La ceniza es el blanco más puro
La ceniza es el blanco más puro

El cine de Jia Zhangke ha podido perder militancia y rebeldía contra el poder establecido en China desde los años de "Platform" o "Placeres desconocidos", pero no por ello ha dejado de señalar los evidentes males de una sociedad que pretende crecer, y cambiar, muy deprisa; a costa, no de tradiciones más o menos reivindicables, sino de las personas que no dejan de ser tratadas como objetos desechables. Ha conseguido el director mostrarse como ese junco de la filosofía budista, dúctil, flexible, pero irrompible. Conseguir no desagradar al poder y, al tiempo, criticar todo aquello que no funciona debe aplaudirse como mérito del cineasta, capaz de poner en cuestión el modelo de crecimiento chino sin que el burócrata se sienta atacado, y permitir al espectador occidental sacar conclusiones críticas que, se sobreentiende, el potencial espectador chino de sus películas no entienda tan evidentes. De esta manera el director consigue sobrevivir y mantener su cine genuino, más manso sí, pero como el "gato-tigre", dispuesto a saltarte a la espalda en cuanto te descuidas, evitando el olvido progresivo en Occidente de directores que, de referentes mundiales han quedado en la insignificancia de hacer "wuxia" como malos alumnos de James Cameron.

ASH IS PUREST WHITE. 137 minutos.

China, Francia. 2018.

Dirección y Guión: Jia Zhang-ke.

Fotografía: Eric Gautier.

Edición: Matthieu Laclau, Lin Xudong.

Dirección Artística: Liu Weixin.

Sonido: Zhang Yang.

Música: Lim Giong.

Productor: Shozo Ichiyama.

Intérpretes: Zhao Tao, Liao Fan, Xu Zheng, Casper Liang.

Productoras: Arte France Cinéma / Beijing Runjin Investment / Huanxi Media Group / MK2 Productions / Office Kitano / Shanghai Film Group / Xstream Pictures.

El título (algo así como "la ceniza es el blanco puro") alude a lo único que la naturaleza humana no es capaz de destruir, la fuerza del volcán y su interior indomable. Ese volcán solitario y vigilante en las llanuras de Datong, la ciudad de la provincia de Sanxi donde se desarrolla la mayor parte de la historia, no muy alejada de Pekín, hace de recuerdo recurrente a lo largo del metraje de la inmutabilidad de lo imperecedero por encima de la volubilidad humana. Todo lo demás es contingente, pero el volcán va a estar y no va a ser demolido. El río puede ser alterado en su curso y caudal, las ciudades ser inundadas, la tradición puesta patas arriba, los líderes dejar de ser respetados, pero algo siempre va a permanecer inmutable, e incluso, como en algunas personas, los valores de la lealtad y la tradición van a perdurar por encima de los desengaños y las traiciones o las nuevas costumbres adquiridas de occidente; es el caso de Qiao (Zhao Tao), pareja del gángster Bin (Liao Fan), dispuesta a sacrificarse en respeto de un viejo código en el que ya casi nadie cree, asumiendo un delito que no la correspondía.

"Ash is purest white" funciona como una especie de recopilación de sus películas precedentes, no en balde vuelve a crear un relato que empieza en el pasado y concluye en la actualidad, de 2001 a 2018, donde el desastre medioambiental de las Tres Gargantas vuelve a tener su tiempo recordando "Naturaleza muerta", el crimen organizado y la corrupción del poder aparece como lo hacía en "Un toque de violencia", y los efectos de los cambios sociales en las relaciones personales suceden a la trama con la que "Mountains may depart" se nos ofreció como última película del director. Ahora todo se hace más sutil y más trasversal, también, por qué no decirlo, más abstracto y, en momentos, más deslavazado, menos engarzado, menos depurado, como si entre una escena y otra hubiera algo que en el montaje definitivo ha desaparecido y obligara al espectador a rellenar unos huecos demasiado profundos para entender lo que sucede ante sus ojos. La recopilación suena a cambio de rumbo, a resumen para, también, dar paso a nuevas narrativas, pero en esa recopilación Zhang ke pierde parte de su frescura en la reiteración.

