El camino de la tristeza es infinito, da lo mismo un día que ochenta. Todos son iguales, todos son grises, carcelarios, gélidos. Días tóxicos en los que no queda sino sentarse y esperar, porque el movimiento no deja de ser una falsa impostación, un autoengaño encaminado a hacernos creer que es el lugar, y no nosotros, el que nos asfixia e inmoviliza. El elefante que se sienta al que se refiere el título demuestra mayor sabiduría que la de los visitantes que le observan. Sentado y quieto, deja pasar la vida aceptando que no hay solución. Mientras, el conjunto de personas con las que Hu Bo filma su debut en el largometraje, y al mismo tiempo, su testamento cinematográfico, sienten esa enorme desazón interior de vidas a punto de desaparecer, cuya única pulsión parece ser la de no parar, la de seguir un camino que se acerca cada vez más a una pesadilla, con un objetivo inmediato, pero con la violencia como reactivo; reunirse con el elefante del zoo de Manzhouli, ciudad fronteriza de la Mongolia interior, en un triángulo que forma frontera con Rusia y con Mongolia, ¿será el elefante la propia China y será el viaje a Manzhouli la única manera de escapar del peso de ese elefante?.

 

Hu Bo utiliza palabras de Cormack MacCarthy para definir su película, "Pensaba que en la belleza del mundo había un secreto escondido. Pensaba que, para que el corazón del mundo latiera, había que pagar un precio terrible, y que el sufrimiento del mundo y su belleza avanzaban guardando entre sí una relación de justicia divergente, y que, en este abismal déficit, la sangre de las multitudes podría ser el precio último para la visión de una sola flor", una idea en la que se aprecia su sentido trágico de la vida que le llevó al suicidio, "mi ser sólo es una herramienta que escribe y hace películas. La creación demanda rúbricas imposibles de dolor", dejó escrito el director antes de acabar con su vida, hecho que llevó a Wang Bing a escribir de él como "un meteoro cargado de amor y sufrimiento que ha atravesado la noche del cine para desaparecer enseguida". Alumno de Bela Tarr, su largometraje disecciona todos los sentimientos negativos del ser humano, anuladas las experiencias positivas por el inaccesible poder de nuestro lado oscuro y destructor.

 

Padres violentos, padres despreocupados, adolescentes abandonados, amigos traicioneros, ancianos obligados a ser arrinconados antes de tiempo, acosos de todo tipo, violencia callejera, pequeñas mafias locales actuando sin freno, suicidios, homicidios, accidentes; ciudades que actúan más como cárceles que como espacios de concordia y solidaridad, así es el retrato que Hu Bo hace de su país. Durante casi un día, en un relato que utiliza el tiempo también con acertado capricho artístico, avanzando y retrocediendo mediante la entrega del testigo a los diferentes protagonistas con giros de cámara que nos cambian de estado y situación, éstos tratarán, con escaso éxito, alcanzar una plaza en un tren que les conduzca a ese territorio fronterizo sin abandonar del todo el país. Cambiar de ecosistema a la espera de una mutación profunda en sus vidas, un mínimo rayo de esperanza entre tanto individualismo y vampirismo moderno en el que tanto vales como tanto tienes o tanto miedo impones. "Da igual adónde vayas, porque no encontrarás nada distinto" llega a decir uno de los personajes, pero no por ello se abstendrán de moverse. “El mundo es un páramo”, dirá otro, y bien que lo sufrió el director con los productores de su película, obligándole a reducir esas cuatro horas que, al final, han permanecido, aunque otras versiones cuenten que la película inicial era ocho horas; “Nunca había pensado durante todos estos años en lo que era realmente el cine. Es humillación, desesperanza, impotencia, un chiste”

 

Dice el director que “En nuestra época, cada vez resulta más difícil tener fe, aunque sea en la cosa más ínfima, y la frustración que de ello resulta se ha convertido en la característica de nuestras sociedades. El filme transforma unas vidas atrapadas en la rutina cotidiana en mitos individuales. Al final, cada cual deberá hacer el duelo de aquello que más aprecia.”, y ese duelo, y esa fe, circulan alrededor de los monumentales 230 minutos de la película, minutos que, como reflejo de su calidad, hacen del equilibrio del pesado elefante algo ligero y frágil como el vuelo de una mariposa. Hay pequeños retazos de humor en un relato por momentos abrumador en su deshumanización y desconsuelo. Hay, todavía, dosis de ingenuidad persistentes en la desinteresada amistad de Wei Bu, rápidamente defraudada, y que termina provocando la primera muerte de la película (donde aunque no lo lleguemos a saber a ciencia cierta, puede haber hasta otras tres más), o en la cercanía entre nieta y abuelo, desahuciado éste por sus propios hijos y obligado a terminar sus días en un geriátrico; pero esos pequeños momentos de optimismo, esas pequeñas flores en medio del mar de sangre, no son más que los producidos por la solidaridad de los perdedores, una extraña compañía que terminará encontrándose en la estación de tren como prólogo a su viaje de salida.

 

Todas las situaciones a las que se enfrentan los protagonistas terminan resolviéndose con el único medio irracional a su alcance; la violencia, sea ésta verbal, psíquica o física. La cámara en la nuca de los actores o cerrando el plano sobre sus rostros no es la del estilo nervioso de los Dardenne, sino la que implica el peso ineludible de la desazón, esa que aún en compañía mutua, hace de dos personas dos seres sin conexión, hasta el punto de que el plano se vuelve borroso hacia aquél que el director no considera el importante en cada momento, y los largos planos secuencia remiten al maestro que adoptó a Bo, el húngaro Béla Tarr, como lo hacen esos círculos narrativos que van entrecruzándose en las historias de todos ellos hasta confluir en un único espacio y objetivo. El tiempo es capaz de retroceder para que los personajes confluyan en un punto común, quedando suspendida la acción de unos para comprobar la de los otros en paralelo, y por eso las transiciones de la película son modélicas en su concepto y en su forma de dar continuidad a la narración sin saltos. Sus primeros 20 minutos son un síntoma de todo lo que va a venir después, ahí se encierra la naturaleza de un entorno desindustrializado, sin trabajo, sin orden, sin gobierno, sin fidelidades y sin fe, como dice el director, nadie cree en nada, pero lo que es peor, nadie cree en nadie, salvo en la impasibilidad del elefante, inmóvil ante la afrenta, la burla, indiferente ante la catástrofe del ser humano, por eso puede que ese primer suicidio sea el epílogo definitivo a una maestría narrativa en la que queda claro que no hay salida.

An Elephant Sitting Still.

Título original: Da xiang xi di er zuo. China. 2018. 230 minutos.

Director: Hu Bo.

Guion: Hu Bo.

Fotografía: Fan Chao.

Música: Hua Lun.

Intérpretes: Yu Zhang, Yuchang Peng, Uvin Wang, Congxi Li, Xiang Rong Dong.

Distribuidora: Capricci Cine.

No hay comentarios