Fotograma de una d elas películas de Fellini.
Fotograma de una d elas películas de Fellini.

Uno cree, aunque debería estar curado de espanto, que nadie puede discutir realidades que se presentan tan rotundas que, criticarlas, no es que sea estéril, es que parece pueril. Y a pesar de todo, «epur si muove», aparece quien ante la evidencia de que algo funciona, tiene que intentar desmontarlo. Viene esto al hilo de la enésima polémica «cultural» alrededor de una herencia bastante discutible dejada por el anterior equipo de gobierno municipal y que, salvo excepciones, ha sido asumida, potenciada y hasta magnificada por el presente, como se dice, salvo excepciones, y son precisamente las excepciones las que más agradezco en una ciudad volcada con algo tan efímero, como poco culto y cultivado, y que deja tan poco poso, como es el evento. Criticar hoy la realidad del Museo Patio Herreriano parece la pataleta del niño a quien le han quitado un juguete con el que sólo martirizaba a los vecinos sin obtener ningún provecho comunitario. Si algo hay que agradecer a la política cultural de la ciudad es la recuperación de un espacio muerto, inservible y sostenido a mayor gloria del autobombo, pero que no ha aportado nada a la ciudad, ni ha hecho nada por ella, en sus años de supervivencia previa. Si a la recuperación del espacio, uniendo gratuidad, visitantes locales y turistas, exposiciones de gran nivel (eso que parece molestar tanto) le unimos que se ha empezado a reconocer al cine como arte contemporáneo, sólo cabe desear que se tarde mucho en escoger nuevo/a director/a del Museo, porque, y no pocas veces sucede, las soluciones de compromiso y provisionales, son las más acertadas, sobre todo si se deja la dirección en manos de verdaderos profesionales de la gestión cultural.

La programación de cine del mes de diciembre en el MPH rinde homenaje a una de las figuras de la dirección más reconocidas del cine italiano, Federico Fellini, y de paso, mundiales. Vuelvo a repetir que, ojalá, el diseño de exhibición se abra más al fín de semana, se hagan pases en diversos horarios, se mire también al cine contemporáneo experimental o menos comercial, se haga un guiño al cine español que no encuentra espacios de distribución ni exhibición y que tan fácil resultaría de programar, pero por lo menos, la programación de este 2018 ha llenado ese hueco perdido por las salas, la de los viejos clásicos antiguos y modernos que han sido expulsados de las taquillas, como si aquello que no fuera de rabiosa actualidad y, además, en blanco y negro, no mereciera atención alguna. Mutatis mutandis, es la misma labor que ha acometido este otoño la 2 de RTVE, casi al mismo ritmo que el MPH, una película a la semana en la televisión pública, 4 al mes en nuestro museo, con la intención de que todas las generaciones que desconocen casi todo del cine anterior al año 2000 tengan la oportunidad de llenar ese vacío en pantalla grande y con versiones en su lengua original. Que luego lo aprovechen, o no, no será demérito de quien lo ha propuesto.

Un director cuyas dos primeras películas (aunque existe otra anterior en colaboración con Alberto Lattuada) son «El jeque blanco» y «I vitelloni» tuvo que crear la expectativa suficiente como para que el público y la crítica del momento esperaran con deseo sus siguientes producciones. Hay un Fellini que se inicia en una especie de neorrealismo postbélico en una Italia tan cercana a la España de los 50, y que va evolucionando después al mismo ritmo que el rico norte de Italia progresa de manera acelerada en los años de la dolce vita, los mismos años que dan pie a dos de sus producciones más recordadas, «La dolce vita» y «8 1/2«, las dos películas fellinianas con las que con más cariño me acerco frecuentemente al director de Rimini, un cine que no olvida la crítica social, la influencia de la Iglesia en la vida cotidiana del italiano, un cine que aventura el exceso de sus obras posteriores pero que cuenta con un Marcello Mastroianni en estado de gracia encarnando al «paparazzi» Marcello Rubini, y al director de cine, bloqueado en la creación, Guido Anselmi, dos de las cuatro películas que forman parte del ciclo que le dedica el MPH, dos de las obras maestras indiscutibles de la historia del cine, llenas de imágenes icónicas que, directores del presente, no han dudado en adaptar con su toque personal, no ocultando el homenaje latente al director fallecido. Dos películas que sirven de punto y seguido en el cine de Fellini y que abren la puerta a lo onírico sin olvidar lo terrenal, como esa escena en la que el director Anselmi pretende escapar como un globo del atasco creativo en que se encuentra dentro de un verdadero atasco automovilístico.

