“La experiencia del público, al ver las películas de hoy en día, es insatisfactoria y se ha reducido a un lenguaje industrializado para facilitar la comprensión, dejando de lado el viaje que realiza el espectador. Las películas de hoy en día no confían en el público. Yo dirigí Atardecer de una manera que puede resultar extraña para aquellas personas que aceptan la práctica cinematográfica actual. Mi intención fue reconectar al público con la esencia aventurera de las películas.” Lázslo Némes.

Aquel espectador/a que disfrutara, es un decir, con la visión de “El hijo de Saúl” está de enhorabuena, aquellos que expusimos nuestros reparos formales a aquella inmersión en el horror del holocausto podemos sentirnos reafirmados en los mismos. “Atardecer”, segunda película del director húngaro Lázslo Némes sirve, tanto para uno, como para otro propósito, pues los riesgos formales se mantienen intactos y reiterados. Se podría trazar un paralelismo que uniría a Némes con el director polaco Pawel Pawlikowski. Los que defendían su sentido formal en “Ida” han tenido más complicado justificar su reiteración estilística en “Cold war”, e intuyo que aquellos que elogiaron “El hijo de Saúl” por su omisión del retrato directo de la violencia, quedando ésta en un segundo plano difuminado por el consciente uso del desenfoque de la lente, tendrán que acomodar su discurso cuando comprueben que Némes repite su apuesta en su segunda película, de tal manera que, más que hablar de un recurso de estilo al servicio de la narración, se viene a convertir en marca de estilo personal, venga o no a cuento, aunque quizás aquí tenga mayor justificación y sentido su uso.

“Atardecer” no es una película sencilla, pero ello no significa que sea inasequible para el espectador. Asistimos a la revelación progresiva de verdades que no terminan de exponerse completamente, que cuando parecen ofrecer una explicación al pasado y presente del personaje principal, Irisz Leiter, todo vuelve a un punto de partida previo para tener que rehacerse ante la aparición de nuevas evidencias. Al comienzo de la película Irisz aparece en un primer plano (sobreabundancia de los mismos durante toda la película) con un velo que dificulta su mirada, levantar el mismo es como levantar el telón de la obra, abrir una ventana a un mundo desconocido del que se espera respuestas. Su viaje a Budapest en 1913 desde Trieste es como un camino a ciegas en busca de una información que no tiene porqué ser la esperada, donde Viena aparece en el horizonte como el referente civilizado del imperio. La fecha que da inicio al relato nos sitúa, de manera clara y precisa, en el significado del título. Estamos en 1913 y nada, ni nadie, nos va a hacer dudar de que el peregrinaje del personaje principal está dirigido a prepararnos para la inminente guerra. Un mundo, una civilización, un imperio prodigioso en lo intelectual, y a punto de desintegrarse en átomos de irreconciliable enemistad por razones, que, como a la propia Irisz, se nos escapan.

El dispositivo utilizado por Nemész recurre a la inmersión sensorial, no será de extrañar que el espectador concluya con, o sienta durante la proyección, un aturdimiento cercano al mareo, algo que no puede entenderse como un déficit de la película, sino como un acompañamiento muy bien conseguido a las sensaciones contradictorias, a los riesgos; a veces estúpidos, a veces irreflexivos; que va asumiendo Irisz, que no deja de ser nuestros ojos y nuestros oídos durante la aventura. Y digo oídos porque el director, como ya hizo en su anterior película, otorga un especial valor al diseño sonoro de su película, que se convierte en un laberinto de idiomas, de frases entrecortadas, de susurros que proceden de diferentes lugares y que cuesta identificar. Irisz, de quien muchos momentos vamos a dudar sobre su procedencia étnica o religiosa como origen de sus males cuando estos, realmente, obedecen a la propia oscuridad de su tiempo y de su estirpe, deambula por los espacios privados de la renombrada casa de modas “Leiter”, o por los espacios abisales en los que penetra buscando a un hermano del que desconocía su existencia, como si fuera objeto de murmullos, de comentarios, de medias verdades de quien sabe más de lo que quiere decir. Todos parecen saber, pero nadie quiere compromiso, el silencio ante el abuso violento parece el remedio aceptado por una sociedad corrompida desde la cabeza hasta las capas más humildes.

