En la mente de cualquier espectador juega siempre el recuerdo de las obras precedentes que se transforman en prejuicio para las que vendrán después. Siendo mucho e inabarcable lo que el cine ofrece, l@s cinéfil@s tenemos que utilizar un filtro depurador, indudablemente injusto y apriorístico, para decidir entre unas obras y otras. Muchas destilan abyección desde sus carteles propagandísticos, otras se rechazan por campañas insidiosas de publicidad que ya desvelan las cartas marcadas con las que el mercado juega con el consumidor medio. En otras hay pequeños detalles que nos repelen, como un actor, como una temática, como un tráiler que te demuestra que esa película la has visto muchas veces ante el afán uniformizador de los lenguajes visuales. También ese mismo prejuicio te hace volver una y otra vez a creadores que, en su momento, despertaron admiración por su fuerza e ingenio, y que más tarde te han defraudado en un sinfín de ocasiones. Es el caso de Schrader, cuyas cuatro últimas películas me abochornan, habrían acabado con cualquier carrera incipiente, le habrían desterrado de cualquier multinacional, y, sin embargo, es su pasado el que otorga un crédito para que Sony produzca sus intuitivas narrativas y para que yo siga intentando reencontrar lo excelente de su cine cada vez que llega alguna novedad, y en esta ocasión, volviendo a su tema esencial, lo consigue, porque “First reformed” retoma la fuerza y la rabia de “Aflicción”. 20 años después Schrader consigue atraparme con una historia que me resulta muy lejana en lo personal, pero indudablemente atractiva en lo emocional y en lo cinematográfico.

La primera escena de “First reformed” ya anuncia, sin palabras, el enorme peso que la religión y el concepto de dios, va a tener en la película. Una cámara subjetiva va acercándose, a la velocidad de un hombre, hacia la fachada de una iglesia, la fachada del “First reformed” a la que alude el título original de la película, machacado por la distribuidora española con el espantoso de “El reverendo”, una iglesia perteneciente a una confesión cristiana de raíz protestante, una de tantas y de no mucha aceptación popular como puede verse una vez que la cámara penetra en el interior de una ceremonia. La cámara, según va acercándose, va dejando una imagen aplastada hacia el suelo por el peso y la altura del edificio, cuanto más nos acercamos más hay que elevar la mirada para acercarse a ese campanario que se proyecta hacia el reino de lo inmaterial en el que vive el pastor Toller, un cura por tradición familiar que vinculaba sacerdocio y milicia (no es Schrader sospechoso de progresía intelectual ni apóstol de la paz), y que vive asediado por las consecuencias de sus actos. Influir en un hijo para que se alistara en el ejército, siguiendo esa tradición, para ser devuelto en un ataúd meses después desde Irak, supuso el fín de su matrimonio, la renuncia de Toller a su condición de capellán castrense y el refugio en la parroquia de First reformed, perteneciente a la iglesia de “La vida abundante”, donde una de las feligresas más fervientes ha conseguido sacar de su interior lo que más desprecia de sí mismo.

Los verdaderos personajes de Schrader, como los de Bergman, son creyentes, pero como también expuso Unamuno, la creencia no exime de la duda, del miedo, del temor a la nada y a las preguntas sin respuestas, dudas que pueden hacer del creyente un crítico más feroz hacia su creencia que la del propio ateo. El pastor Toller, cercado por la enfermedad física, por el tormento interior de la culpa, y por el debate existencialista sobre las bases de su propia creencia, utiliza la fórmula del diario para psicoanalizarse religiosamente, una especie de martirologio psíquico que va a zozobrar con un hecho imprevisto. Durante un año empeñará su palabra en mostrarse sin misericordia en sus apuntes personales, un diario que se transforma en una especie de oración sin perder la fe, pero sin ser capaz de responder a las dudas, que provocan un suicidio, de uno de sus pocos fieles. Ese diario en el que, como humano que es, faltará a la palabra de no eliminar ninguna reflexión, aunque seguirá adelante con la tarea anclándose a la idea de que dios es una fortaleza poderosa. La fe del incomprendido puede modificar el comportamiento hasta confundir el mensaje de su señor y transformarle en un ángel justiciero con tal que, de esa manera, se consiga el perdón divino o conseguir algún modo de comunicación personal. “¿Nos perdonará dios por lo que estamos haciendo?” es el nuevo mantra de este sacerdote que se transformará en la nueva idea recurrente de un profeta sin lectores ni exégetas, un ser solitario en medio de los espacios semivacíos de una casa rectoral donde su presencia ayuda a comprender la insignificancia del ser humano en comparación con el daño ecológico causado al planeta.

