Agnés Varda.
Agnés Varda.

Hace poco más de un año, y en este mismo periódico, aprovechando el ciclo que el Museo Patio Herreriano hacía de su cine y su figura, ya hubo ocasión de referirse a la importancia de la cineasta franco-belga, a su inesperada eclosión cinéfila para el espectador del siglo XXI gracias a “Los espigadores y la espigadora”, a su relativa ocultación bajo el peso masculino de los directores de su generación y corriente artística de inicio. También hubo tiempo para criticar a nuestro festival de cine que marginó y maltrató la que, entonces, acababa de ser su última película, “Visages, villages”, y esperemos que en la próxima edición no aproveche la circunstancia para hacer “homenajes” fuera de tiempo y lugar. Ahora queda el momento de celebrar la enorme calidad de la filmografía que nos deja, su aparente bonhomía, sus ganas de vivir, su alegría, su mirada y, sobre todo, como dice en su última película, recién vista en Berlín y que puede disfrutarse en el canal ARTE FRANCIA, “Varda par Agnés”, su confianza en la gente, su absoluta dedicación a encontrar miradas honestas, limpias, orgullosas en su anonimato. Se ha muerto Agnés Varda pero nos queda su cine y vaya este comentario a “Jacquot de Nantes”, su homenaje a su compañero Jacques Démy, por todas las demás obras, por “Le pointe courte”, por “Cléo de 5 á 7”, por “Le bonheur”, “L,opera-mouffe”, “Daguerreotypes”, “Salut les cubains”, “Documenteur”, “Uncle Yanko”, “Une chante, l,autre pas”, “Sans toit ni loi”, “Jane B par Agnes V”, “Les plages d,Agnes”, un cine gozoso y vital como parecía ser la directora.

“Jacquot de Nantes”, de Agnés Varda.
“Jacquot de Nantes”, de Agnés Varda.

Acerca de Jacquot de Nantes.- “Cuando alguien está enfermo, tu deseo es acercarte todo lo posible a él. En el cine, eso se hace con la cámara”, y Varda lleva su máxima a imágenes y cumple con su deseo. En esta evocación melancólica y sugerente de la infancia y adolescencia de Jacques Démy, Varda no rehúye la introducción de la figura real del director, conscientes ambos de que le quedan pocos meses de vida, tan pocos que la película se concluyó después de fallecer el creador de “Lola”, “Piel de asno”, “Los paraguas de Cherburgo”, “Las señoritas de Rochefort”. Varda filma a su esposo con la cercanía que expresan sus palabras, acercarse hasta desvelar la más mínima arruga, vemos hasta el reflejo en su pupila de aquello que Démy contempla con la serenidad de quien ha aceptado su destino, quizás demasiado pronto, pero siempre en el momento en que ocurre. El origen de un cineasta embriagado desde siempre por el arte escénico, por la composición de decorados, por el concepto estético del color y de la música. Cineasta “malgré lui” y “malgré les autres”, su decisión inamovible e inquebrantable de aprender un arte como si fuera un oficio, de equivocarse para volver a empezar, de obtener belleza donde los demás no ven sino desechos y elementos abandonados es filmado por Varda con la sencillez de las cosas complejas, con la sencillez de lo genuino y sin artificios, como lo hizo en su momento el propio Démy, porque la película reproduce esos pasos como si fueran mímesis, réplica de lo que el antaño joven hizo para terminar siendo quien fué.

“Jacquot de Nantes”, de Agnés Varda.
“Jacquot de Nantes”, de Agnés Varda.

El dibujo de una mano, con el índice extendido, nos señala la ida y la vuelta. La película es cronológica, es la evolución y la afirmación del artista, es un catálogo de recuerdos del cineasta llevados a la pantalla por su compañera, pero también es el anticipo de cómo surgieron muchas de sus creaciones cinematográficas; lugares, anécdotas, vivencias que luego pasaron a formar parte de su propio espacio fílmico. Esa mano que señala hacia delante y hacia atrás nos indica el momento del “flash-back”, o del “flash forward”, algo que sucedió en el pasado provoca la escena de ficción de la película futura, pero la escena real no deja de ser ficción al tratarse de una recreación de la memoria del cineasta interpretada por la directora. El garaje paterno es el garaje de “Los paraguas….”, la tienda de paraguas, el carnaval que Jacquot antes de ser Jacques disfruta, la representación de títeres de “Piel de asno” que provoca su deseo de transformar el cuento en película, el pasaje Pommeraye de Nantes es el anticipo de “Lola”, como el local “La Cigale”  o la rue l,Abreuvoir y sus escaleras, que ya fueron también escenario cinematográfico en sus películas adolescentes animadas. De los espacios confortables de la niñez a los espacios de la recreación cinematográfica, el mundo artístico de Démy aparece claramente influido por la geografía arquitectónica de su ciudad y por el mundo familiar en el que se desenvolvieron esos años previos a conseguir trasladarse a Paris para estudiar cine, momento en que la película corre el telón y concluye, como esos primeros “stop motions” del director con los que aprende a filmar, a contar historias, a generar escenografías deslumbrantes con su ingenio a base de cartones reciclados que reproducen los rincones de la ciudad que conoce, un telón infantil recuerdo de lo vivido, un empezar desde lo aprendido más que desde lo imaginado para, después, aprendida la técnica, lanzarse al apasionante mundo de ser original.

