¿Por qué pensar que Trier quiere hacer una película seria y reflexiva sobre la creación artística y no plantearnos un monumental «fake» que se ríe de todos nosotros, incluído él mismo? El descenso de Jack atravesando los círculos del infierno se ha querido interpretar como un camino de perdón, arrepentimiento, culpa y petición de amparo por parte del cineasta hacia el público que le tolera, o le ha tolerado; hacia la crítica que le ha abandonado en el camino del éxito para ayudar a empujarle hacia el averno; y también hacia los festivales, por encima de todos Cannes, del que fue expulsado como el propio Jack en la última escena de la película, y readmitido como un hijo pródigo bajo sospecha que, nunca volverá a ser mirado sin un prejuicio. Y, pese a esas interpretaciones indulgentes, deduzco de su última película todo lo contrario, que no tiene intención alguna de reconocer ningún error, que la creación artística ha de estar exenta de juicios morales que partan de la propia subjetividad del espectador, que la persona del creador ha de quedar apartada de la valoración de su obra. Y quien no quiera aceptar esas reglas terminará disminuido para valorar libremente, y sin condicionantes externos, una obra por su valor intrínseco y lo hará, siempre, desde el prejuicio que le genera el autor.

En el arte intervienen la suerte, las obsesiones, la genialidad de la composición, la inspiración del momento, los ayudantes imprevistos, la ironía. Para llegar al arte, en ocasiones, hay que desnudarse, alma incluída, para enfrentarla con la de los grandes del pasado, arriesgarse a dar el paso que te haga reconocible en un estilo propio y único. Trier acapara una enorme cantidad de referencias musicales, pictóricas, literarias, para ir creando el personaje de Mr. Sophistication, el ingeniero Jack (Matt Dillon) que quiso ser arquitecto pero cuya verdadera especialidad se encontraba en el asesinato considerado como una de las bellas artes. La casa a construir por Jack no podía terminar siendo un espacio habitable para cualquiera, sino una casa interior construida con sus obras. ¿Qué diferencia a un arquitecto de un ingeniero? La pregunta que se/nos plantea Trier no es retórica ni banal, es el guiño alrededor del cuál cada uno de nosotros debería preguntarse para qué estás preparado. Cuanto mayores y costosos son los fracasos de Jack construyendo su casa soñada, que, por otro lado, resulta imposible de ser imaginada en su mente; mayores, osados y más artísticos van siendo sus relatos compartidos de 5 asesinatos sin conexión cronológica que cuenta a un personaje que se mantiene fuera de plano durante gran parte del relato, Verge (Bruno Ganz), en su camino hacia el círculo más profundo del infierno. Una narración que también podría entenderse con su propio subconsciente, o con su mente disociada en un problema de personalidad múltiple, que le culpa por su comportamiento, o, al menos le cuestiona, y que para nosotros se va transformando en imágenes de un horror que une ironía desde una mentalidad artística peculiar.

Si no es desde el humor, ¿cómo entender entonces el uso que Jack hace de los carteles a semejanza del Bob Dylan de «No direction home»?, ¿cómo asumir sin una mueca sardónica su primer incidente donde una mujer se cruza en su camino prácticamente pidiendo a gritos que todo termine como lo hace?, ¿cómo no asumir la broma de un Bruno Ganz espeleólogo o la farsa de la rubia tonta y con cerebro vacío?. Resulta obvio que el juego es arriesgado, que cualquiera puede sentir la tentación de tildar la película de violentamente gratuita, de ferozmente misógina, de peligrosamente filonazi en uno de sus segmentos, pero, ¿seguro que puede mantenerse esa interpretación utilizando el sentido del humor, negro, muy negro, opaco, que la obra va introduciendo en cada una de sus miradas? Hay un grito desesperanzado del director acerca de la relación entre el ídolo, el icono, la fama, su perdurabilidad y su volatilidad. La destrucción del arte comienza por el propio artista, empeñado en alcanzar cumbres innacesibles en cada propuesta, y con ella lo único que va consiguiendo es disminuir la importancia, siempre relativa, de lo previamente realizado. La creación artística de Lars ha de sufrir las mismas necesidades homicidas de Jack, y al final, todo quedará consumido por el fuego metafórico de la muerte o del infierno. El juego de animación con las luces de farolas y la prolongación de una sombra que alcanza el equilibrio en el espacio intermedio entre dos focos de luz, es la representación exacta del éxito, el fracaso y la necesidad de volver a crear, la creación se transforma en una droga, en una hambrienta fiera que, cada cierto tiempo, exige ser alimentada. El artista ha de disparar con su obra para causar una conmoción, nada mejor que la metáfora del rifle-cámara ideado por Trier para representar la culminación artística de las composiciones mortales a las que se entrega el personaje que bien podría unirse al del cineasta.