Conforme Irisz, huérfana tras la muerte de sus padres en el incendio del viejo imperio Leiter, y que 30 años después regresa a Budapest desde Trieste buscando un empleo como sombrerera en el viejo negocio familiar, ahora en propiedad de una de las múltiples encarnaciones del mal que iremos descubriendo, pero que ha mantenido el nombre del negocio, va descubriendo datos de su pasado, de lo ocurrido, de lo que hizo su hermano, de lo que ocurre anualmente en la casa de modas como proveedora de la casa imperial, también va/vamos descubriendo el nada apacible curso de la historia de un reino que se despedaza internamente en un baño continuo de violencia, mientras el discurso oficial sigue inmutable al ritmo de los valses que determinan que nada cambia en los confines del dominio de Francisco José. Cuanto más avanza la narración, mucha cámara en mano, mucha nuca de la protagonista, mucho movimiento nervioso y acelerado (¿les suena a la deambulación de Saúl?), la luz de día va dejando paso, de manera creciente y dominante, a la penumbra de los interiores, a la noche. Los rayos del sol que, mortecinamente, envían su último calor en el atardecer, brillan en el rostro de una mujer que, incapaz de parar y pensar, tampoco sabe muy bien dónde se encuentran las respuestas y, si las que va a encontrar, van a producir satisfacción o dolor, de ahí que conforme avanza buscando respuestas se va sumiendo más en la oscuridad que antes sólo presumía.

Sobre la muerte de los padres hay un velo de silencio, como sobre las razones del asesinato brutal del Conde. Como ocurre con la llegada de los príncipes a la casa de modas, donde la princesa escoge sombreros y el príncipe calibra a las modelos para su elección anual de cortesanas, todo está envuelto en una nube que, cuando se disipa, impide conocer la realidad porque ésta se ha desplazado ya, y las pistas vuelven a convertirse en un muro opaco de silencio que, a través de sus grietas, cada vez más visibles, transmiten la información sensible que se traduce en un degenerado ejercicio del poder y un no menos indiscriminado, y violento, ejercicio de la autodefensa. Estamos ante un mundo convulso que reacciona con violencia, y una gran dosis de sumisión, ante el poder y la ambición de la corte, pero también ante una revolución que desprecia a las mujeres y se comporta, en aras a una liberación, de manera tan déspota como el poder que dice combatir. Un viejo orden se derrumba y detrás de él no llega nada que evite el caos. En ese desfile de intereses y egoísmos, de rivalidades, ascensos y caídas donde la mujer es mera mercancía, Irisz no termina de encontrar acomodo y su desubicación se multiplica.

Ante los ojos de Irisz desfila el catálogo completo del derrumbe humanístico de una civilización. La metáfora es clara y juega con la realidad histórica. No hay una recreación del momento, ni un intento esteticista por retratar la corte real y la corte de los milagros que funciona como un imperio subterráneo dispuesto a dar el golpe de mano. No puede haber en el cine de Nemesz ampulosas escenas de masas, detallistas y minuciosas recreaciones de salones, vestidos, paradas militares, no porque no es, ni debe ser, su estilo. Estamos ante un cine de las catacumbas de Europa, del rastreo, con o sin soluciones, de los orígenes de una degradación que, de nuevo, se repite, y no tan casualmente, con un epicentro en Centroeuropa que reclama la xenofobia, el ultraconservadurismo y el nacionalismo como banderas que, de manera ejemplar, el director concluye llevándonos, desde la bruma y el humo de la destrucción del imperio Leiter en el que desaparece nuestra protagonista, al barro, el agua y el frío de las trincheras de 1914. Estamos a un paso de esa realidad, a un paso de que, de nuevo, la niebla ante nuestros ojos impida ver nuestros pies de barro, y ante la banalidad del discurso violento éste termine desembocando en un mal real y físico. El autor nos advierte de la inoperancia de los mitos y de cómo la masa es fácil de cegarse ante un sucedáneo de líder, en esta ocasión travestido como hombre, que, asiste, de manera pasiva, a la espiral de violencia que su propia cabezonería desata en el tramo final como respuesta a siglos de poder sin freno.

 ATARDECER.

Título original: Napszállta. Hungría-Francia. 2018.

Director: László Nemes. Guión: László Nemes, Clara Royer, Matthieu Taponier. Fotografía: Mátyás Erdély. Música: László Melis. Montaje: Matthieu Taponier. Productores: Gábor Sipos, Gábor Rajna (Laokoon Filmgroup). Coproductores: François Yon, Nicolas Brigaud-Robert, Valéry Guibal (Playtime Production). Intérpretes: Írisz Leiter-Juli Jakab, Oszkár Brill-Vlad Ivanov, Szeréna-Judit Bárdos, Princesa-Susanna Wuest, Príncipe-Tom Pilath, Gaspar- Levente Molnár, Ismael-Urs Rechn, Otto von König-Christian Harting, Doctor Herz- Sándor Zsótér. 135 minutos.

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