LA BALADA DE BUSTER SCRUGGS (Hermanos Coen, 2018)

No busquen en las carteleras de su ciudad, no se trata de un comentario a una película que se vaya a estrenar en las próximas semanas o meses. La película ya se puede ver, pero los tiempos han cambiado y el sistema ha decidido jugar a llevarte el cine a casa una vez que ha constatado que el descenso de espectadores en las salas es constante y progresivo. Ahora son los Coen, ya fue Bong Jon Hoo, será Scorsese, en menos de un mes la aclamada película de Cuarón ganadora en Venecia, y ha sido Allen, pero a éste le ha atacado el virus del #metoo y su estreno ha sido relegado porque los censores de la moral ajena han decidido que no es conveniente para la compañía que paga y la persona que ha creado no es un modelo moral en el santuario de la nueva izquierda. El fenómeno “Netflix” es el último paso hacia la eliminación del aspecto social y comunitario en la exhibición del cine. Hace años que muchos hemos abandonado poco a poco las salas, por muchas razones, y siempre encontramos autojustificaciones. La comodidad de ver cine en casa es evidente. Los más puristas se rasgan las vestiduras señalando que el cine está pensado para verlo en gran pantalla, pero los creadores trabajan en sus casas con pequeñas (aunque sean grandes) pantallas de Mac y quienes reniegan de que el cine se vea en los televisores, proporcionan dvd,s o enlaces informáticos a quienes tienen que votar sus películas en las galas anuales de premios (como los propios Coen con una honestidad encomiable señalan).

El modelo ha llegado para quedarse y crecer, el individualismo voraz tenía que extenderse a los modos de consumo de cultura popular. Ya no puedes comentar con las amistades el último estreno de la semana porque lo que hoy llega a las salas has podido verlo a lo largo del año en muy diferentes meses, ya no se genera la expectativa del estreno masivo y publicitado durante semanas previas al estreno, ya no hay la necesidad de mirar lo que se va a estrenar en cine ante la avalancha de oferta casera y porque, no lo vamos a negar, la oferta en pantalla comercial se ha deteriorado hasta el punto de que las buenas películas apenas aguantan una semana en cartel, devoradas por superhéroes, comedias románticas y productos de intriga cortados por el mismo guión una y otra vez. Ahora, no nos engañemos, el modelo Netflix no es la panacea, es más, supone la culminación de la uniformidad estética y argumental. Aprovechando que como política comercial dejan visionar durante un mes sus contenidos sin pagar, repaso su catálogo y el resultado no puede ser más desesperanzador. Centenares de series y películas que parecen escogidas por unos parámetros igualitarios que hacen similar un producto americano, de otro francés, de uno español o de otro coreano. Y de vez en cuando un estreno cinéfilo, o lo que se dice un guiño a otro tipo de público para generar una especie de etiqueta de calidad y de plataforma dispuesta a acoger a todo tipo de espectador, que provoca ese efecto desaparecido, que durante la semana del estreno todo el mundo habla de esa película, o lo que sea, porque se ha mantenido oculta, más o menos, hasta ese momento y se ha generado ese efecto vírico contagiable del deseo.

No deberíamos oir los cantos de sirena, ni creernos que Netflix suelta una millonada a directores de prestigio para que hagan lo que quieran sin ningún tipo de control de la compañía. Un mecenas al que no le importa el resultado final de lo pagado resulta inimaginable en este mundo, y menos en una empresa creada para ganar dinero como dicen que lo está haciendo la mas puntera de todas. El dinero entregado a los Coen, Scorsese, Cuarón, Allen, es dinero invertido en publicidad gratuita para la compañía entre los medios de comunicación cinematográficos que, de otra manera, no hablarían de Netflix ni compañías similares. A cambio, la inversión, si no llegara a ser rentable, quedará deglutida en medio de las apabullantes cifras de negocio de centenares de producciones en marcha. Resucitado el concepto de “estudio” con innumerables guionistas en nómina para pergeñar semana tras semana el ingente número de capítulos a rodar, el cine queda aparcado como una especie de extravagancia residual, de hecho las películas se conciben como trasposiciones de series para hacer capítulos únicos y más alargados. Hay una asepsia estructural de las historias, de los personajes, de las tramas, de las puestas en escena que se reproducen cuantas más películas se ven producidas por esta plataforma. Y llegamos a los Coen, creadores de grandes obras y también de grandes altibajos, llegamos a su “La balada de Buster Scruggs” para plantearnos, ¿podemos hablar de película?, su canto del cisne por no encontrar productores que financien sus proyectos, ¿es real? ¿podremos ver en Netflix un «Inside Llewyn Davis o tendremos que contentarnos con más Buster Scruggs?.

