EL CANTO DE LA SELVA.- En medio de la noche; iluminada de manera irreal, un joven indígena de la tribu Krahó deambula oyendo un canto distante que le aproxima a la gran cascada cercana a su poblado. Ihjâc tiene pesadillas, duerme mal, su padre muerto se le aparece cada noche como un espíritu doliente que vaga por la selva sin rumbo, buscando una luz que no encuentra y llevando el fuego consigo que le permite andar sin tropezar. Es un fuego que ayuda a ver, pero que, a cambio, abrasa por dentro a Ihjâc; todo, sus ojos, su cabeza, su cuerpo parece en combustión, es un calor que sólo siente él y le desfallece, no es un calor que se pueda medir por los humanos. Es el fuego que transporta quien no consigue abandonar el lugar de los vivos y canta como modo de comunicación con su hijo. No pueden verse, pero siguen presentes el uno para el otro. Para Ihjâc, su mujer Kôtô y el pequeño Tepko no regresará la paz de la vida rural mientras no consigan que el espíritu del fallecido deje de perturbar al hijo y le permita celebrar la ceremonia ritual con la que, por fín, los vivos quedan liberados de recordar a los muertos, abandonar este mundo y, a nosotros, dedicarnos a lo que de verdad importa ahora, a los más cercanos, al trabajo, la cosecha, a lo material de nuestra vida interrumpida por un tiempo en el que lo tangible y lo espiritual no consiguen separarse.

 

No resulta fácil transmitir en palabras un cine de sensaciones como es el de Salaviza, aquí codirigiendo con Renée Nader. Es un cine observacional en el que la cámara funciona muchas veces como una mirada subjetiva de un tercero que permanece neutral ante lo que ve, de forma que las personas se alejan o se acercan por su propia decisión, pero no porque la cámara los persiga (las escenas en que Kôtô llega, y se marcha, de la ciudad en la que Ihjâc intenta curarse de su mal interior son sintomáticas de esa neutralidad del observador, nos alejamos del protagonista porque la acción progresa mientras la cámara permanece en el mismo lugar que al principio). Con sólo dos largometrajes, y una decena de cortos, Salaviza se reafirma como uno de los valores en alza del cine portugués, construyendo, tras su demoledor retrato adolescente en una Lisboa irreconocible en “Montanha”, uno de los filmes más sugerentes, atractivos, estéticos y sensoriales de esta temporada con “Chuva e cantoria”, donde se participa de un cine antropológico al servicio del relato. No se busca solamente el simple reflejo de la vida y las costumbres generacionales de un clan indígena, algo que también vemos y del que participamos, sino que ese inmanente sentido de la mezcla entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos se va desarrollando en forma de guión interpretado por actores no profesionales que, en definitiva, representan sus propias costumbres para hacernos partícipes de una ficción anclada en su realidad ancestral.

 

La circularidad de la película no es algo meramente estético, esa gran cascada donde mora el espíritu que vaga con su fuego, a la espera de poder ser olvidado, y emprender su viaje final a la aldea de los muertos, condensa, en una elipsis completa donde podríamos obviar el resto de la historia, el antes y después de un viaje iniciático emprendido por Ihjâc para cambiar interiormente y pasar a ser otra persona. Un lago que le previene mediante la aparición del fuego y se ha convertido en una especie de lugar tabú, se ha transformado en otro espacio acogedor en el que sumergirse, donde la voz del padre ha dejado de oírse para ser sustituida por los ruidos animales de la noche selvática. La ida y vuelta a la cascada resume perfectamente la idea del relato por muchas cosas que ocurran en el tránsito. El juego entre civilización y tradición se superpone abundantemente durante el disfrute de esta película, donde la comunidad intenta hacer perdurar su forma de vida sin perder de vista alguna de las ventajas del progreso, sobre todo las médicas y las de transporte. La enfermedad de la que se queja Ihjâc es la excusa para buscar en la ciudad la reparación de un mal interno que no tiene más cura que el de concluir un rito para el que los médicos del cuerpo no están preparados ni tienen conocimiento. Serena, poética, visualmente atractiva, naturalista, “Chuva e cantoria” es el reverso pacifista de “Cocote”, y frente al vagar sin rumbo emprendido en “Arabia” a lo largo de Brasil, aquí el personaje se desplaza para regresar, en un camino nocturno a pie, a su verdadero lugar, convencido, por fín, de dónde se encuentra su futuro y en qué forma ha de decidir afrontarlo, una vuelta sin derrotas, una vuelta con afirmaciones personales de cambio.

EL canto de la selva. CHUVA É CANTORIA NA ALDEIA DOS MORTOS. (THE DEAD AND THE OTHERS). Brasil-Portugal. 2018. João SALAVIZA – Directora. Renée NADER MESSORA - Directora de fotografía. Pablo LAMAR – Sonido. João SALAVIZA – Montaje. Edgar FELDMAN – Montaje. Renée NADER MESSORA - Montaje . João SALAVIZA - Guión/ Diálogos. Renée NADER MESSORA - Guión/ Diálogos. 113 minutos. Intérpretes: Henrique Ihjãc KRAHÔ – Ihjãc. Raene Kôtô KRAHÔ – Kôtô

 

 

