Fotograma de ENTRE DOS AGUAS (Isaki Lacuesta, 2018).
Fotograma de ENTRE DOS AGUAS (Isaki Lacuesta, 2018).

“Valladolor” se repite semana tras semana. Con un pase “clandestino” en la Seminci, sin llenar la sala, ya de por sí pequeña, el distribuidor local decide que esta maravilla del cine, no español, sino mundial, ganadora de dos festivales como San Sebastián y Mar del Plata, tenga un solo pase nocturno en la ciudad. Este es el efecto inexistente que produce el “segundo” festival de cine español en la ciudad, que fuera del mercado del evento semanal, nada dura ni nada permanece.

Cuerpos que flotan, cuerpos que saltan desde un puente, hombres navegando por ríos y marismas. La flotabilidad de un cuerpo en el agua permite mantenerse sin apenas esfuerzo, pero la vida en tierra firme es otra cosa, ahí no hay red que detenga la caída. La vida deja cicatrices, por dentro y por fuera, y cuando éstas no son suficientes, los tatuajes funcionan como una novela abierta que nos cuenta el pasado de Isra. En 2006 Isaki Lacuesta tomó contacto cinematográfico con una realidad muy alejada de la imagen turística de Andalucía. Con “La leyenda del tiempo” la cámara de Lacuesta se dejó seducir por la estética del perdedor fotografiando con cariño, respeto, y sin ocultar la dureza de esa vida, a los hermanos Isra y Cheíto. Aquella película de crecimiento añadía otra trama paralela, la de Makiko, la japonesa que viaja hasta esa zona intentando aprender y comprender otra cultura. Doce años después Lacuesta, con la colaboración de Isa Campo, retoma, con la misma sinceridad, el mismo respeto, y también una palpable atracción hacia estas dos personas/personajes, a los mismos hermanos. Aún jóvenes, pero con demasiada vida vivida muy aprisa para la edad que tienen. Isra y Cheíto se muestran como son más allá de las ideas de guión que la pareja de cineastas, con la colaboración de Fran Araújo, hayan podido pergeñar previamente. Ojalá pueda ser cierto, y como dice el amigo cinéfilo Sergio Sánchez, estemos asistiendo al inicio de otra leyenda del cine, a nuestro particular “Doinel de la bahía”; un relato en el tiempo que pueda mostrarnos el crecimiento de un personaje a la altura del referente de Truffaut, al Apu de Ray, o a quien me parece más ajustado, el protagonista de la trilogía de Bill Douglas.

La transición desde “La leyenda del tiempo” al presente de “Entre dos aguas” ya indica la magistral concepción del relato por parte de sus creadores. De la imagen de ese niño de melena ensortijada y rastros de pobreza que deambulaba y sobrevivía tras la muerte violenta de un padre, pasamos al mismo Isra, con el pelo muy corto y esa madurez física que le va acercando a la treintena, asistiendo al nacimiento de una hija en el quirófano. Nada, salvo la elipsis completa, nos anuncia una realidad a punto de manifestarse. Un niño que se ha convertido en padre abraza cariñosamente a un ser diminuto. Cuando Isra abandona ese quirófano algo se transforma, quien espera fuera no demuestra especial interés hacia el nuevo padre, no hay alegría ni expectación, dos figuras borrosas en la distancia, dos hombres de aspecto joven se acercan a Isra, preguntan cortésmente por el nacimiento y colocan unas esposas a nuestro protagonista. Fin ejemplar de la elipsis, los 12 años se han resumido en dos escenas modélicas sin apenas mediar palabra, del desamparo de un niño creciendo a golpes, a la constancia de que no hay salida para la pobreza en medio de las bolsas de marginalidad.

El otro hermano, Cheíto, sin embargo, parece haber cumplido su sueño de adolescente, “quiero ser policía o marino”. Difícil le parecía a su interlocutor en la primera entrega que un gitano pudiera hacerse policía, pero nuestro segundo protagonista se ha convertido en militar profesional en la marina. Un presente con caducidad, cuando llegue a los 45 años sabe que su futuro profesional tendrá que estar fuera del ejército. El paso del tiempo ha roto las esperanzas de Isra, cuya familia se ha despedazado por la ausencia carcelaria, manteniendo un rencor hacia la madre que le delató como traficante para evitar su muerte; y el tiempo futuro se transforma en amenaza para Cheíto, de ahí que ese tiempo represente para ambos realidades muy diferentes, uno intenta recuperar el tiempo perdido con su familia aunque mantenga unas peligrosas ideas de venganza, mientras el otro preferiría detener ese reloj de manera permanente, disfrutar de lo que se tiene ahora aunque la hipoteca resulte difícil de pagar y haya que aceptar misiones internacionales para ir ahorrando y cumplir ese sueño de poder abrir un negocio cuando la vida militar se acabe.

