Fotograma de La Gran Belleza.
Fotograma de La Gran Belleza.

Resulta muy complicado hablar de cine en cartelera en la ciudad ante el desolador panorama y oferta que presentan las salas comerciales, así que hay que aprovechar cualquier resquicio que permita hablar de buen cine en Valladolid, o de buen cine para mí, porque la figura de Paolo Sorrentino genera rechazo y admiración a partes iguales, no así la de Toni Servillo, que parece mucho menos cuestionado que el director que le ha proporcionado su reconocimiento en España, aunque son frecuentes, y desconocidas, muchas otras películas, italianas y francesas, en las que el actor deja ver sus cualidades interpretativas, pero que, comparando el producto final con el cuestionado de Sorrentino, demuestran que un buen actor necesita también de un buen director para explotar todo su potencial. Aprovechen la noche de verano del día 25 de agosto para ver en pantalla grande y al aire libre en el Patio Herreriano una película fundamentalmente nocturna, decadente, melancólica; una nueva “Dolce vita” demolida por el paso de las décadas y la pérdida de inocencias y deseos.

¿Qué perdemos al escoger un camino u otro en la vida? ¿qué se siente cuando uno ha comprendido hace mucho que escogió una opción equivocada? ¿qué nos queda cuando se esperaba alcanzar la gran belleza y dejamos perder la que ya habíamos conseguido? Nostalgia, melancolía, sufrimiento, hedonismo, ausencia, vacío, ironía, soledad….. tantas cosas y muchas más, todas ellas en el rostro de Jep Gambardella, el personaje magistralmente pensado por Paolo Sorrentino, y admirablemente interpretado por Toni Servillo. El tandem Sorrentino-Servillo ya nos ha ofrecido creaciones admirables como el Tita di Girolamo en “Las consecuencias del amor” o el Andreotti de “Il divo”, y a la esperada llegada este otoño de la última colaboración entre ambos, dispuestos a desnudar, si es que es necesario, a ese ejemplo de la ruina moral, social, económica y política del siglo XX que es Berlusconi, esa química se mantiene y se engrandece a fuerza de mantener la misma fórmula en “La gran belleza”. En la búsqueda baldía de esa gran belleza vamos a ver lo mejor y lo peor del ser humano, desde las creaciones artísticas más deslumbrantes de una ciudad como Roma, hasta las mujeres y hombres más estéticamente deseables de la noche romana, pero también lo falso de una belleza del colágeno y el castigo de intentar permanecer siempre bello, aun a costa de cirugías y dinero, mezclado con la mamarrachez de la modernidad que se deja encandilar con performances absurdas mientras da la espalda a la magnificencia de siglos de belleza acumulados en la gran ciudad.

Jep Gambardella es el Marcello de “La dolce vita” después de 40 años de vida regalada, fiesta permanente, alcoholismo controlado y lujuria al peso. En los 15 minutos iniciales Sorrentino ofrece todo un catálogo de belleza y fauna humana. Abriendo con un plano en el que la cámara sobrevuela el Gianicolo, recreándose en el monumento, sus arcos, sus estatuas, uniendo a la belleza arquitectónica la belleza musical de un grupo de mujeres cantantes, hieráticas y al tiempo poseídas por el magnetismo de lo que están cantando (My heart,s in the Highlands de Arvo Part), el sobrevuelo continua hasta la irrupción invasiva, la ruptura de esa belleza permanente por la llegada del grupo de turistas. La siguiente escena, antítesis absoluta de la anterior, como muchas otras de la película, comienza con una fiesta grandilocuente y hortera en una terraza de un edificio ocupada por gente guapa y vejestorios llenos de dinero, unos están por su atractivo sexual, otros por su atractivo económico, es la Italia del “bunga-bunga”, de la corrupción institucionalizada y carente de buen gusto. No estamos ante la belleza cierta, sino ante el catálogo de un jardín de las delicias, sexo en estado puro, drogas y alcohol, música monocorde e inarmónica retumbando y provocando el desenfreno, y en medio de todo ello, el 65 cumpleaños de Jep Gambardella, perdido y miserablemente melancólico en medio de una fiesta multitudinaria en su honor.

Gambardella en su memoria guarda el recuerdo imborrable de una noche de verano, de un faro, una chica y un amor, ése fue el gran error del personaje, desaprovechar esa gran belleza, permitir que Silvia le dejara y dedicarse a un aparente mundo de lujo, con muchas puertas abiertas y muy pocas satisfacciones, en donde todo el mundo mantiene una careta puesta y tiene muy poco que ofrecer. Por eso las caminatas de Jep por Roma son rondas nocturnas o diurnas en permanente búsqueda, o en permanente reconocimiento del fracaso de admirar una belleza monumental sin poder compartirla con una belleza interior. Cruzarse con Fanny Ardant y reconocer otra belleza, adentrarse en las termas para sentir la inmensa soledad de su vida, asistir al milagro de una desaparición o a la evocación de un mar proyectado sobre un techo, recorrer las márgenes del río Tíber hasta acercarse al Castello Sant Angello; tan real todo como fantasmagórico, suspendido en un deseo idealizado que choca, frontalmente, con el ocaso anunciado de una vida vacía, y provoca en el espectador, tanto la visión de la película con una mueca de sonrisa cuasipermanente, como la aparición del dolor emocional en cuanto la verdadera realidad te coloca en el punto de partida con todas las cartas jugadas, marcadas y perdedoras.

