Fotograma de LAZZARO FELICE (Alice Rohrwacher, 2018).

La historia comienza en la oscuridad, la noche se cierne sobre todos y nadie puede encender una luz, una bombilla pasa de habitación en habitación según la necesidad. No parece preocupar a nadie ese estado de carencia absoluta, porque ello no priva ni de la risa ni de las bromas, un joven se ha acercado a rondar a una muchacha sin que la presencia de 30 personas parezca incomodar la intimidad de la pareja. Es un preámbulo que denota cierta promiscuidad en las relaciones, una confusión de parentescos, unas costumbres sobre las que revuela la persona de una condesa, pero realmente, ¿en qué tiempo nos encontramos? ¿Qué es el tiempo en la última película de la directora italiana? ¿Es algo que transcurre por igual para todos, o se acelera o retrasa en función de la bonhomía de cada uno? ¿Hay un tiempo que transcurre conforme al reloj uniformemente aceptado o la ingenuidad retrasa el ritmo biológico haciendo que nuestro presente se transforme en el futuro de los demás? Hay tres ejes sobre los que descansa la película, la figura de Lázaro (asombrosa composición minimalista de Adriano Tardiolo, tan minimalista que la composición de su figura termina resultando idéntica a su dibujo en el poster de la película), un arrebatador personaje de inocencia e ingenuidad absoluta; el tiempo con el que la narración juega, que no discurre a la misma velocidad para todos los protagonistas; y los temas que trata, tan universales y permanentes que, realmente, da lo mismo la época en la que la acción transcurra, porque siguen con nosotros.

En un valle rodeado de montañas, aislado e inaccesible como consecuencia de una avalancha que nadie se preocupa de limpiar, varias familias que proceden de un tronco común, cohabitan en condiciones miserables en viejas construcciones campestres donde la higiene, los servicios, las comodidades son casi inexistentes. Lázaro forma parte de esa familia, realmente no sabe quién es su padre ni su madre, sólo sabe quién es la abuela. Es como un elemento de la familia de origen incierto, siempre bien dispuesto a hacer todo lo que le manden, lo que produce el abuso constante de los demás. Esa gran familia que abusa de Lázaro, a su vez, es abusada por la propietaria de las tierras donde trabajan. No pudiendo precisar en qué tiempo sucede la acción, existen los móviles, hay automóviles, hay luz eléctrica. Si las primeras escenas permitirían pensar en campesinos extraídos de un “Novecento” de Bertolucci, el resto de elementos nos ayudan a precisar que no nos encontramos tan lejos del siglo XXI, y sin embargo, esa gran familia vive en el engaño, convencidos de permanecer con las costumbres y reglas medievales, considerándose siervos de la condesa de Luna, a quien tienen que pedir permiso hasta para casarse o irse a la ciudad. Esclavos de la edad contemporánea que, internamente, odian a la patrona y lo que representa, pero externamente continúan dóciles y mansos, asustados por la simple presencia del lobo que aúlla en la noche, animal que funciona como un guarda que les impide atravesar el bosque para liberarse y que para Lázaro es simplemente un elemento más de la naturaleza con el que dialogar.

Lázaro se convertiría, así, en el buen salvaje. El “Viernes” de Defoe, el representante genuino del hombre en estado de naturaleza, con la ingenuidad y bonhomía de un “Candide” de Voltaire. Su mirada es limpia, clara, luminosa, ausente de malicia. Todo obediencia, y, al tiempo, todo descubrimiento en su mirada, ansioso de agradar y fiel hasta el extremo más insospechado con una simple caricia. Un siervo de los siervos que es cuidado y querido por Antonia, cuál sea el parentesco entre ambos jóvenes resulta un misterio, pero la mirada de Antonia es la más parecida, dentro de ese núcleo familiar informe, a la del propio Lázaro. Rohrwacher no oculta la corrupta naturaleza humana en ambos bandos, el de la nobleza y el del campesinado, pero también destaca el lado positivo que existe en cada uno, Lázaro y Antonia en el pobre, Tancredo (nombre de resonancia medieval como luchador de las cruzadas) en el de la nobleza, espantado por el trato que su madre dispensa a sus súbditos mantenidos en la ignorancia. Lázaro carece de recursos para rebelarse porque no entiende ni el dominio ni la sumisión, su naturaleza la hace así de manso y dócil. Mantiene un mínimo espacio de libertad en su refugio, por eso íntimamente cree que la amistad de Tancredo es sincera y no busca un aprovechamiento que es incapaz de imaginar. Esa relación entre los dos jóvenes, el heredero del palacio y el humilde siervo, se transforma, en la simple mentalidad de Lázaro, en una especie de relación fraternal alimentada por Tancredo. Cuando ocurra un accidente de montaña y Lázaro pierda el conocimiento, la película muda su envoltorio, pero lo que no cambia es la voluntad fiel de Lázaro, cualquiera que sea la época su destino va unido al de Tancredo.