DILILI EN PARIS.- No hay ocultación ni doblez en el cine de Ocelot, sus obras están perfectamente diseñadas para ser apreciadas por el público infantil, para ser vistas sin parpadear ante la profusión de detalles, aventuras, personajes; pero siempre sin olvidar que la sencillez para entender la trama no viene reñida con la profundidad de los temas de fondo que se ofrecen. Tan cerca está Ocelot del mundo infantil que no es infrecuente que, en solitario, o junto a adultos y jóvenes, sus protagonistas sean niños o adolescentes de una madurez y sensatez apabullantes. Es el caso de su más conocido personaje, Kirikou, protagonista de tres de sus películas, y ahora el de Dilili, su heroína femenina por excelencia, en una película donde, al derroche de imaginación visual elaborando un relato a medio camino entre Julio Verne y Conan Doyle trasplantado a París, la ciudad se transforma, por sí misma, en un nuevo personaje cobrando vida propia, porque al prestar sus escenarios el relato se convierte en homenaje constante a la Ciudad Luz en el apogeo de la “Belle Epoque”.

 

Dilili, la niña de origen caledonio, adoptada por una mujer de la alta sociedad parisina pero que pasa sus días como “empleada” en el Jardín d,aclimatation como producto de exhibición exótica para que los occidentales conozcan los modos de vida de las colonias, ha decidido “emanciparse”, dejar de exponerse públicamente como una “salvaje” y conocer la ciudad y sus artistas. Así conocerá a Orel, un joven adolescente con madera de líder y de maestro de ceremonias que, atraído por la niña, le ayudará en sus andanzas, espoleada por la repetida desaparición de niñas a manos de una sociedad secreta, los “Malmaîtres”, traducidos aquí como los “Hombres Alfa”, de tal manera que la búsqueda de pistas para dar con la guarida de esa sociedad irá proporcionando a Dilili no sólo la información buscada, sino el deseo satisfecho de acercarse a las élites culturales del París de inicios del s.XX.

“Je suis trés heureuse de vous rencontrer” será la fórmula con la que la pequeña mujer irá cruzándose con Emma Calvé, la histórica soprano que hará de hada madrina de la pareja en sus incursiones por el París bohemio, científico, artístico y también de los bajos fondos (con la voz de la no menos conocida soprano Nathalie Dessay), y con ella, y sobre todo con Orel, Dilili irá acercándose y obteniendo información y ayuda de Henri Matisse, Pablo Picasso, Constantin Brancusi, Suzanne Valadon, Toulouse-Lautrec, Colette, Marcel Proust, Claude Debussy, Erik Satie, Gustave Eiffel, Louis Pasteur, Marie Curie, Chocolat, Suzanne Valadon, Sarah Bernhardt, Santos Dumont, Renoir, Manet, Rodin, Camille Claudel, Modigliani, Reynaldo Hahn, Anna de Noailles, Wilde, Gertrude Stein, Louise Michel………personajes de tanta altura como la ciudad que les acoge, un París que transita entre el dibujo y la fotografía real del lugar por el que los dibujos se mueven, porque Ocelot ha debido pensar que nada mejor para recrear lo que existe que usar los verdaderos edificios, calles, salones del París art déco e implantar sobre ellos la silueta de sus protagonistas.

 

Es la época de las primeras mujeres, la primera profesora, la primera alumna universitaria, la primera gran diva del teatro, la primera médico, la primera inventora, la primera escultora, la primera política, la primera emancipada haciendo vida en libertad sin depender de un hombre. O al menos de las primeras que coincidieron todas al mismo tiempo y en el mismo lugar para empezar a abrir paso a las siguientes generaciones, en esos momentos de transición donde, manteniendo esa estética ultrafemenina de vestidos largos, maquillaje cuidado, peinados a la última se reivindica el derecho a mantener ese aspecto estético sin merma de la capacidad autónoma de decidir y de influir tanto como los hombres, y no en vano, la ayuda definitiva y el plan último para salvar a la civilización de manos de los “Malmaîtres” se producirá en una reunión entre Marie Curie, la Bernhardt y Louise Michel. La mujer al poder liberando a la mujer, pues tampoco es casual que el grupo criminal cuyo lema es “Paris joli, Paris pourri”, secuestre mujeres para someterlas, anularlas, obligarlas a vestir como si de un burka se tratara y a permanecer a cuatro patas toda la vida, de hecho los hombres de la organización se refieren a las mujeres como “quatre pattes”.

Se ha querido ver una doble crítica en la película al peligro del integrismo religioso islámico y al crecimiento del Frente Nacional mimado por las élites políticas (las mismas que amparan y protegen a los Malmaîtres) y nutrido de las capas más bajas de la sociedad. Pudiera ser, pero me parece demasiado sutil como para que la idea cale y trascienda a partir de una maravilla de orfebrería visual, como suele ser el cine de Ocelot, cuyo mensaje es suficientemente claro en su reivindicación de la libertad, la igualdad entre hombres y mujeres y la necesidad del arte y la cultura para eliminar los oscurantismos que nos rodean. Basta con saborear lo bonito que sería poder sobrevolar París en un dirigible a pedales mientras la Torre Eiffel se ilumina a nuestro paso y una soprano nos canta al oído, ahí está la magia de Ocelot.

DILILI Á PARIS. Francia. 2018. Duración: 95 min. Dirección: Michel Ocelot. Guión: Michel Ocelot. Música: Gabriel Yared. Productora: Nord-Ouest Films. Productores: Christophe Rossignon, Philip Boëffard. Voces: Prunelle Charles-Ambron, Enzo Ratsito, Natalie Dessay. Distribuida por La Aventura Audiovisua

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