La escena de la Fontana de Trevi con Anita Ekberg llamando «Marcello, Marcello, vieni qui», la escena de apertura con Marcello y Paparazzo en un helicóptero que carga una imagen religiosa que sobrevuela Roma, la noche de Vía Véneto, el final en la playa con Marcello vestido de blanco, son imágenes grabadas en la mente del cinéfilo, como en «8 y 1/2« la llegada de Marcello al sanatorio y el reparto del agua medicinal entre los residentes, el descenso a la sauna tocado con sombrero, Marcello domando a «sus mujeres», la fanfarria final con todas las personas que han tenido algo que ver en la vida de Guido descendiendo por la escalera de ese proyecto megalómano de cohete espacial, para una película sin guión, y que nunca se va a rodar. Así se podría seguir hasta el infinito con estas dos películas y con el resto, como los episodios que dan forma a «Roma», particular homenaje del director a su ciudad de adopción, o el repaso sentimental a una infancia edulcorada que Fellini ofrece en su «Amarcord», con aquel remedo de «barón rampante» gritando desde un árbol «quiero una mujer» o la famosa escena de la estanquera, imágenes que son parte del territorio de todos pero que pertenecen a un director tan íntimamente ligado a los años de oro del cine italiano que su nombre se une a los de Nino Rota, Dante Ferreti, Tonino Guerra, Ennio Flaiano, Giuletta Massina, Anouk Aimée, Marcello Mastroianni, Alberto Sordi, Sandra Milo, Claudia Cardinale, Donald Sutherland, Anthony Quinn......con los que trabajó, como previamente lo hizo como guionista con directores como Rosellini, Germi o Comencini.

 

El cine de Fellini empezó en la realidad más dura y palpable de la Italia depauperada para ir alejándose de lo realista sin perder de vista lo real. En la exageración del gesto, de la puesta en escena, de la situación, un pretendido onirismo o carácter soñador de su cine no perdió nunca el pie que le unía a la realidad social que conocía aunque estuviera fabulando. Un cine en el que cabe el amargo sabor de la derrota como «Las noches de Cabiria», «La strada» o «Giuletta de los espíritus», la primera probablemente sea una de las prostitutas más sensibles de la historia del cine, un estudio psicológico de primera mano sobre la persona, y personaje, del seductor por antonomasia de la cultura italiana, el Casanova emparentado con el mito del Don Juan español, el recuerdo infantil y sentimental de «I clowns , o las para mí menos conseguidas «Satyricon», «La ciudad de las mujeres», «E la nave va» y «Ginger y Fred»; una filmografía donde la melancolía termina pesando más que la comedia, donde los personajes terminan optando por la estética del perdedor en privado mientras en público pueden aparentar suficiencia y valía. Estamos ante un cine donde la puesta en escena es parte esencial de su perdurabilidad, un manejo simultáneo de muchos personajes en pantalla perfectamente adiestrados para no alterar el conjunto y que todo marche con soltura como en un circo de múltiples pistas. Las cuatro películas seleccionadas no son todas las que merecen ser exhibidas, pero nadie podrá discutir su selección, personalmente echo en falta «I vitelloni», un tipo de sociedad provinciana y en blanco y negro que tan bien dibuja lo que es la vida de la pequeña capital que se cree algo en el mapa, un reflejo de tantas y tantas otras como puede ser la nuestra. Si «Rosebud» ha pasado a la historia del cine, «Isi, nisi, masa» también merece estar en ese Olimpo.

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