Una carrera artística prolongada, y fructífera, y la de Sang soo podría ser cuestionada por sus detractores por cualquier razón, pero no por ninguna de éstas; permite extraer los lugares comunes, las obsesiones, las características formales del conjunto de la obra señalando sus conexiones individuales entre todas ellas. Y esto vale para Sang soo como para Rohmer, Ozu Ford o cualquiera de los grandes, pero en tanto un Cine alcanza un significado global por su autor, éste juega con su estilo y obsesiones para que, a lo largo de una década, lo que aisladamente pudiera parecer muy parecido entre sí, pensado fríamente demuestra una evolución, un cambio, una progresión. Y en el cine de Sang soo esa evolución, no temática, pero si formal y de fondo, se hace cada vez más patente; por un lado desnudando los relatos de cualquier añadido, de cualquier artilugio destinado a revestirlos sin necesidad, proporcionando al espectador un mero armazón donde la elipsis, el sobreentendido, la ensoñación, la imaginación, han de rellenar los huecos por los que el aire atraviesa las relaciones personales llenas de intermitencias, y por otro, el que se hace más evidente de un tiempo a esta parte, el imparable camino hacia el miedo vital por el que sus protagonistas van deslizándose con el paso del tiempo.

En una obra tan extensa y tan concentrada en el tiempo, y también tan mal distribuida en España, no pueden hacerse afirmaciones tajantes; siempre habrá una película del pasado donde la sensación de derrota se superponga a los meros reveses vitales normalmente relacionados con problemas sentimentales, pero nunca antes de manera tan constante y tan dolorosa, se había observado en el cine del director coreano esta deriva hacia la tristeza, hacia un anuncio de fin de ciclo, si no del autor sí de sus personajes. Atribulados, patéticos, refugiados en el alcohol, infieles, traidores, variables, los protagonistas del cine de Sang soo (sobre todo los hombres) no manifestaban la sensación de que las consecuencias del desengaño o la infidelidad pudieran ser permanentes. Ahora parece que cuanto más se quiere olvidar lo que menos se quiere recordar, más se sueña con ello, y con esos sueños la melancolía, el dolor, la pérdida, y la sensación de irreparabilidad se hacen con las riendas de sus historias.

En “On the beach at night alone” el personaje de Kim Min hee despertaba de un sueño al final de la película tras haber desahogado su frustración con el director de cine que la había abandonado. Puede ser ésta la primera de una serie de películas en las que Sang soo decide reventar su experiencia personal ficcionando su relación con la actriz y explorando las consecuencias anímicas de aquella ruptura. Y a partir de entonces su cine se ha hecho más amargo, aún más esquemático, más sólido también en la búsqueda de preguntas sin necesidad de respuesta evidente. En “Hotel by the river” el poeta cercano a la vejez Ki Joo bong también despierta de un sueño, en esta ocasión al inicio de la película, para asomarse a una ventana del hotel en el que se aloja y observar por primera vez, a la pareja de mujeres con las que intermitentemente se cruzará a lo largo de ese día que no deja de ser una larga despedida.

 

Los juegos en el tiempo de Sang soo abandonan el recurso de la variación. Ya no asistimos a las diversas posibilidades de una misma historia si hubieran ocurrido de diferente manera o según sean vividas por uno u otro personaje. En “Hotel by the river” hay razones para dudar de la linealidad de la historia, pero también de su continuidad. Los despertares, o las siestas de estos cinco personajes en busca de una tranquilidad personal agitada por deudas de un pasado lejano o reciente, marcan una especie de ruptura que no sólo afecta a lo visto hasta entonces, sino que pone en entredicho si asistimos a una única historia o a varias historias soñadas que se difuminan tras el despertar. Parece así que, salvo una planta ajada por los malos cuidados, nada es constante en la película, salvo el dolor de una relación rota en la que no se ahonda, pero que ha dejado una marca física en forma de quemadura en la mano de Kim Min hee y el tono elegíaco de despedida con el que el viejo poeta quiere conseguir un recuerdo alegre de sus hijos, una mínima reconciliación tras su abandono temprano, aunque sea regalando dos peluches infantiles a dos hombres que superan la cuarentena.

Con esa sencillez que haría del relato algo simple, despojado de artificios, cercano a un “haiku” breve y conciso, poco importa que un gato atraviese un pasillo o se nos quede mirando sin aparente relación con lo que se nos quiere contar; que el poeta quede deslumbrado por la belleza de las dos mujeres en medio del paisaje nevado pero que esa nieve haya desaparecido en la toma siguiente, que tras despertar la nevada haya sido intensa o que tras volver a despertar la nevada no exista; o que al reencontrarlas en el restaurante parezca que esa conversación no venga antecedida del encuentro previo. Asistimos a la espontaneidad de lo improvisado, al refulgir fugaz de un recuerdo, a la elipsis racional o soñada, a los hilos sueltos de hechos desconocidos que marcan el presente de alguno de los personajes, aunque sea en forma de automóvil. Presenciamos un encuentro vital en dos mundos paralelos que no llegan a relacionarse más que por el arte y la belleza. ¿Acaso no buscamos todos lo mismo cuando contemplamos una película, un cuadro o escuchamos una pieza musical? Para el poeta de Sang soo parece razón suficiente para existir y para culminar una vida, extasiarse con la presencia femenina y honrar esa belleza con lo mejor que sabe hacer, escribir. Y después, mutis.

HOTEL BY THE RIVER.

Corea del Sur. 2018.

Título internacional: Gang-byun Hotel.

Dirección: Hong Sang-soo.

Guión: Hong Sang-soo.

Fotografía: Kim Hyung-ku.

Intérpretes: Ki Joo-bong, Kim Min-hee, Kwon Hae-hyo, Yoo Joon-sang, Song Seon-mi.

Edición: Yeon-ji Son.

Sonido: Seo Jihoon.

Productora: Jeonwonsa Films. 95 minutos

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