En el tránsito entre el 7º y el 8º círculo del infierno, cuando Verge-Virgilio hace de contrapunto racional al Jack-Dante que vive en la realidad de su infierno terrenal; ese Hades de tal entidad cuyos intersticios han desembocado en una espiral de violencia sin freno para evitar su inminente captura, antes incluso de que el subsuelo se abra para invitar a un último viaje que viene demorándose desde el principio del relato, antes aún de que Jack consiga abrir el último rincón de su mente que permanece perfectamente clausurado para que la razón no contamine la realidad de su comportamiento, abriendo esa enigmática puerta clausurada durante el carnaval homicida del protagonista, Lars da un giro copernicano a su concepto visual de lo que quiere contar; y del desahogo psicopático del personaje, contando, y cómo no, alardeando de sus hazañas asesinas como si el propio director lo hiciera de los logros de sus obras, reconociendo pequeños errores, faltas menores en las que el mal desplegado no es generador de culpa; los planos de la casa que quiere construir saltan por los aires para dar entrada al fantástico opuesto a lo real y verdadero visto hasta entonces.

Jack, vestido para una ceremonia iniciática (entre Argento y el Kubrick de Eyes wide shut) alejada de la lujuria, encapuchado para seguir a su cicerone hasta las simas más profundas del reino del Demonio, asiste, atónito, a un descenso sin fín por el sendero de la culpa sin sentir el más mínimo remordimiento. Enfrentado a la posibilidad de rebelarse contra su destino o aceptar la posibilidad de quedar en un limbo menos oneroso, optará por un último acto de resistencia deudor de su naturaleza. El río de lava que da paso al cementerio helado del 9º círculo aparece como el último guiño de un cineasta dispuesto a seguir cayendo mientras pueda hacer lo que quiera con su obra. Tan fácil es crear un icono como destruirlo. Tan prepotente es imaginar un poder que dure 1000 años, como real que apenas diez años después de surgir haya sido demolido hasta los cimientos. Las ideas, como el cine, perduran. Cuestión diferente es si el cine ha de ser tomado tan en serio como para no sacar partido a la ironía hipócrita que despliega Lars von Trier en esta película. En esta ocasión me ha convencido, o me he dejado convencer, porque todo es una gran bouffe de violencia (contenida a pesar de todo, porque Trier se cuida muy mucho de mostrar la víscera y la sangre) dirigida a una autoinmolación ficticia, ofrecerse en sacrificio mientras, de reojo, el espejo devuelve su sonrisa sardónica, el director intenta hasta el último momento obtener nuestro perdón y salir del infierno, pero sabe que ha sido condenado desde hace mucho y su caída está asumida. Mientras, disfrutemos de su libertad e, incluso, de sus obras más inspiradas, como este viaje en compañía de Jack.

Dinamarca, 2018. Título original: The House That Jack Built. Director: Lars von Trier. Guión: Lars von Trier. Duración: 155 minutos. Edición: Jacob Secher Schulsinger y Molly Marlene Stensgaard. Fotografía: Manuel Alberto Claro. Productora: Zentropa Productions, Radio (DR), Film I Väst. Intérpretes: Matt Dillon, Bruno Ganz, Uma Thurman, Riley Keough, Sofie Gråbøl, Siobhan Fallon, Ed Speleers, Osy Ikhile, David Bailie, Yu Ji-tae, Marijana Jankovic, Robert G. Slade

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