En lo material, Jep ha conseguido la belleza que proporciona el dinero, el gran apartamento con terraza enfrente del Coliseo, donde organiza sus pequeñas reuniones decadentes donde no se duda a la hora de contar las verdades de todos los presentes entre los que él se incluye, en una gran escena de humillación, ajena, y propia, porque él mismo se identifica con lo dicho. Intenta agarrarse a la última oportunidad de vivir un amor de verdad, pero la muerte está presente a lo largo de la película como el epílogo definitivo a la belleza fugaz de la vida frente a la más permanente de la naturaleza y las artes. Su búsqueda está dirigida a la derrota, pero con una posibilidad de escape, llegada su edad puede decidir no hacer lo que no quiere, y eso es tanto como no querer ver las fotos desnuda de su última amante como recordar su infancia cuando alguien le llama Peppino.

 

Si las fiestas de La dolce vita o las reuniones de 8 1/2 , dentro de su decadencia, mantienen un cierto estilo, un orden preestablecido de presunta moralidad burguesa y exclusividad en la admisión, las de “La gran bellezza” terminan controladas por la estética berlusconiana de mujeres exuberantes, hombres con la líbido en la boca, diletantismo de opereta, ignorancia manifiesta y mucho snob dispuesto a dejarse embobar porque en una performance una mujer se lanza de cabeza desnuda contra un pilar del acueducto y no mira, tan siquiera el acueducto romano, haciendo una parodia hiriente sobre el ¿arte? de Marina Abramovic. Por eso, si las comparaciones con Fellini pueden establecerse, y además no se ocultan, algo que se echa en cara al cine de Sorrentino, viniendo a decir que existen sus películas gracias a Fellini, y que sin la referencia clásica no dejan de ser envoltorios bonitos que nada cuentan ni añaden, a mi juicio Sorrentino incorpora el daño añadido del mundo liberal que asola la vieja Europa, la belleza del viejo estilo, igual de decadente, enfrentada a la vulgaridad obscena de una belleza oficial inexistente dirigida por el dinero, todo para el dinero y todo para el dinero; un mundo de artificialidad completa que se desarrolla en medio de la inabarcable belleza de lo clásico, que persiste pese a la bajeza incalculable de las personas que lo habitan y transitan, y que sólo de noche, en la soledad de Piazza Navona parece que puede pasar de prostituta a princesa.

 

La ironía de la película alcanza a todos los estratos, a los corruptos con la detención de un vecino del inmueble de Jep que grita ser uno de los motores de la economía italiana y se encuentra entre los diez criminales más buscados, a la Iglesia permanentemente retratada ya como un circo, ya como un negocio, que no duda en aparecer representada como jerarquía en locales de moda o someterse a tratamientos de estética, al periodismo que ha decidido hacer noticia de lo barato a todos los niveles y no de lo importante, del mundo del arte moderno (espléndida la escena de la niña pintora), con el colofón del paseo nocturno por el interior de varios palacios romanos que guardan multitud de tesoros clásicos, la belleza preservada para el disfrute de unos pocos que, ni siquiera, son capaces de deleitarse con ello.

Jep tiene que enfrentarse al inminente ocaso y pérdida de atractivo, en el camino empiezan a morir las personas de su vida, y para ello dará una serie de consejos de comportamiento para emocionar a los asistentes y al mismo tiempo convertirse en el centro del espectáculo, la vida como una representación, lo que no podrá, sin embargo, es evitar terminar llorando realmente ante las verdaderas pérdidas, pues envuelto en una dosis de inmunidad, ésta se revela falsa, pues las emociones fluyen por dentro; Jep, ¿quién te va a cuidar ahora?. A la historia y a las intrahistorias y metahistorias de esta película polifacética, amplia, enorme en sus caminos abiertos y sin cerrar, no puede dejarse de lado su enorme calidad artística con la que el director embellece sus imágenes, otra de las tachas que le afean sus críticos, esos planos suaves y dulces que acompañan los paseos de Jep por Roma, con oscilantes y sugerentes, envolventes movimientos de cámara alrededor del personaje, por encima o a los lados, las ascensiones y descenso de esa cámara tratando a monumentos, música, personajes; situaciones en contraposición, sin previo aviso, con otra estética acelerada, nerviosa, sincopada, eléctrica del mundo moderno, del mundo de la noche del que Gambardella está ya hastiado.

Esa vorágine que rodea llena de falsedades y mentiras al protagonista queda en entredicho en varias escenas que revelan la verdadera necesidad interior del personaje. La escena del Gianicolo donde aparece la muerte, el abrazo sentido entre el marido y el amante bajo la lluvia tras la muerte de la mujer en medio de unas escaleras mientras baja un grupo de monjas, el recuerdo de esa noche en la que tuvo la belleza entre sus manos debajo de la blusa de una joven, y ese final mientras progresan los títulos de crédito, un paseo imaginario en barco, por Roma, atravesando puentes y escenas cotidianas, hasta llegar al refugio vaticano del Castello, escenas en las que todo fluye con armonía y delicadeza, alejadas de ese otro mundo falso, hipócrita, falaz, hortera, mundano y corrupto que rodea a Jep y por el que se ha dejado rodear; la belleza puede ser algo parecido a los momentos de soledad de Jeo, tumbado al sol en una hamaca con vistas al Coliseo.

Título: La gran belleza. Título original: La grande belleza. Italia, Francia. 2013. Dirección: Paolo Sorrentino. Reparto: Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Carlo Buccirosso, Laia Forte, Franco Graziosi, Giorgio Pasotti, Massimo Popolizio. Guión: Paolo Sorrentino, Umberto Contarello. Productora: Medusa Film, France 2 Cinéma, Pathé, Indigo Film, Babe Films. Producción: Nicola Giuliano, Francesca Cima. Fotografía: Luca Bigazzi. Música: Lele Marchitelli. 150 minutos.

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