Fotograma de la película La fábrica de nada.
Fotograma de la película La fábrica de nada.

A media noche, mientras una pareja se ama en la intimidad de su dormitorio, un teléfono móvil viene a interrumpir la sexualidad invadiendo el descanso con los problemas del trabajo. No sabemos todavía gran cosa sobre lo que nos espera, pero sí advertimos que en la pareja este incidente es asumido de diferente manera, para Zé la interrupción parece algo inevitable, lo íntimo puede esperar cuando la empresa está desmantelando las instalaciones en las que trabaja, para Carla, sin embargo, supone la señal definitiva de una relación que ha entrado en punto muerto y comienza a desfallecer. Porque la película de Pedro Pinho se centra en lo global, pero no olvida focalizar parte de su narración en un personaje concreto, en una familia concreta que sufre los efectos de las nuevas formas de explotación laboral. En este sentido, la película demuestra una inteligencia formidable para no limitar su desarrollo al espacio físico de esa fábrica de nada, un espacio muerto donde los trabajadores pasan de la desesperación y el desamparo, al ejercicio legítimo de un derecho a alzarse contra un sistema que los aplasta generación tras generación, y da lo mismo que las opciones sean utópicas o prácticamente inalcanzables, cuando apenas te queda nada por perder resulta más emocionante luchar que rendirse. Sabiendo que el espacio puede asfixiar la historia, hay que aportar dispersiones argumentales que oxigenen al espectador, pero si además están conectadas con lo que se quiere contar y con la dignidad de este grupo de trabajadores, la propuesta alcanza cotas de calidad inmejorables.

Fotograma de La fábrica de nada.
Fotograma de La fábrica de nada.

Si por algo destaca la película es por su libertad narrativa absoluta, por su ausencia de dogmatismo ideológico, lo que no quiere decir que la ideología esté ausente, ni mucho menos, pocas películas tan políticas podrán verse en los últimos meses, y por el espíritu colectivo de su creación, porque uno será el director, pero cinco son los ideólogos, incluído el propio Pedro Pinho, como no se puede olvidar la creación que los obreros en lucha hacen de sí mismos, en esta nueva vuelta de tuerca del cine portugués al panorama socioeconómico en el que vivimos. No es casual que tras el proyecto se encuentre la productora Terratreme, un ejemplo de trabajo creativo artístico y comunitario que, poco a poco, sin prisa, pero sin pausa, incorpora a su catálogo obras como ésta, pero no es la única, porque ahí están “Una vez en Brasilia”, “Milla”, “Los perros”, “Todo lo que imagino”, “Campo de aviación”, “Ama-san”, obras no sólo centradas en Portugal o en su área de influencia lingüística, sino obras de hondo calado social o personal que sitúan al individuo en el centro de su dilema existencial con el mundo que le ha tocado vivir. Probablemente “A fábrica de nada” sea la propuesta más localizada en un momento puntual de la historia reciente de Portugal de ese catálogo, la de los efectos devastadores de la última “crisis” estafadora económica, la que se ha iniciado mezclando derechos laborales con nuevas formas y maneras de guerra y generación de miedos, y así puede ser la propuesta que emparenta más la obra con “Las 1001 noches” de Miguel Gomes, “Colo” de Teresa Villaverde o las “Notas de Campo” de Caterina Botelho, pero sólo en el tema que subyace, no así en la forma utilizada ni en la aparente libertad a la hora de reflejar en imágenes algo que evoluciona contantemente a peor para la inmensa mayoría de todos nosotros.

Buena señal significa que sus 178 minutos nunca obliguen a mirar de manera indisimulada al reloj, y buena manera de idear el resultado final es romper la monotonía de un encierro en el que los trabajadores de una fábrica abandonada por sus propietarios, ante la negativa de gran parte de ellos a aceptar los finiquitos, asumen su manera de lucha contra la deslocalización empresarial ocupando los medios de producción, aunque sea para no hacer nada. A ello ayuda utilizar ese ejemplo concreto de la vida diaria de ficción de los personajes ya mencionados, o la introducción de un personaje teórico, no sabemos si periodista, sociólogo, activista político, que quiere utilizar el encierro en la fábrica como una oportunidad de relanzar un mortecino discurso de izquierdas, o la conversación “portabelliana” entre varios “ideólogos” de la lucha social y de clases que, en la sobremesa de una cena, debaten y discurren sobre las alternativas laborales, las opciones de lucha, el futuro del capitalismo……son pequeños escapes, como la relación del trabajador Zé con su padre, que, en vez de achicar la importancia de lo que vemos, ensancha los márgenes de la lucha y evidencia la escasa posibilidad de alternativas ante un avance inexorable del capitalismo hacia su propia antropofagia. “Las máquinas son el problema” es una idea que se repite a lo largo de la película, pero es un mal inevitable del avance científico, ante la reducción de la mano de obra fruto de las máquinas, y el uso de mano de obra cada vez más barata, las capas sociales se ven cada vez más constreñidas en su progreso, de forma que el sistema acepta cada vez mayores estratos de supervivencia dominada por el miedo, el hambre, el frío y la ausencia de expectativas, ese sistema asume que las máquinas van a seguir eliminando mano de obra, y se siente incapaz de encontrar soluciones para “los humanos” sobrantes mientras estos no reaccionen oponiéndose.