Es ese juego del tiempo el que vincula la película con una especial poética, la del pasado perdido de una infancia no feliz con un futuro amenazante, el vivir al día intentando no volver a caer en los errores del pasado o la aproximación de una barrera que te conduce al paro. La naturalidad de los dos hermanos ante la cámara invita a pensar que no hay guión posible que permita captar la verdad de manera tan nítida, las conversaciones, las miradas, las discusiones, los insultos entre ambos parecen tan espontáneos, tan creíbles, que es difícil imaginar que no salgan de la propia personalidad de ambos, aunque en el fondo también se adivinan pasajes más propios de una historia escrita (la fiesta nocturna en la escala social a la que Isra querría ascender parece la más próxima idea de ficción), pero todo el conjunto no deja de transpirar una idea de documental verosímil y creíble que nos coloca, no sólo ante la humanidad desbordante de esta pareja, sino ante la irrefutable prueba de que no es que exista la pobreza en España, sino que existe la miseria, el abandono, el tercer mundo en un país que presume de estar entre las más importantes economías del planeta.

Abandonar sus 135 minutos cuesta. ¿Hasta dónde podría haber alargado Lacuesta el relato? Se nos antoja que hasta el infinito. La atracción hacia los personajes, y de éstos hacia la cámara no sólo es recíproca, sino dinámica. El devenir de los días, rutinario, no convierte las imágenes en algo estancado, sino que, en cada día de lucha, cada hermano va dando pasos para reafirmar su propia naturaleza. La línea recta de Cheíto sufre la incomodidad de abandonar o no a la familia de manera temporal, la nueva línea recta de Isra se ve siempre amenazada por la imposibilidad de recuperar a unas hijas si no se tiene ni un techo decente donde dormir ni un trabajo estable que procure un sueldo digno. La constancia de uno y la impaciencia de otro les marca con su correspondiente uniforme, el de marino y el de narcotraficante. Hasta dónde, o hasta cuándo, cada uno seguirá representando su papel aprendido, o decidirá dar el giro definitivo a su vida es uno de los alicientes por los que esperar otra década y, quizás, Lacuesta y su equipo nos den más respuestas. Y si no es así, disfrutemos del final abierto de «Entre dos aguas», dejemos que el sol caliente nuestros cuerpos aunque fuera del agua uno siente que hay más posibilidades de ahogarse que donde no hacemos pie en el mar, engañemos nuestro orgullo creyendo que recogiendo furtivamente moluscos una persona puede sobrevivir. Hay mucha carne de cañón en esta película, pero el director sabe que eso no da carta blanca para recrearse en lo miserable ni dejar a sus personajes sin salida hundidos en el fango. Lacuesta se acerca al primer Pasolini sin perder sus señas de identidad como cineasta, y acercarse a Pasolini en el cine es usar mayúsculas para contar historias.

ENTRE DOS AGUAS.

España. 2018.

Dirección: Isaki Lacuesta. Guión: Fran Araújo, Isa Campo e Isaki Lacuesta. Productoras: La Termita Films, B-Team Pictures, All Go Movies, Mallerich Films, Bord Cadre Films Sarls, Studio Indie Productions, ICAA, Canal Sur, TVE, Movistar, TVC, Abycine. Distribución nacional: BTEAM PICTURES. Reparto: Israel Gómez Romero, Francisco José Gómez Romero, Rocío Rendón. Productores:  Isa Campo, Isaki Lacuesta, Àlex Lafuente, Álvaro Alonso, Paco Poch. Productores asociados: Jamal Zeinal Zade, Dan Wechsler, Rodrigo Ruiz Tarazona. Producción Ejecutiva: Isaki Lacuesta, Isa Campo. Dirección de fotografía: Diego Dussuel. Diseño de sonido: Amanda Villavieja y Alejandro Castillo. Montaje: Sergi Dies. Ayudante de dirección: Pedro Sara. Dirección de producción: Aitor Martos. Música: Raül Refree y Kiko Veneno. 135 minutos.

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