Porque Schrader, con una economía de medios admirable, componiendo planos interiores que se compenetran perfectamente con la personalidad dolorida, la impotencia de convencer y la enfermedad física del pastor, transmite a la perfección esa sensación de soledad en la que parece que el único mecanismo reparador es el uso de la violencia utilizando textos bíblicos en su apoyo, o incluyendo metáforas visuales de indudable contenido místico (el ojo lámpara, el sueño pecador, la levitación amorosa que deriva en misticismo). El suicidio del feligrés muta la personalidad ya afectada del pastor, “Pero las naciones se enfurecieron, y vino tu propia ira, y el tiempo señalado para que los muertos sean juzgados, y para dar [su] galardón a tus esclavos, los profetas y a los santos y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y para causar la ruina de los que están arruinando la tierra”, Toller se quiere transformar en jinete del apocalipsis y juzgar a los miembros de su comunidad que, como fariseos, están ayudando a destrozar el planeta, haciendo de la santidad del ecologismo el nuevo mártir del siglo XXI y a los industriales contaminantes señalándoles como los nuevos mercaderes del templo.

La duda de Toller no es hacia ese dios de los textos sagrados, sino hacia el dios que permite que sus criaturas se comporten de manera diferente a lo escrito pese a declararse fervientes creyentes, un dios que, además, no se muestra, consintiendo ese libre albedrío autodestructor. Las preguntas de Schrader a través de Toller son muchas de las preguntas de los personajes de Bergman, por eso a Toller se le acaban las palabras delante de su comunidad ,porque todo sermón suena a vacío y fingimiento, y en esa transición sobre hablar y decidir actuar, el personaje bressoniano y bergmaniano de Toller parece transmutarse en otro Travis reelaborado 40 años después (Schrader es el guionista de Taxi Driver) y afectado por el misticismo en vez de por el apostolado violento de la pornografía. Afortunadamente a Schrader le quedan recursos, aunque su último cine parecería aventurar que eso ya no era posible, para “desatascar” la situación. El incipiente “thriller” en el que la acción se va convirtiendo, sin abandonar el drama religioso, tiene un punto de inflexión en una botella de disolvente. El arrasado hígado del pastor por sus excesos con el whiski tiene el contrapunto de esas viejas cañerías de la rectoría que se atascan. El personaje de Toller sufre su personal atascamiento que no es solo físico, pues también los efectos de la degeneración cancerígena progresan, sino que es un atascamiento moral para el que parecen faltarle recursos de superación. Ante la falta de respuestas, tanto divinas como humanas, el “desatranque” personal se plantea como una opción entre matar y morir, que se verá alterado por un personaje que, en sus apariciones, no hace sino actuar como verdadero demiurgo de la acción.

El personaje de Mary (Amanda Seyfried), embarazada viuda del suicida (nombre, estado y religiosidad no han de ser inocentes, como tampoco lo es la participación activa del personaje en las reacciones del pastor), forma una pareja interpretativa con Ethan Hawke de notable credibilidad, otorga la salida, al menos puntual y efímera, como la rápida conclusión de la película, para que Hawke-Toller consiga una especie de reconciliación personal. Parecería que Schrader, ante la falta de respuestas divinas apostara porque el futuro del mundo se encuentra en el amor como respuesta personal a tanta agresión innecesaria. Quien sea capaz de amar de verdad quedará exento de castigar al planeta, quien ame de verdad respetará la palabra divina. El mensaje puede ser catequizante, pero ¿acaso las películas de Bresson, Dreyer, Tarkovski, Bergman carecen de mensaje religioso? Y cuando hablo de religiosidad no me refiero a propagandismo ni confesionalidad de manual, sino a la respuesta religiosa que Schrader encuentra para los problemas de su mundo. Ante el silencio de dios, el hombre de Schrader también vuelve a quedarse sin palabras y sólo sobreviven las preguntas que generan más y más dolor, optando por el refugio en nuestros pequeños planetas personales como opción para sembrar el bien y el respeto a la obra de la creación. Bienvenidos los personajes atormentados, culpables, redimidos de Schrader, porque de ellos será el reino cinéfilo.

(Actualmente en cines Casablanca)

FIRST REFORMED. Estados Unidos. 2017.

Director y guión: Paul Schrader. Música: Nicci Kasper, Brian Williams. Duración: 113 min. Reparto: Ethan Hawke, Amanda Seyfried, Michael Gaston, Cedric the Entertainer, Victoria Hill, Philip Ettinger, Bill Hoag. Música: Brian Williams. Fotografía: Alexander Dynan. Productoras: Killer Films, Fibonacci Films, Arclight Films

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