El cine de Bi Gan hace honor a sus dos actividades profesionales, cineasta y poeta. La poesía no necesita ser leída, declamada o recitada ante un auditorio para existir; la poesía puede reflejarse en imágenes cuya rima se va formando alrededor de la circularidad de idas y venidas que hacen, del tiempo, algo muy elástico, modificable e inmersivo. En el cine de Bi Gan (dos largometrajes hasta ahora) los relojes son esenciales para señalar ese transcurso del tiempo, pero los relojes de Bi Gan se parecen más a los blandos de Dalí que a la precisión científica y matemática de un reloj nuclear. Los relojes de Bi Gan señalan la existencia del tiempo, pero éste no es ordenado, sucesivo, irretroactivo; es un tiempo atmosférico que se nutre de sensaciones, sueños, memoria, recuerdos, y no siendo estos estables ni armónicos, los relatos visuales de Bi Gan no pueden ser ordenados ni fácilmente comprensibles, pero lo que si crean son fascinantes viajes oníricos y surreales donde nos sumergimos en experiencias sensoriales difíciles de definir con palabras.

La película fluctúa entre los sueños y la memoria, por eso tiene la ligereza del hidrógeno, materia con la que se hacen los primeros según Bi Gan, y el peso de la piedra con la que se forjan los recuerdos de la segunda. De esta manera el director chino, al principio de su película, indica entre qué extremos vamos a transitar, entre la imposible eliminación del recuerdo, que pesa como una piedra en el interior de nuestro consciente e inconsciente, y la fragilidad del sueño, evaporable y volátil como un gas. Por eso la película cuenta con dos partes, la de la memoria, el recuerdo, y la del sueño; ambas pueden resultar irreales pero la primera tiene los sólidos cimientos de una experiencia real que se ha sujetado en la memoria del personaje a fuego, sangre, pasión y alejamiento; mientras la segunda nos invita a viajar como en un estado de vigilia por el que fuéramos flotando (hasta llegar a la realidad del vuelo y a la circularidad de la imagen en la confirmación del recuerdo que se quiere revivir como los personajes voladores de Chagall en los que el director dice haber encontrado inspiración). Que existan dos partes no significa que una sea más real que otra, ni más creíble, ni más asumible, pero las imágenes cambian y el espectador ha de ser consciente de esa mutación en el peso del relato.

El hilo argumental, como ya sucedía con su exitosa para la crítica, y no comercializada en España, “Kaili blues”, no es fácilmente reproducible en palabras. Digamos que el personaje masculino principal Lou Hongwu (Jue Huang) regresa a su ciudad natal tras morir su padre, regresamos a Kaili otra vez y volvemos a sumergirnos en un relato que mezcla el pasado y el presente hasta que el único asidero del espectador son las canas del personaje para poder situarse, al menos con una diferencia de 18 años, entre un momento y otro. La llegada de Lou a su ciudad implica la búsqueda de un recuerdo, un amor del pasado que no ha sido olvidado y que parece revivirse cada vez que una mujer se cruza en su camino. La búsqueda de Wan Qiwen (Wei Tang) permite a Bi Gan jugar con el tiempo, yendo y viniendo como si un duende hubiera lanzado al aire las páginas del guión y así se hubiera filmado, aportando pinceladas poco precisas, pero informativas, acerca de aquella relación un tanto clandestina, la huida de Kaili, la separación, el peligro de la mafia local y la muerte del amigo que no dejaba de ser el novio de la amante. Todo tan sutil, tan abstractamente explicado, con saltos temporales y un par de actrices de presencia muy constante que duplican sus papeles, que el espectador haría bien en dejarse transportar hacia un espacio de sensaciones (igualmente portentoso el diseño de sonido y la fotografía en espacios oscuros o directamente en la larga noche del título) antes que querer entender todo lo que ocurre y lo que no se cuenta, porque en ese empeño puede perderse lo sensorial.

Este comentarista tiene que reconocer que no ha podido disfrutar de la experiencia con la plenitud que Bi Gan la ha diseñado, de hecho el número de espectadores españoles que podrá llegar a la totalidad de la inmersión sugerida por el cineasta será tan reducido como el que en su día pudo ver lo que imaginó Godard para “Adieu au language”. La película está rodada con un doble sistema, 2D en la primera parte donde funciona la piedra, y en 3D en esa segunda parte etérea. Si es algo relevante o no, no puedo afirmarlo, por naturaleza soy reacio al 3D por no aportarme sensación alguna, también me cuesta creer que la visión en 3D de esa última hora portentosa pueda mejorar lo que roza la perfección, pero hay que respetar, al menos teóricamente, la decisión del creador; aunque ya sabemos que en España, una película minoritaria y condenada al circuito de versión original, si se llega a estrenar tiene tantas posibilidades de serlo en el formato original como que alguien se tome en serio el concepto de cultura como algo diferente al folclore, la tradición o la fiesta patronal.

“Estaba en el cine y de pronto me veo aquí metido en este lugar” dice el protagonista masculino cuando, tras aparecer el rótulo del título a mitad de película, “despierta” de su sesión cinéfila en un lugar desconocido en el que se le presenta un adolescente que es ese amigo del pasado dispuesto a ayudarle a encontrar la salida. Previamente el espectador ha recibido dos informaciones, que tendrá que usar unas gafas de 3D cuando lo haga el protagonista, y que el cine es todo mentira, mientras los recuerdos son una mezcla de realidad y ficción. Cuando llegamos a esta ensoñación de imaginería visual inmejorable asistiremos a un plano secuencia de 55 minutos en el que se circula en motocicleta, se vuela, se canta, se suben escaleras, se camina por angostos túneles, se juega al billar, los personajes aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer……..un plano secuencia en el que Lou siente la extrañeza de encontrarse en un lugar al que no sabe cómo ha llegado ni la forma de salir, pero en el que un imán le atrae hacia la chica del pelo rojo que, en el fondo es aquella Qiwen a la que quiere volver, sea o no verdad lo que recuerda, sea o no quien en su memoria se aparece una y otra vez, porque lo que se busca afanosamente es renovar la experiencia de aquel beso perdido. La inmersión sensorial de esos 55 minutos es completa, todo alrededor de una larga noche por la que se viaja en sentido literal y anímico y en la que el tiempo se regala en forma de relojes que, lo más probable es que no funcionen. No se necesitan soluciones ni respuestas en el cine de Bi Gan, basta con ofrecernos un espectáculo visual como muy pocos directores están capacitados para hacer para desear su tercera película. Ésta es prodigiosa.

LONG DAY,S JOURNEY INTO NIGHT. China, Francia. 2018.

Título original: 地球最後的夜晚.

Dirección: Bi Gan. Guion: Bi Gan, Dong Jinsong . Productores: Shan Zuolong, Charles Gillibert. Productoras: Huace Pictures / Zhejiang Huace Film, TV / Dangmai Films. Música: Giong Lim, Point Hsu. Fotografía: David Chizallet, Hung-i Yao. Diseño de producción: Yao Hung-I. Edición: Qin Yanan. Reparto: Tang Wei, Sylvia Chang, Meng Li, Huang Jue, Chen Yongzhong, Lee Hong-Chi, Luo Feiyang.

Duración: 130 minutos.

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