Mirar hacia atrás; en muchos momentos de esta película Sinan, el protagonista, mira a su espalda. Como si del pasado viniera la respuesta a su intransigencia intelectual, a su soberbia en el juicio moral hacia los otros. Mira hacia atrás como reclamando la presencia y ayuda de los mitos de la Grecia clásica que desarrollaron su cultura en la región donde vive. Como si Héctor, Aquiles, Ulises, pudieran reaparecer y devolver el esplendor desaparecido de Troya en la actual Çanakkale. A Sinan, terminados sus estudios para dedicarse a la enseñanza, le gustaría regresar a la mítica Troya, pero se encuentra ante la realidad de Çanakkale, le gustaría tener un padre heroico y ejemplar y se encuentra con el mismo soñador ludópata que dejó para ir a estudiar y les ha sumido en la ruina, le gustaría ser reconocido como escritor, pero su novela no habla de las bondades de la región ni del peso de la historia, sino de un peral salvaje.

 

El peral silvestre es la metáfora, recortada su silueta en el horizonte de esa propiedad familiar, de la reivindicación de lo personal como elemento definitorio frente a la sociedad uniformadora. Ese peral retorcido, cuyas ramas crecen sin concierto ni dirección, sin embargo proporciona frutos tan agradecidos como los de la plantación uniforme e industrial. En el peral silvestre Sinan se ve reflejado, sólo, aislado, rebelde, único; pero es incapaz de ver cómo en esa consideración atípica que cree sólo le corresponde a él, pueden incluirse más personas de su ciudad, de su infancia, de su familia. Obsesionado con ser “único y diferente”, sus paseos son tumbos que le conducen al fracaso y a la frustración a un ritmo más acelerado que el de su padre, justo la persona a quien no quiere parecerse, olvidando que, como recuerda el director, “Mi intención ha sido describir un amplio mosaico de personajes con la mayor autenticidad y rigor. En mi país tenemos un dicho: ‘Todo lo que el padre esconde aparecerá un día en el hijo””.

Porque el eje central de la última película de Bilge Ceylan parece muy fácil de resumir, pero como en todo el cine del director turco, lo esencial aparece cuando el relato se bifurca y, a ese eje central de una imposible relación padre-hijo desde la rabia, el rencor, el desprecio que éste siente por aquél, se le van añadiendo informaciones que hacen de lo visto, y oído, porque la palabra resulta esencial para disfrutar por completo de la propuesta, un complejo entramado por el que desfilan los amores perdidos, las envidias insubsanables, la corrupción política, la influencia religiosa en la Turquía asiática, el choque entre tradición familiar y desarrollo personal; para confluir, en el final más emocionante de los que recuerde en la carrera del director de “Érase una vez en Anatolia”; “Winter sleep” o “Lejano”. No hay sorpresas en la forma de enfrentarse al relato, porque nos resulta reconocible la manera, el modo, el tono. En Ceylan no hay convencimiento por condensación, sino por aplastamiento, el que produce el peso de la insistencia en el plano, en el diálogo, en la mirada; ese paso del tiempo que se anuda a la existencia de los personajes y los somete de la manera más devastadora, y también, más poética y bella, sin que la prolongación de las escenas transforme en arduo lo que flota por su ligereza y naturalidad.

 

Si ese tronco del peral que en la película enfrenta a Sinan y a Idris siempre está presente, muchas veces sin palabras, o con diálogos retadores cuando no ofensivos por parte del hijo, es en las ramas donde descubrimos la totalidad del personaje. Son las ramas que le persiguen como hijo de un deudor, que le enfrentan (en la secuencia para mí más bellamente filmada de la película y al mismo nivel conmovedor que su final) a la mujer que se va a casar al día siguiente pero de la que, indisimuladamente, conserva la amargura de “y si hubiera sido más valiente entonces”, de la que se despide con un beso apasionado que termina siendo un mordisco de realidad; la rama que le enfrenta a sus amigos hasta la paliza, al afamado escritor local para cuestionarle desde su arrogancia juvenil tanto en el fondo como en las formas de su obra, a los imanes que tratan de venderle una visión idílica y tolerante de la religión de la que él se siente tan alejado. La vida de Sinan durante estos meses que transcurren desde el fin de los estudios hasta el examen de las oposiciones es un enfrentamiento continuo donde todo lo que le rodea es cuestionado desde su propia insatisfacción, algo que parece que sólo le permite respirar escondiéndose en el recuerdo de la historia que no es sino el símbolo del fín de una civilización que no ha vuelto, porque durmiendo en el interior del caballo de Troya se oculta, pero deja de ver la realidad para soñar con su futuro perfecto que no terminará de llegar.

Y en el balance final de la película asomarse al pozo no es una invitación a poner punto y final, sino a encontrar el camino verdadero de unión entre un padre y un hijo, descubrir ese nexo que une y no distancia. Sinan tendrá que quitarse el pañuelo de los ojos para aceptar que, más allá de las diferencias y los errores, el orgullo de ser padre fue engullido por la prudencia ante el rechazo de Sinan, y será en las páginas del libro no vendido, pero que por fín pudo publicar Sinan, a costa de privar a su padre de lo más preciado que tenía en ese momento, donde se encierra todo un camino de aceptación que concluye bajo la nieve, con la presencia tranquilizadora de un árbol que encarna las raíces de las que procede esa familia y la de un pozo que, como el mito de Sísifo, Idris se empeño en excavar en un terreno en el que nunca hubo agua, como prueba irrefutable de que cada uno ha de llevar a cabo lo que le individualiza olvidando lo que el grupo espera de todos. Culpar a los demás de los fracasos personales no hace sino desenfocar la mirada equivocando dónde está el verdadero reconocimiento y dónde la comodidad de la indiferencia.

 

 

Título: El peral salvaje. Título original: Ahlat Agaci. Turquía, Macedonia, Francia, Alemania, Bosnia y Herzegovina, Bulgaria y Suecia. 2018. Duración: 188 min. Director: Nuri Bilge Ceylan. Guión: Nuri Bilge Ceylan, Akin Aksu, Ebru Ceylan. Fotografía: Gökhan Tiryaki. Intérpretes: Dogu Demirkol (Sinan) , Murat Cemcir (Idris), Bennu Yildirimlar (Asuman), Hazar Ergüçlü (Hatice), Serkan Keskin (Escritor Suleyman), Tamer Levent (El abuelo Recep), Öner Erkan (Imán Nazmi), Ahmet Rifat Sungar (Ali Riza), Akin Aksu (Imán Veysel), Kubilay Tunçer (Ilhami). Productoras: Detailfilm / Film i Väst / Memento Films Production / RFF International / Sister and Brother Mitevski / Zeynofilms. Diseño de producción: Meral Aktan. Montaje: Nuri Bilge Ceylan

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