“Jacquot de Nantes”, de Agnés Varda.
“Jacquot de Nantes”, de Agnés Varda.

En las primeras imágenes de la película Démy nos mira, recostado sobre la arena de esas playas que Varda usará como protagonista de otra de sus películas. Derrotado o vencido, los ojos resignados del director acompañan su mirada con un cuerpo semitumbado, que no mira al mar, sino que mira de costado a la cámara. Como evocación de un sueño, la película omite cualquier pasaje complicado, cualquier asunto turbio o delicado. Incluso la ocupación nazi no altera el ritmo de vida del germen del cineasta, más allá de las necesarias referencias a los refugios antiaéreos o las consecuencias de las represalias de los ocupantes ante las acciones de la Resistencia, pero siempre con un fuera de campo que nos evita la contemplación del mal, o directamente evocando ese fuera de campo impuesto familiarmente, al refugiar a los niños en una granja, en un espacio irreal de paz extraña en un mundo en guerra, donde, la aparición de un avión, o de un paracaidista fugitivo sirve más como antesala de una idea artística que como reflejo de la brutalidad que rodea la realidad.

“Jacquot de Nantes”, de Agnés Varda.
“Jacquot de Nantes”, de Agnés Varda.

Todo parece cine en la vida diaria de Démy, como esas tomas que Varda rueda desde el interior del patio del garaje, y a la vez, domicilio familiar, enfocando hacia la calle, que parecerían indicar que el mundo de Démy se constriñe siempre a un encuadre, más o menos ampliado, pero que termina situando a los personajes dentro de un marco, ya sean reales o ficticios, como si la vida de Démy pareciera limitarse a un rectángulo por el que se asoman los acontecimientos; la vecina asomada a la ventana, el desván donde va construyendo su improvisado estudio de animación, las paredes del taller, su habitación, el guiñol o el cine al que acude con su madre y amigos, la vida que pasa por delante de su puerta, sean peatones, soldados que huyen o alemanes que invaden, todo visto como en dos dimensiones, con ojos de cineasta, con la profundidad de campo limitada por el espacio cerrado de un largo pasillo interior que desemboca en la vía pública.

Hay en «Jacquot de Nantes» el homenaje al compañero, la necesidad de recoger en imágenes los últimos momentos de aparente plenitud física y mental de quien se está desmoronando. Hay más de égloga que de elegía en el recuerdo de los recuerdos del cineasta, porque no se llora la pérdida, sino que se celebra la existencia y la creación del artista. El pequeño Jacquot creció y se convirtió en alguien solitario, concentrado, reflexivo, tímido, un ser que miraba con sus ojos y su cámara se convertía en proyección de su imaginario visual, al que el ritmo musical de las creaciones le sumergía en la niñez de una madre que cantaba y un padre que respondía. Jacquot de Nantes es pura nostalgia, es un «400 golpes» burgués y plácido, de familia  amorosa y sensación de cariño y cuidado. Doinel siguió siendo Antoine antes y después de dejar de ser joven, Jacquot, sin embargo, se convirtió en Jacques.

JACQUOT DE NANTES. Francia. 1991. Dirección y Guión: Agnés Varda. Música: Joanna Bruzdowicz. Edición: Marie-Jo Audiard. Dirección de fotografía: Patrick Blossier, Agnes Godard y Georges Strouve. Diseño de producción: Robert Nardone y Oliver Radot. Duración: 118 minutos. Intérpretes: Jacquot No. 1: Philippe Maron, Jacquot No. 2: Edouard Joubeaud, Jacquot No. 3: Laurent Monnier, Marilou: Brigitte de Villepoix, Raymond: Daniel Dublet, Jacques Demy: él mismo, Yvon No. 1: Clement Delaroche, Yvon No. 2: Rody Averty,  Reine No. 1: Helene Pors, Reine No. 2: Marie-Sidonie Benoist, Rene No. 1: Julien Mitard, Rene No. 2: Jeremie Bader. Productoras: CNC, Tamaris, La Sept Cinéma.

No hay comentarios