Hay en el cine de Jonás Trueba una tendencia doble muy marcada. La primera es la de ir haciendo un espejo generacional en la medida en que el realizador y su grupo de colaboradores van creciendo, algo fácilmente rastreable desde “Todas las canciones hablan de mí”. La segunda es la de pecar, en ocasiones, de un exceso de cultismo, de burguesía ilustrada dispuesta a dar una lección, ya sea de cine, de literatura, de filosofía, en las conversaciones íntimas que mantienen sus personajes. La primera tendencia se mantiene, los años pasan y los personajes crecen en edad al mismo ritmo que su director, aproximándose ya a esa barrera psicológica que pone fín a la “juventud”, la de los 30 con los 40, aunque ello no implique mayor madurez. La segunda, con “La virgen de agosto” se mitiga, apenas es fugaz y guarda mucha relación, más allá del referente cultista, con lo que está pasando y le queda por pasar, al personaje femenino de Eva, y que se produce prácticamente en la primera escena de la película en el monólogo que quien presta el piso a Eva suelta sobre el cine, el papel femenino en la “screwball comedy” y su conexión con el rostro de la actriz Itsaso Arana. Los minutos silenciosos que siguen a ese primer encuentro son de lo mejor dentro de una filmografía que alcanza altas cotas de importancia en el reciente cine español.

En la innegable disyuntiva vital que rodea a la protagonista resuenan, puede que demasiado al principio, los ecos rohmerianos de “El rayo verde”, y esos ecos resuenan porque el director lo quiere así de evidente desde los rótulos manuscritos y las fechas de los días que pasan, que conducen al espectador directamente al periplo veraniego que Delphine (Marie Riviére), de manera a veces desesperada, en otras patética, y finalmente triunfante, llevaba a cabo en aquel julio francés. La encrucijada parisina se traslada a Madrid, y la necesidad de escapar de la ciudad se traduce ahora en escapar a un espacio distinto dentro de la misma ciudad para reordenarse, un cambio temporal de casa con el que enfrentarse, en una elipsis genialmente concebida, a una época de mudanza profesional, domiciliaria, sentimental, una elipsis ésta que termina estallando, como ocurría en otra escena conmovedora de otra película reciente, “Manchester by the sea”, en un encuentro casual en la puerta de un cine. Pero creo que ese débito innegable da lugar a un relato propio y personal diferenciado, aunque creamos que vamos a terminar viendo el rayo verde en el último fulgor del sol sobre la casa de campo madrileña.

 

Y es que, en el fondo, las películas de Trueba son un constante homenaje al cine sin necesidad de incorporar rodajes ni planificaciones cinematográficas dentro de sus tramas; que de tan sencillas, directas, honestas y creíbles terminan provocando un nudo en la garganta ante la contemplación de lo cotidiano. El cine, y la propia sala, se transforman en el personaje de Eva como una epifanía inconsciente que va a conducir al asombro final de la mano de una actriz cuya mirada (perfectamente dibujada por el director y magníficamente fotografiada por Santiago Racaj) elimina cualquier necesidad de apoyo externo ya que, con palabras o sin ellas, sus ojos todo lo dicen (magnífica escena cuando llega el primer día al piso con la compra y termina recostada en el sofá, a medio desnudar y con la luz del sol iluminando la cara de la actriz mientras el cuerpo permanece en esas sombras del verano). Una epifanía que dará lugar a una anunciación y a un milagro, palabras todas ellas religiosas, pero que, en las imágenes de Trueba alcanzan su máximo significado desde la expresión “Todavía tengo tiempo” y desde la aconfesionalidad más absoluta.

Trueba juega con el tiempo detenido en una ciudad semidormida, en fiesta pagana permanente con la excusa de la celebración religiosa casi continua. Aquellos agostos de la infancia, que ahora ya no se parecen, donde la ciudad cerraba por completo y parecía abandonada por sus habitantes, son retomados por Trueba para hablar de la precariedad de toda una generación formada pero abandonada a su suerte sin posibilidades de plantearse un futuro estable o acorde con el tiempo dedicado a la formación. Trashumantes que posponen decisiones vitales alargando sus expectativas hasta los 40, como si el que el tiempo pase supusiera un retraso de las edades biológicas personales, cuando muchos de los condicionantes ya están establecidos desde el pasado. La noche es el momento mágico de la desinhibición y del encuentro casual, del reencuentro con desconocidos que se han cruzado mediante líneas imaginarias invisibles y que han provocado un relato mental con el que alimentar una esperanza, mientras el día se muestra como un impasse ineludible donde las horas se vuelven interminables y la soledad pesa más que el futuro.

“Todavía tengo tiempo” es un grito armónico (la música, de nuevo, produce otra de esas escenas culminantes en el cine de Jonás, aunque esta vez más moderado, más contenido, menos tiempo e igual profundidad) destinado a quien quiera escucharlo y aceptarlo. El personaje de Eva entiende, finalmente, donde está la solución aunque no lo que la ha provocado, es igual, porque cada espectador puede jugar la carta que prefiera, aceptar esa virginidad como reflejo de esa mezcla de profano y pagano que circula por toda la película, utilizar una tesis racionalista e implacable, o simplemente dejarse llevar por la limpidez de unas imágenes primorosamente filmadas para culminar en lo ineluctable, lo que ha de llegar inexorablemente, ya sea una tarde en el río que recuerda los ritmos del Jarama ferlosiano o una verbena de la Paloma castiza que abren los ojos al futuro. Y la armonía alcanzada por las imágenes y el relato (más de dos horas que no decaen ni instan a mirar el reloj) suma un nuevo elemento a este quinto largometraje del cineasta joven español más consolidado y regular de su generación, la mirada femenina. Es la primera película donde el personaje central es una mujer en su cine, lo que no quiere decir que en las películas anteriores no hubiera mujeres y muy importantes en la narración, pero siempre eran los hombres quienes “miraban”. Ahora quien mira y dirige la mirada es Eva, y a su alrededor es la sensibilidad femenina, su punto de vista, y mujeres hablando de asuntos de mujeres las que se asoman a la pantalla para mostrarnos sus problemas íntimos y sus reflexiones. Larga vida a Jonás Trueba como director de cine porque nosotros lo disfrutaremos. (Cines Broadway)

Título original: La Virgen de Agosto. España. 2019.

Director: Jonás Trueba. Guión: Jonás Trueba, Itsaso Arana. Productores: La virgen de agosto AIE, Los ilusos films. Actores: Itsaso Arana, Vito Sanz, Joe Manjón, Isabelle Stoffel, Mikele Urroz, Luis Heras. Fotografía: Santiago Racaj. Productor: Javier Lafuente. Montaje: Marta Velasco. Dirección artística: Miguel Rebollo. Sonido: Amanda Villavieja, Eduardo castro.

125 minutos.

 

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