Fotograma de 'Les distàncies'
Fotograma de 'Les distàncies'

No hay espacio para la comodidad o el alivio en el segundo largometraje de Elena Trapé tras su más que notable «Blog» de 2010 (8 años se necesitan en este país para que una directora pueda hacer su siguiente película, puede haber otros motivos no profesionales, pero no es algo que sorprenda en la carrera creativa de las nuevas generaciones de cineastas españoles el tiempo que se necesita para poder filmar). Si en «Blog» asistíamos al estallido vital, y viral por el juego de los móviles cuando aún no existía whattsap, de un grupo de adolescentes conjuradas para alcanzar una madurez precipitada, en «Les distáncies» estamos ante el resultado de esa generación que ha crecido, que ha alcanzado la mayoría de edad sobradamente pero a la que las responsabilidades de la vida paraliza, asusta, incomoda, neutraliza y les provoca antes la huida que la reacción. Los 5 protagonistas de «Les distáncies» comparten esa sobrada preparación académica, su facilidad para moverse por el mundo dominando, o manejando suficientemente, el inglés como el nuevo latín universal del siglo XXI, una generación en la que el teléfono móvil se ha convertido en una nueva extremidad irrenunciable, pero en todos ellos hay un halo de tristeza y de miedo que les impide disfrutar de lo que hay o se tiene, siempre angustiados por aquello que no alcanzan, aún sin llegar a saber muy bien qué es lo que pueda faltar.

Les distàncies. Las distancias.

España. 2018.

Dirección: ELENA TRAPÉ.

Guión: ELENA TRAPÉ, MIGUEL IBÁÑEZ MONROY,JOSAN HATERO. Productora: MARTA RAMÍREZ.

Productores asociados: ISABEL COIXET, MARCELO BUSSE.

Director de fotografía: JULIÁN ELIZALDE.

Montaje: LIANA ARTIGAL.

Sonido: JORDI ROSSINYOL COLOMER.

Dirección de producción: MARTA RAMÍREZ.

Ayudante de dirección: ANNA CAPDEVILA.

Intérpretes: Alexandra Jiménez, Bruno Sevilla, Isak Férriz, Miki Esparbé. María Ribera.

100 minutos

Si algo puede achacarse a la película de Trapé es que no hay intención alguna de ir desvelando poco a poco las reglas del juego. Desde el encuentro en el piso berlinés de Alex (Miki Esparbé) es fácilmente adivinable qué objetivos mueven a cada uno para haber viajado, sin avisar, y compartir con él su 35 cumpleaños. Tampoco hay sutileza en la presentación y reacciones, hay dos personajes que acuden con verdadero interés a la cita planeada, cada uno con expectativas muy diferentes, uno que recibe al grupo con la incomodidad de la invasión de la intimidad y para el que esas personas forman parte de un pasado que se quiere olvidar cuando su presente está en pleno derrumbe, otro que aparece dispuesto a provocar el conflicto desde el primer minuto, y una quinta que no forma parte de esa historia y que se ha visto arrastrada a compartir la experiencia para buscar la última razón por la que continuar con una relación. Todos insatisfechos, todos deseando que el resto desaparezca para encontrarse con la intimidad de la pareja, del que fue un amigo íntimo o para intentar hacer realidad una promesa de juventud reanudando una relación que la distancia y el tiempo debería haber borrado de la memoria.

Berlín se convierte en la excusa geográfica para reunir al grupo, pero la ciudad no llega a formar parte del relato porque queda fuera de campo en todo momento, incluso cuando los personajes llegan a pisar la calle, el ambiente es igual de frío, gris, inhóspito e inhabitable que el corazón de sus vidas. Una frialdad, grisura, oscuridad que se siente en todas y cada una de las escenas en el interior del piso, consecuencia del fantástico concepto de imagen planeado por la directora y el director de fotografía Julián Elizalde, y que va transmitiendo al espectador la opresión y las dificultades de respiración que va teniendo todo este grupo de jóvenes en huida de si mismos, incapaces de afrontar la realidad de que los 25 hace tiempo que pasaron, que los 35 no son los nuevos 25, que el pasado y recrearse en él no es sino una excusa perfecta para no enfrentar al presente y seguir teniendo miedo del futuro. Berlín es el espacio neutral donde ninguno tiene asideros en los que refugiarse para encontrarse de frente con la realidad. Cuando el grupo se disgrega y cada uno termina pasando ese fín de semana en solitario, la ciudad no es punto de acogida, sino un frigorífico que mide la temperatura gélida del interior de sus vidas y sus relaciones.

Gente joven sin trabajo, o haciendo trabajos muy diferentes a aquellos para los que se formaron, interminables jornadas que no permiten ni vivir independientemente y obligan a regresar al domicilio paterno, arquitectos sin trabajo, diseñadores gráficos que terminan haciendo de modelos publicitarios, futuras madres que a duras penas aceptan la idea de maternidad y mucho menos la de una paternidad a la que se ha puesto distancia, como la del título de la película. Las distancias de estos jóvenes no son geográficas, o ésas no son las más insalvables, en un mundo en conexión permanente en el que las personas han perdido la capacidad de comunicarse, de hablar, de entenderse la distancia física se hace mayor cuanto más cerca está una persona de otra. El movimiento sin rumbo, abandonar la casa para no afrontar un rechazo, huir para posponer la realidad, no es sino reflejo de inmadurez. Podrá decirse que lo profesional o lo económico termina afectando a lo personal y afectivo, pero en el fondo asistimos a la misma deriva en aquellos que tienen mayor estabilidad profesional. El retrato que Trapé hace de esta generación que se acerca a los 40 es el de una generación derrotada, devorada por sus ansiedades de éxito rápido y sublime, incapaz de asumir la frustración de una negativa como parte del camino de crecimiento y autoaceptación. No se si es el retrato perfecto de una generación, pero si un retrato sólido y eficiente de un grupo con el que no se cae en la complacencia ni en la compasión, si bien es cierto que uno de los personajes es tratado muy mal durante toda la película y se le transforma en odioso desde el primer momento.

Seguramente este fin de semana no cambie la personalidad de ninguno de ellos, sólo servirá para alejarles definitivamente entre sí, hacer palpable la interminable barrera que se ha cruzado desde hace tiempo y que no han querido ver porque así podían permanecer ciegos y agarrados a los años de verdadera juventud. Acompañamos a los personajes y nos sentimos muy incómodos, sabemos que la tensión estallará de alguna manera y no hay manera de relajarse con lo que contemplamos, que lo más probable es que todos ellos, incluído el personaje accidental de Marion en una sola escena, muy importante para el despertar tardío de Olivia, la desconocida pareja berlinesa de Alex, y con quien Olivia (Alexandra Jiménez) mantiene una conversación que pasa de lo cortés a lo patético, cayendo la española en una espiral de ridículo adolescente que demuestra esa negativa a crecer, a madurar, a aceptar lo que desde hace mucho tiempo es inevitable, como el resto de rupturas que se fraguan durante ese fín de semana y que se anuncian desde los primeros cinco minutos de película impidiendo cualquier progresión de los personajes, pero quizás se trate de eso, en dos días no se puede evolucionar y en dos días todas las cartas tenían que estar marcadas de antemano cuando se sigue creyendo estar más cerca de la adolescencia que de la madurez. (en cines Manhattan)

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