En la década de los 70 se hizo popular, con gran arraigo en el cine italiano, el modelo de películas con episodios. Varios directores tomaban un tema común y cada uno desarrollaba el mismo según su arte. El modelo se ha extendido hasta el presente; Sarajevo, el 11S, una ciudad; han servido para que un grupo de directores, con todos los altibajos previsibles, hayan participado en estos proyectos creativos ensamblados sin mucha cohesión interna en el relato, pero al menos no se ha ocultado que no se buscaba una unidad formal ni de fondo, sino la creación de varios directores a partir de un hecho concreto. Ahora Netflix usa esa paradoja de creación unida, pero concebida individualmente para darnos un conglomerado de cortometrajes dirigidos todos ellos por los mismos autores. No se trata de relatos de vidas cruzadas, ni episodios que van interrelacionándose entre sí como un “Pulp Fiction” tarantiniano; son relatos autónomos e independientes, un “Creepy show” del oeste donde, al final, da lo mismo que sean 6 historias como podían haber sido 5 ó 7, el resultado no cambia, el producto no sufre mutaciones si hacemos desaparecer alguna de las historias o si las cambiamos el orden, y quizás eso sea el principal demérito de la propuesta, que se vende como unidad lo que no dejan de ser historias sueltas.

Y en el origen de “La balada” entonces, existe la primordial razón de ser de la misma, que se pensó, se escribió y se empezó a hablar como de una serie que, por lo que fuera no llegó a buen puerto, de ahí que esos guiones podían haber terminado en un cajón o destinarse a una miniserie concentrada en un solo contenedor que, tanto pueden verse seguidos como troceados por partes, o incluso el espectador, como si fuera el “Rayuela” de Cortázar, puede decidir verlos en un orden diferente al fijado por los directores, pero a diferencia de la novela, el relato no va a cambiar si alteramos ese orden. De esta manera el único nexo reconocible en las historias lo aportan el calificativo de “western”, la fotografía excelente de Bruno Delbonnel y la música de Carter Burwell, porque el resto se reduce a un amasijo de historias que reúnen todos los tópicos del salvaje oeste, los forajidos, los duelos, los indios, los ajusticiamientos, los robos, los asaltos, los enterradores, el salón, las caravanas, las diligencias, un amplio repertorio de anécdotas que oscilan de la comedia al drama, del relato romántico al terror psicológico pero en el que se nota demasiado que entre el personaje del pistolero verborreico y fanfarrón de Buster Scruggs y el empresario de Lean Neeson no hay nexo que los una. De esta manera se pasa de la anécdota divertida del primer y segundo capítulos, tratados de manera fulgurante y muy breve, al anticlímax del tercero y cuarto, más sosegados, más pausados, pero más repetitivos, más encorsetados en un esteticismo innecesario que provoca una caída en la atención que, el para mí más redondo de los episodios, el quinto, cuya estética recuerda (no favorablemente para los Coen) a la excelente «Meek,s Cutoff» de Kelly Reichardt, tarda en elevarse por la cadencia mortecina y previsible del anterior; concluyendo con un irónico sexto episodio donde el interior de la diligencia mezcla el viaje de Jonathan Harker hacia los Cárpatos con la reminiscencia de la diligencia fordiana, en un crepúsculo donde tres personajes asumen un camino que parece conducirles al inframundo. Seis historias unidas por el western y la muerte pero que, pese a entretener, no forman una película por aparecer unidos durante más de dos horas. Un cine para entretener, es indudable, pero respecto al cine como entretenimiento, pienso lo mismo que Robert Bresson.

LA BALADA DE BUSTER SCRUGGS.

Título original: The Ballad of Buster Scruggs. ESTADOS UNIDOS. 2018. Duración: 132 min. Dirección: Joel Coen, Ethan Coen. Guión: Joel Coen, Ethan Coen. Música: Carter Burwell. Fotografía: Bruno Delbonnel. Productora: Annapurna Television, Mike Zoss Productions. Distribuida por Netflix. Reparto: Tim Blake Nelson, Zoe Kazan, Tom Waits, James Franco, Liam Neeson, Harry Melling, Bill Heck, Brendan Gleeson, Tyne Daly, Jonjo O’Neill, Saul Rubinek, Clancy Brown, Willie Watson, Ralph Ineson, Grainger Hines, David Krumholtz, Stephen Root, Sam Dillon, Jesse Luken, Chelcie Ross

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