Fotograma de Disobedience.
Fotograma de Disobedience.

La escalera como espacio arquitectónico resulta esencial para la funcionalidad de un inmueble, aunque en no pocas ocasiones trasciende esa simple importancia para convertirse en un elemento definitorio de la entidad artística del mismo. En lo cinematográfico, la escalera permite, no sólo graduar los volúmenes, jugar con la profundidad de campo, elevar la importancia o influencia de un personaje sobre los otros, sino que también marca, sin palabras, la diferencia entre lo privado y lo íntimo, entre lo permitido y lo prohibido. Como las puertas cerradas, una escalera es un espacio que precisa de un permiso especial para ser transitado. Ningún visitante de una casa subirá las escaleras interiores si no media una invitación, sabedor de que traspasar esa barrera arquitectónica supone invadir un territorio vedado a los ojos de los demás. Cuando Ronit llega a casa del rabino Kuperman después de que haya sido avisada anónimamente de la muerte de su padre, el rabino Krushka, permanecerá en la planta baja sin atreverse a ascender, y eso que todavía desconoce que su amigo de juventud Dovid Kuperman, se ha casado con Esti, su amiga íntima de aquellos años, más que su amiga, su amante. Al ser invitada a dormir en la casa por Dovid, los permisos y barreras desaparecen, en el fondo en Dovid hay, no una mera cortesía con la recién llegada tantos años desaparecida, sino un perverso inicio de un juego de libertades que se pone en marcha y que había permanecido oculto bajo las pesadas capas de la conveniencia y el orden preestablecido, el rabino murió hablando de la libertad y Dovid sabe que su vida presente es fruto de la falta de libertad.

En los personajes de Lelio, no sólo en esta “Disobedience”, hay una extrema reivindicación del ejercicio de la libertad individual frente a los impuestos usos sociales que determinan lo “correcto” y lo “incorrecto” en nuestra vida personal. Situando a la mujer como centro de sus historias, los personajes se enfrentan a la incomprensión generalizada que juzga por prejuicios y no por los verdaderos comportamientos, normalmente poniendo el enfoque en el libre ejercicio de la sexualidad, castigado socialmente como pernicioso si no se respeta el orden “natural” de las cosas. Sus tres últimas películas exploran ese camino y la rebeldía de las mujeres enfrentándose al rechazo que en su entorno provoca el uso de la libertad individual. Pasaba en “Gloria”, donde una mujer que se aproxima a la vejez parece tener prohibido disfrutar de su propia sexualidad, pasaba en “Una mujer fantástica”, donde Marina aprendía a convivir con el rechazo, la soledad, la sospecha, por el hecho de ser transexual, reivindicando su feminidad frente al machismo imperante en la sociedad chilena, y pasa en “Disobedience”, donde dos mujeres han optado por cambiar de vida y reprimir su libertad por el hecho de ser lesbianas, condenándose a no poder ser lo que ellas querían con quien querían.

En esa escalera donde se refugia Esti, o hacia la que mira Dovid, en un claro signo de impotencia que le revela la imposibilidad de alcanzar una vida plena y feliz, según los estándares del judaísmo ortodoxo, con su esposa; mirar hacia arriba es asumir la imposibilidad de llegar; son los personajes los que tienen que bajar para alcanzar la normalidad del espacio neutro de la planta a nivel de calle, un lugar ajeno a la confidencia o al acercamiento de un dormitorio. Las plantas superiores son el lugar de la seducción, de lo prohibido, del recuerdo de un suceso que marcó para siempre la vida de Ronit y Esti (Rachel Weisz y Rachel Mc Adams) y, de manera indirecta, el sufrimiento silencioso del personaje masculino de Kuperman (Alessandro Nivola). La escalera ascendida en soledad marca el renacimiento de los recuerdos, de los temores, de las obligaciones maritales impuestas como signo de normalidad y de aceptación de las reglas religiosas, la escalera subida en pareja, como cuando Ronit y Esti visitan la vieja casa familiar de la primera a la muerte del padre, y entran en su antigua habitación, produce la visibilidad del terremoto que sacude a ambas desde que se reencuentran, de manera no tan casual, ni fortuita, en la cocina del matrimonio durante el velatorio del padre muerto.

