Esta semana la cartelera anda mohína, es de esas semanas donde la industria decide que no toca publicitar la nueva “obra maestra” de la década, que dura lo que un caramelo a la puerta de un colegio. Pese a ello, el exhibidor local aumenta su pereza, y tan sólo asume una de las tres películas que merecerían detenerse a comentar; no por razones de interés ni calidad intrínseca, sino por tratarse de un relato plano, lleno de “buen rollo” y mensaje positivo, y olvida las otras dos; sin duda minoritarias, pero con ese riesgo que hay que exigir al arte para que genere controversia y haga pensar. La que llega a Valladolid, como no podía ser de otra manera, es “Green Book”, lógico, salvo cuando se proyecta en las seis salas de la ciudad, mientras “Mug”, película “de festival”, irregular y monótona para mí, pero con ganas de contar cómo es la Polonia católica en la actualidad, y sobre todo este “Verano del 84” no encuentran sitio en las pantallas.

"Nada volverá a ser igual" piensa Davey después de que la película alcanza su falso final y antes de que el relato pase del terror amable de película pseudojuvenil a la verdadera puesta en acción de la maldad en primer plano. "En los suburbios se concentra lo peor de la especie humana, todos los psicópatas son vecinos de alguien, nunca puedes conocer a los demás" son pensamientos que escuchamos del protagonista mientras pedalea en su trabajo adolescente de repartidor de periódicos. El parlamento se repite en la última escena de la película como réplica de la inicial, la urbanización de clase media de corte norteamericano, con jardín accesible y vecinos modelo, esconde un monstruo que lleva años haciendo desaparecer chicos menores de edad, y, ocasionalmente, familias enteras. El tono despreocupado de la película, con algún susto previsible pero no por ello efectivo, y con una banda sonora que advierte del peligro con sonidos propios del fallecido Johann Johansson, permite la contemplación de la película con desenfado, pero en su interior hay notables cargas de profundidad que la emparentan, en un tono menor, con "It follows" de David Robert Mitchell, "The spectacular now" de James Ponsoldt y la seminal "Stand by me" de Rob Reiner; películas donde el miedo a crecer se representa en el miedo a imaginar las responsabilidades de la edad adulta, ya sea con ocasión de crisis familiares, o provocadas por la aparición del mal o lo sobrenatural como aceleradores del mecanismo de asunción de que la infancia ha desaparecido, y con ella la ingenuidad.

La película traspira un evidente, y premeditamente buscado, aroma ochentero en la que la aventura sustituye al cine "gore" y al slasher propio y más cercano al cine de terror adolescente. El sexo verbalizado como manera de satisfacer lo que se desea pero que aún no se ha disfrutado, un sucedáneo de presunta madurez ante lo que está a punto de llegar, la compañía de los amigos como sustitutivo de familias disfuncionales o progenitores que, al alcanzar los 15 años, se convierten en rivales y represores ante una personalidad que se ha desarrollado y entra en conflicto con los adultos son notas comunes a estos chavales, como el deseo de alcanzar el "primer amor". A esa edad el verano se transforma en un tiempo muerto, un paréntesis de actividad que, consecuencia de la imaginación de Davey, va a pasar de un limbo aburrido de tiempo inacabable a un terremoto donde la adolescencia deja paso a la edad adulta de manera brusca, traumática, sin progresión, justo el tiempo que pasa desde el descubrimiento de la evidencia necesaria para dar por probada la existencia de un psicópata en el vecindario hasta que, sin solución de continuidad, la posibilidad de convertirse en victima se hace real y todo deja de ser un juego.