Esa segunda parte de la película necesita de la llegada de la luz en forma de revelación, es la conciencia del “gran engaño”, que provoca la diáspora de la tribu cruzando un río como si del mar muerto se tratara, el mundo real espera al otro lado, dejando atrás la entelequia del valle innacesible. Las capas sociales se trastocan, los pobres pueden convertirse en más pobres, los ricos son arrojados a la miseria que nunca creyeron poder rozar. Quien queda en un lugar intermedio es Lázaro. La resurrección de Lázaro se produce sin cambios en su apariencia física, pero todo lo que le rodea ha sufrido el efecto devastador del tiempo. Qué ha ocurrido, dónde se ha perdido la conexión temporal entre realidad y presente son preguntas que surgen del relato de Rohrwacher, quien nos introduce así en el fantástico no exento de neorrealismo. Las películas anteriores de la directora (Cuerpo celeste, El país de las maravillas) ya jugaban con cierto onirismo en medio del mundo de las clases populares y humildes cercanas a la reivindicación de una vuelta a la naturaleza. Cuando aquí se parte de ese mundo y se hace que Lázaro se acerque a la gran ciudad, éste seguirá comportándose como si nada hubiera cambiado, porque en la simpleza humanista de su pensamiento y bondad, el ser humano no cambia por razón del lugar en que se encuentre. De hecho no podrá cuestionarse ni por qué se mantiene su aspecto físico mientras los demás han ido creciendo o envejeciendo y haciendo aún más miserable su forma de dirigirse a él, salvo Antonia, quien recuperando a Lázaro siente la posibilidad de redención, de hacer una buena obra en medio de la supervivencia más ruin.

La crítica social se mantiene en toda la película, pero mientras en la primera parte los culpables tienen rostro y nombre, en la segunda se evidencian las carencias de un estado social que funciona muy mal en los pozos de marginalidad. La figura de Lázaro va configurándose como un ser celestial no muy alejado de un ángel sin capacidad de pensamiento abstracto, pero capaz de guiar a quien se deje influir por su comportamiento siempre desinteresado. Hay un eco franciscano del Rossellini de «Juglar de Dios», del Pasolini de “El evangelio según San Mateo”, y del De Sica de “Milagro en Milán” que aquí sería sustituido por Turín. Hasta ese arrabal turinés sería el equivalente nada bufonesco del utilizado por Fellini en “La dolce vita” o por el propio Pasolini en «Mamma Roma», sustituyendo la aparición mariana por la súbita aparición de Lázaro procedente de la nada ante su familia. Cuando Antonia pide a Último y Pippo que se arrodillen como ella delante de Lázaro asistimos a la reinvención de un ser humano capaz de aprovechar la enseñanza muda de un ser perfecto en su bondad pero incompleto en su discernimiento. Este santo que va cruzándose con las maldades de la humanidad sin comprender lo que ve, ni espantarse ante la desigualdad o el abuso, transita por el mundo con un simple objetivo inconsciente, ayudar aunque nadie le ayude. Hay una herencia católica en el desarrollo del personaje y en su comportamiento, aunque para ello Rohrwacher deje claro que una cosa es el sentido religioso y otra la iglesia, porque esta familia que bien pudiera ser una trasposición turinesa del «Plácido» berlanguiano es expulsada de templo cuando solo aspiran a dejarse llevar por la belleza de la música. No hay santidad sin martirio, y Lázaro acepta sin un quejido su destino y la maldad humana, incapaz de reprochar y feliz por ayudar, o intentarlo, al amigo que ha caído en el pozo de la pobreza absoluta. Lázaro, como extraño ser demasiado humano para la mayoría, no se preocupa de tener, sino de ser como está obligado por su naturaleza. Eso le hace tan diferente, tan vulnerable, tan atractivo como esta afortunada película, una de las grandes de la temporada, una obra digna de ser recordada y perdurar. En cines Casablanca.

LAZZARO FELICE.

Italia. 2018.

Director: Alice Rohrwacher. Guion: Alice Rohrwacher. Duración: 130 minutos. Edición: Nelly Quettier. Fotografía: Hélène Louvart. Escenografía: Emita Frigato. Jefe de producción: Giorgio Gasparini. Productora: Coproducción Italia-Suiza-Francia-Alemania; Tempesta, Amka Films Productions, Ad Vitam Production. Intérpretes: Nicoletta Braschi, Sergi López, Alba Rohrwacher, Natalino Balasso, Tommaso Ragno, Adriano Tardiolo.

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