Tratados como meros números, como una columna más en un balance de situación empresarial, la reducción y expulsión de los ciudadanos de su condición de tales se encuentra con mínimos focos de resistencia. Portugal se ha convertido, junto con Islandia, en ejemplo de cómo mitigar la sangría hacia los más débiles, de ahí el silenciamiento informativo para que no cunda el ejemplo, pero no por ello pueden revertir la deriva totalitaria de un sistema insaciable, sino paralizar el avance que sabe que tiene el tiempo a su favor. Los trabajadores de Pedro Pinho sólo pueden, o claudicar, o afrontar autogestionar la fábrica, pero cuando se plantea esta solución, vuelve el miedo, esta vez diferente, ya no es el miedo al patrón, sino el miedo a convertirse en patronos, a endeudarse, a negociar con bancos, a contratar o a decidir algo tan básico y elemental como los sueldos. No hay una idealización barata de cualquier acción que emprendan los trabajadores, si por algo se caracteriza, para bien, la propuesta colectiva de la película es que, esa unidad de acción frente al poder no deja de tener la contrapartida de las disensiones internas, y no solo es aplaudible la opción, sino que la hace más creíble, mucho más que incendiarios discursos y soflamas apoyadas por unanimidades falsarias. Cuando he escrito previamente que la película huye del dogmatismo ideológico, pero no de la ideología, es porque todos estos obreros portugueses han sabido vivir en un mundo donde los derechos no sólo parecían consolidados, sino que irían aumentando poco a poco, para encontrarse desarmados ante un cambio de rumbo inesperado, que les avoca a la pobreza de subsistencia. Frente a esta realidad, los trabajadores reaccionan con ideología, sí, pero no la ideología de manual de la “pseudoizquierda”, los grandes discursos antisistema o las soflamas panfletarias de los argumentarios semanales carentes de contenido. Su reacción no es de “derecha vs. Izquierda”, sino de quienes están sometidos a la idea de que nada puede cambiar frente a aquellos que intentan que el cambio sea provocado por ellos mismos, huyendo de una izquierda política incapaz de encontrar una solución ilusionante para generaciones y generaciones de frustrados votantes, porque si la película reparte denuncia lo hace para diestra y siniestra por partes iguales, con el dolor que representa que tus opciones más cercanas sean incapaces de ofrecer algún tipo de solución.

Y formalmente la película tampoco es un mero “pseudodocumental” que ficcione un suceso real incrementado por la acumulación personal de anécdotas de los protagonistas, Pinho y sus colegas no eluden utilizar el paisaje como retrato de una decadencia empresarial, no ocultan la fealdad de un paisaje que, sin embargo, tiene la contrapartida de las marismas del Tajo tan cercanas (cómo recuerdan esas imágenes al Colo de Villaverde), el primer plano y contraplano de aparente monotonía pueden alternarse con el riesgo de calculada y soberbia ejecución de un “flash-mob” laboral donde los trabajadores se sueltan a cantar y bailar, con las limitaciones del no profesional, su propia experiencia con coreografías y uso de grúas y travellings que contradicen cualquier argumento de sencillez en la puesta en escena. A veces el discurrir de los resistentes se ve puntuado por una voz en off explicativa (puede ser lo menos aplaudible de la propuesta, y a veces lo más doctrinario, incluso innecesario explicar cuál es la realidad cuando la estamos viendo en imágenes) o por conversaciones radiofónicas de políticos en desuso o analistas que saben analizar muy bien lo que ha pasado pero no han querido advertirlo antes de que todo explotara. El tiempo de la resistencia de estos trabajadores casi es un tiempo de silencio, basta con estar ahí, parados, ocupando un espacio abandonado, para poner un palo en la rueda del sistema, un único palo terminará por quebrarse, que es lo que uno siente absorbiendo las imágenes, pero si a ese palo se pudieran ir sumando otros parecidos y en más capas de la sociedad se podrían vislumbrar salidas más humanistas a un problema tan doloroso y tan inhumano. Lo importante, lo realmente trascendente de la película de Pinho y compañía es la idea de colectivo, de mantener una unidad inestable frente al poder, porque, evidentemente, uno por uno, somos una minúscula brizna de hierba arrancable sin problemas. Mantener la unidad hace fuerte al grupo de obreros y obreras que se niega a ceder, aunque internamente haya disensiones y discusiones, incluso aunque el coste personal y familiar sea enorme, pero ante el patrón la posición ha de mantenerse inflexible. Victoria pírrica dirá uno, pero para quien su única salida es la fuerza del trabajo, y la única fuente real de riqueza es la que proporciona el trabajo, su única arma es defender su capacidad de trabajar, porque el tiempo de las revoluciones, de los claveles, de los fusiles y de los meses de abril parece muy alejado de nuestra dinámica de protestas. Portugal lo vuelve a conseguir, nos vuelve a dar una lección de resistencia con su creatividad artística. Que seamos tan ciegos para no mirar al vecino con su excelente cine sólo nos hace más pobres, porque ¿cuándo llegará la gran obra cinematográfica española sobre la gran estafa? Seguimos esperando, porque este país, llámese guerra civil, terrorismo etarra, crisis económica, a la hora de hacer películas sufre un temor reverencial ante el poder y la opinión pública, una forma más de autocensura.

 

A FÁBRICA DE NADA.

Portugal. 2017.

Dirección: Pedro Pinho.

Duración: 178 minutos.

Guión: Tiago Hespanha, Luisa Homem, Leonor Noivo, Pedro Pinho (Idea: Jorge Silva Melo).

Producción: Terratreme Filmes.

Fotografía: Vasco Viana.

Reparto: Carla Galvão, Dinis Gomes, Américo Silva, José Smith Vargas, Njamy Sebastião, Joaquim Bichana Martins, Daniele Incalcaterra.

Edición: Cláudia Oliveira, Edgar Feldman, Luísa Homem.

Sonido: João Gazua, Tiago Raposinho, Carlos Abreu.

Música: José Smith Vargas, Pedro Rodrigues.

Productores: João Matos, Leonor Noivo, Luísa Homem, Pedro Pinho, Susana Nobre, Tiago Hespanha

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