La mirada de Qiao se llena de reproche cuando Bin, en el paroxismo del movimiento discotequero al ritmo de Village People, pierde su pistola. No es solo que poseer una pistola suponga la amenaza de una grave pena de prisión, o peor, si se utiliza en un delito con heridos o muertos, sino que su uso para marcar el status de líder de la mafia local es una ruptura de la tradición. La amenaza de la fuerza y la violencia se consigue con el respeto del número, pero para imponerse a las nuevas generaciones, los puños, los cuchillos o las barras de acero ya no son suficientes. Si en "Un toque de violencia" ésta era expresa y visible, en "Ash is purest white" apenas si tiene presencia para justificar el cambio vital de Qiao y la ruptura con Bin. Pareciendo que, en cualquier momento, la película puede tener una explosión criminal sin freno, la historia sabe moverse en la amenaza latente de quien vive al margen de la ley sin necesidad de que las imágenes nos cuenten lo que parece evidente. Si la primera de las tres partes del relato concluye con el único estallido violento lo hace porque así se marca la frontera entre la tradición y la modernidad representada por la ruptura del compromiso.

En la primera parte de la película contemplamos los primeros efectos de la construcción salvaje, de los sobornos, de la convivencia entre barrios de rascacielos con los viejos "hutong" tradicionales y los mares de grúas amenazantes que empiezan a poblar el paisaje del país; en la segunda serán los efectos de la alteración del curso del Yang-tsé en un viaje de regreso a casa donde observamos poblaciones desplazadas, viviendas anegadas, reubicaciones de millones de residentes en nuevas ciudades, incluso hasta los presidiarios son reubicados, lo que provoca también un éxodo inverso cuando se produce la libertad; y en la tercera, una vez acabada la remodelación del país, en este caso representada en la ciudad de Datong, cuando lo visible es lo moderno y lo oculto lo antiguo, con nuevas infraestructuras, calles, edificios; el bar donde empezaba la historia permanece intacto, ese viejo edificio de apariencia ruinosa, donde un salón de apuestas de mahjong sirve de cobijo a la delincuencia local, y en el que sólo la instalación de cámaras de vigilancia aporta la nota de modernidad y adaptación al paso del tiempo; un lugar en el que no parece penetrar el paso del tiempo y permanece incólume anclado en el pasado porque su nueva dirección, ahora llevada por Qiao, se empeña en mantener un viejo régimen de vida.

Tres partes de la historia que también coinciden con tres estados de la relación entre la pareja protagonista, idas y venidas, rupturas y abandonos que estarán siempre marcados, para Qiao, por los viejos valores ajenos a modas. Los cambios sociales provocan las rupturas personales; aquellos que deciden acomodarse a los nuevos tiempos y enriquecerse mediante nuevos sistemas económicos en los que un programa informático genera más beneficios que el cobro de sobornos o protecciones a los comerciantes de los barrios, terminan sintiéndose desplazados porque no están preparados para esa manera de generar riqueza, mientras que los que quieren mantener su posición inicial, única manera de relacionarse con su ecosistema, sienten el peso de la marginalidad, del desprecio, del estigma de un mundo donde la delincuencia es bien vista si lleva corbata y trajes de diseño, pero recela de la que se tatúa y mantiene su círculo de amistades e intereses en las zonas degradadas de las ciudades renovadas. Nada malo desaparece bajo las aguas de las presas ni por demoler barrios enteros, sólo se transforma, como la relación entre Qiao y Bin, una historia de amor llena de hieratismo, silencios y conversaciones de perfil donde difícilmente se consigue entrar en lo íntimo del pensamiento interior de cada uno de ellos.

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