Se diría que la crítica irónica y sarcástica que plantea McKay en su última película se le ha helado en la boca, dejando un rictus cercano a la parálisis en vez de terminar en una sonora carcajada que precediera a una reacción de indignación en los millones de espectadores estadounidenses que hayan visto, o vayan a ver la película. Y también los del resto del mundo, especialmente los españoles, aquellos que sufrimos, con descaro, prepotencia, chulería y mentiras, cómo un presidente del gobierno se ufanaba, y ahora se sigue mofando, de su amistad con Bush jr (un idiota sin recursos en la película de McKay) y de poner los pies encima de la mesa de su rancho, mientras los crímenes de estado masacraban a la población civil iraquí. Por cierto, a tan nefasto personaje, y todo lo que ha traído consigo en España, McKay no le dedica ni un segundo; sí a Tony Blair, pero es que siempre ha habido aliados y simples mamporreros, y a algunos sólo les quedó el placer de llevar el botijo a la merienda mientras otros se servían el festín.

Usar un cierto tono de comedia en el retrato cronológico de un personaje como Dick Cheney, aligera la apuesta. Cincuenta años de gobierno norteamericano, de insidias, guerras internas, manipulación, chantaje, corrupción, muerte a distancia, permaneciendo siempre al amparo del poder político, o se tratan con el sable entre los dientes en plan Oliver Stone, y se sale mal parado del intento, o se busca una fórmula más amable en la que, se corre el riesgo, y esto es así en “Vice”, de provocar una empatía con el sinvergüenza a fuerza de reconocer su valía intelectual para manipular el comportamiento ajeno, por más burdas que sean las patrañas utilizadas. El dúo Cheney (Christian Bale)- Rumsfeld (Carell) deambulan por la historia moderna de los EEUU como el Pierrot y el Augusto del mundo de los payasos, el hierático, taciturno, callado Cheney tiene la contrapartida del excesivo, extrovertido, verborreico Rumsfeld. Pese a los intentos críticos de la película, y sus logros, sin embargo, el personaje central no termina de transmitir al espectador su verdadero peligro para los sistemas democráticos occidentales, y ese debe es un claro demérito de la película, que no sabe, o no quiere, concretar el marco de actuación del que fue vicepresidente de los EEUU en la época de la gran mentira que precedió a la posverdad.

Tan sólo en un momento el rostro de Cheney encarna al mal absoluto que se esconde detrás del “todo vale” con el demagógico discurso, una vez caído en desgracia, de, ante todo, la seguridad. Cuando se dirige a cámara en una entrevista periodística es cuando, por una vez, sentimos el poder absoluto de una persona que no dudaría en eliminar a quien se le pusiera por delante con tal de conseguir su objetivo, que siendo al menos doble, la película sólo lo enfoca en el poder por el poder, pero lo cierto es que para conseguir ese poder, haberse convertido en un millonario gracias al ejercicio de la política también es importante, algo apenas insinuado durante las más de dos horas de película. Es aquí cuando Cheney se parece al verdadero Rumsfeld que se deja desnudar por Errol Morris en la injustamente olvidada “The unknown known”, es entonces cuando podemos ser conscientes de que ese despliegue de poder, convertido en un martillo de guerra y destrucción en el exterior, también es susceptible de volverse contra aquellos de sus ciudadanos que se atrevan a contestar el omnímodo poder presidencial en la “guerra contra el terrorismo”.

Esa mirada iracunda parecería haber empequeñecido al director, como si fuera consciente de estar pisando terreno pantanoso, con la mayor parte de los aludidos vivos y, quien sabe, muy próximos a las fuentes del poder, capaces todos ellos, hasta el Wolfowitz con “tomates” en los calcetines, de iniciar una caza de brujas soterrada usando los medios de descomunicación afines. El cine de Hollywood ha representado un foco de resistencia liberal desde la época Nixon, Pakula, Pollack, Schlesinger……, no diré izquierdista en un país donde la izquierda es un concepto aún mucho más difuso y volátil que en Europa, una voz con difusión contra los abusos históricos de los republicanos, pero apenas si podemos alabar su presteza a atacar aquello que coarta libertades, no que esa crítica produzca resultados. Es por eso que la película se ve, se puede disfrutar, pero apenas si deja poso. No hay intención ni de ahondar en la psicología del personaje, si es que fuera posible, ni de desentrañar las enmarañadas redes de intereses que se ciernen sobre políticos que han trabajado para Nixon, Reagan o los dos Bush, y que cuando se han encontrado fuera del gabinete han usado de sus influencias y conocimientos, adquiridos no siempre con limpieza, para enriquecerse con el tráfico de armas o la explotación medio ambiental. La película se queda, en gran parte, como la caja torácica (metáfora demasiado remarcada) de Cheney en pleno trasplante de corazón, vacía, sin alma. Una recopilación de hechos ya por todos conocidos sin intención de echar lejía en la herida, un corazón podrido capaz de hacer daño a los suyos con tal de perpetuarse, generación tras generación, en el Senado de EEUU.

Para resumir 50 años en dos horas, se corre el riesgo de ser anecdótico, un poco de eso pasa; o de aligerar mucho el contenido haciendo uso de la voz en off, instrumento que, pese a proporcionar un momento de humor negro memorable, no deja de ser una mala respuesta a la incapacidad de contar menos pero mejor. Como Spike Lee en “Blackkklansman”, McKay, con menos maestría, intenta conectar tanto desmán, tanto crimen convenientemente ocultado, tanta defraudación consentida, con el presente de su país. Ofrece, como Lee, un final alternativo a los dos finales con los que cuenta la película, y de esa manera cree haber dado con la piedra filosofal que une las mentiras de Irak, el reparto de los pozos de petróleo entre las multinacionales del sector, la entrada de contratistas privados en el sector de la defensa, el uso del lenguaje como maquillador de la realidad; con la llegada de Trump al poder y su apoyo popular, tan discreto y timorato es McKay que la imagen de Trump apenas llega a verse un segundo en una fotografía como parte de la estrategia de la Casa Blanca para generar una corriente de opinión conservadora al servicio de los gobiernos republicanos. La receta se queda sin condimentos y es de una simpleza que desarma cualquier esperanza en que un discurso de izquierda pueda ofrecer una alternativa ante quien no tiene escrúpulo alguno en explotar a sus ciudadanos. La película, en definitiva, huele tanto a Oscar, que parece hecha para no incomodar especialmente a nadie, ni tan siquiera a los retratados por un plantel escogido, cambios físicos aparte, para optar a todas las estatuillas de interpretación. Error manifiesto el de sacrificar el contenido por la forma, o ceder gran parte de la fuerza de la historia a la presencia de los actores, sobre todo si el dibujo de todos ellos es bastante más cercano al de un cómic esquemático que al de seres de carne y hueso potencialmente muy peligrosos.

EL VICIO DEL PODER.

Estados Unidos. 2018.

Título original: Vice.

Director: Adam McKay.

Guión: Adam McKay.

Productores: Megan Ellison, Will Ferrell, Dede Gardner, Jeremy Kleiner. Adam Mckay, Kevin J. Messick, Brad Pitt.

Productoras: Gary Sanchez Productions/ Plan B Entertainment/ Annapurna Pictures.

Distribuida por Annapurna Pictures.

Reparto: Christian Bale, Amy Adams, Steve Carell, Sam Rockwell, Jesse Plemons, Allison Pill, Lily Rabe, Eddie Marsan. 130 minutos.

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