La elegancia y el buen gusto no son fáciles de conseguir, Lelio demuestra saber usar material ajeno y adecuarlo a un ritmo pausado en el que la información va llegando con la morosidad necesaria que sitúa al espectador en el centro mismo de una comunidad religiosa aislada del mundo y que vive, por y para, su religión, sin contaminaciones externas, sin influencias de otras culturas o modas. La elegancia en las imágenes devuelve un cierto clasicismo que huye de efectismos, reflejos, distorsiones o trampantojos destinados a tapar las carencias del relato, aquí lo importante es lo que se cuenta, y esto exige un ritmo diferente. Hemos entrado en una realidad muy distinta a la del Londres hiperactivo y ultramoderno, hemos retrocedido a un mundo donde lo inmediato no tiene importancia, donde el teléfono móvil no es un apéndice permanente de las extremidades superiores; estamos en un mundo contemplativo y netamente machista, un mundo de separaciones también marcado por escaleras que separan hombres y mujeres en la sinagoga, un mundo que exige una cámara sosegada y observadora, pausada, por la que no dejan de pasar acontecimientos que van sedimentando y proporcionando toda la información necesaria al ritmo adecuado.

El personaje de Ronit es el del hijo pródigo que vuelve tarde y no llega a tiempo de ser perdonado, pero también la oveja negra, el ángel caído expulsado de la comunidad por cometer un pecado imperdonable, repudiada por un padre que antepone la creencia a la libertad individual. Sin estridencias ni subrayados, sentimos con el personaje de Ronit la incomodidad de tener que permanecer unos días en territorio hostil, rodeada de falsas sonrisas y medias condolencias. En el fondo las miradas la señalan como una mala persona, una persona desviada que ha provocado errores ajenos y el dolor de un padre; la cámara sigue a Ronit en los lugares conocidos y semiolvidados, apagados interiores a los que parece no llegar la luz del sol, espacios que se asemejan a celdas monacales donde los monocordes recitados del Talmud no hacen sino de efecto anestesiante para no pensar y seguir anclado a una realidad ficticia, interiores opacos, no a la luz, sino a las ideas del exterior, obcecados en una tradición inamovible que termina provocando seres insatisfechos.

El drama existe en cuanto sentimientos enfrentados; pasión y obligación, deseo y pecado, libertad y obediencia, creencia y vida, religión y amor; todo está en lucha y combate alrededor de los personajes, que se mueven como con sordina, sin querer remover lo que resulta inevitable conviviendo bajo el mismo techo durante unos días. Los planos se cierran sobre ellos en los espacios interiores, planos en los que el rostro asume todo protagonismo; mientras que respiramos con cierto alivio las pocas ocasiones en que las mujeres pueden moverse con libertad abandonando el opresivo entorno del barrio judío londinense. Mujeres que se sienten perseguidas y observadas, denunciadas, señaladas, privadas de libertad en cuanto salen a la calle si no abandonan precipitadamente los espacios en los que se conocieron hace años. La culpa termina imponiendo su peso tras cada decisión, pero siempre queda la esperanza de que sobre la culpa triunfe la libertad y sea posible acercarse a vivir lo deseado. Abstraerse del entorno, sin abandonarlo, exige un valor que los tres personajes demuestran, no da Lelio soluciones ni respuestas, nos ofrece un recorrido por una cultura diferente y uniforme donde quien pretende cambios termina sintiendo el peso del grupo dominante; por eso las mujeres, para liberarse, necesitan escapar, y justo cuando deciden volver a ser ellas mismas es cuando la película sufre un retroceso; el desenlace se acelera y las respuestas, o su falta, terminan transformándose en una precipitada conclusión que rompe con la suavidad anterior. Tres cuartas partes de película notable que se resiente en la memoria por ese final, entre complaciente y fácil, que permite a cualquier espectador acomodar la historia y su solución a su propio sentir, pero no olviden que, al final, hay personajes separados, nuevamente, por una escalera.

DISOBEDIENCE.

Irlanda, Reino Unido y Estados Unidos. 2017. Dirección: Sebastián Lelio. Guion: Sebastián Lelio y Rebecca Lenkiewicz (basado en la novela de Naomi Alderman). Productoras: Braven Films, Element Pictures, Film 4, Stage 6 Films. Fotografía: Danny Cohen. Montaje: Nathan Nugent. Música: Matthew Herbert. Reparto: Rachel Weisz, Rachel McAdams, Alessandro Nivola, Allan Corduner, Bernice Stegers, Anton Lesser. Duración: 114 minutos.

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