Estamos en los años del casete, del walkie talkie, sin móviles, sin ordenadores. Es la última generación que sintió la necesidad de informarse a través del periódico. Es la generación que volvió a sentir lo que es crecer con miedo, y para ello el terror no es sólo enfrentarse a un psicópata, es dudar de cualquier vecino, no fiarse de nadie, confiar en la individualidad como manera de preservar la vida. Por eso, como pasaba en "Comanchería" de McKenzie, un cartel dice más de lo que representa, si en "The miseducation de Cameron Post" el cartel electoral pro-Clinton suena a recurso barato y sin sentido, un halo de optimismo hacia épocas mejores que tampoco fueron  ideales, la aparición de carteles pro-Reagan-Bush en las puertas de las casas que esconden tragedias familiares en su interior señalan, no esa esperanza ficticia como en "Cameron Post", sino la realidad de la doctrina del shock llevada a cabo por las políticas reaganianas y de la familia Bush en América. Los miedos que acompañarán a partir de ahora a los jóvenes protagonistas proceden de la realidad que ha dinamitado el paraíso falso de la urbanización de viviendas unifamiliares, pero la película sabe trasladar ese origen del miedo a un momento concreto, a un periodo político en retroceso de libertades, a unos medios de comunicación deseosos de vender el espacio público como un lugar de peligro. La noche se transforma en miedo, y cualquier actividad que se lleve a cabo en esas horas, viene acompañada de la transgresión, se es culpable por pisar la calle de noche arriesgándose a ser víctima pero por culpa propia. El entorno ha de vender seguridad, y para vender seguridad ha de existir un peligro que transmitir al ciudadano. Psicópatas, terroristas, antisistema; cualquier excusa es válida para atemorizar mientras la verdadera lacra, la económica, la del paro, los sueldos miserables, las drogas, el alcohol no es revulsivo suficiente para que la juventud reaccione una vez que el virus del miedo ha penetrado en su personalidad en maduración.

Reivindicar la imagen como única prueba admisible y creíble. La palabra pierde valor en una sociedad en los albores de su transformación en digital. A falta de móviles, la aventura sólo puede convencer a los adultos y dejar de ser una chiquillada si a la palabra le acompaña el documento gráfico. Un mundo que todavía creía en la prensa, se transforma en la pesadilla del joven y sus amigos cuando la palabra de un adulto es confirmada por la manipulación informativa, haciendo añicos un trabajo lleno de pistas. Es cierto, hay que querer ver esta película de esta forma, si se opta por la literalidad podría apuntarse a una mera película de aventuras con final terrorífico, pero animo al/la lector/a a ponerse unas gafas de realidad virtual y colocarse ante una paradoja temporal, retroceder en el tiempo, pensar en la vida de los primeros 80 y cómo todo se ha ido deteriorando a base de miedo. Ahora nos encogemos en nuestras casas, soñamos con no perder lo poco que nos queda, imaginamos el exterior como un lugar inhóspito y lleno de peligros, peligros alimentados por el poder que ahora no sabe cómo eliminarlos y del que surgen nuevos monstruos más fuertes que aspiran a suceder a quien los ha alimentado. Davey termina encogido y agarrado a sus rodillas sentado en un rincón de su habitación, pedalear por la urbanización supone, a partir de ahora, sospechar de todo el vecindario, hasta del más simpático o afable de sus vecinos. No te fíes y vigila a tus iguales, mientras tanto el lobo seguirá comiendo ovejas y tu echarás la culpa a tu modélico vecino.

VERANO DEL 84.

Canadá, Estados Unidos. 2018. 106 min.

DIRECCIÓN: Francois Simard, Anouk Whissell, Yoann-Karl Whissel. PRODUCCIÓN: Shawn Williamson, Jameson Parker, Matt Leslie, Van Toffler, Cody Zwie. GUIÓN: Matt Leslie, Stephen J. Smith. FOTOGRAFÍA: Jean-Philippe Bernier. INTÉRPRETES: Graham Verchere, Judah Lewis, Caleb Emery. MÚSICA: Jean-Philippe Bernier, Jean-Nicolas Leupi, Le Matos. MONTAJE: Austin Andrews

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