters End.

Productores: Jérôme Dopffer, Yûji Sadai, Michiko Yoshitake.

Música: Olivier Marguerit.

Fotografía: Tom Harari. Montaje: Martial Salomon.

Diseño de producción: Thomas Grézaud.

Reparto: Jean-Pierre Léaud, Pauline Etienne, Arthur Harari, Maud Wyler, Jules Langlade, Adrien Cuccureddu, Adrien Bianchi, Louis Bianchi, Romain Mathey, Mathis Nicolle, Coline Pichon-Le Maître, Emmanuelle Pichon-Le Maître, Rafaèle Gelblat, Noë Sampy.

Duración: 103 minutos.

 

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