Luis Eduardo Aute.

El hombre propone y la vida dispone. Si la fatalidad, como derivado del «fatum» latino, no se hubiera interpuesto en el desarrollo de esta película no resultaría aventurado anticipar un documento excepcional sobre uno de lo grandes creadores del siglo XX en este país, un auténtico artista intergeneracional cuya obra ha ido traspasando décadas para convertir su obra más conocida en una historia musical ampliamente compartida y ampliamente sentida por millones de hispanohablantes. Y esta hipótesis se sostiene en que, con independencia de la labor de buceo archivístico del director para usar imágenes del pasado de Aute, los momentos más inteligentes, más lúcidos, más reveladores de la personalidad del gran Luis Eduardo Aute los proporciona él mismo durante los primeros meses del año 2016 en que participó activamente en la elaboración del documental. Luego llegó la enfermedad, el silencio forzado por un retiro siempre anticipado, un pudor plausible para respetar la intimidad de quien ya no puede mostrarse como era antes de lo irreversible, pero que hasta ese momento proporciona los argumentos poéticos, filosóficos, políticos más clarividentes de la hora y media completa.

 

Uno se coloca también en la piel del director ante la adversidad y cómo habrá tenido que recomponer el puzzle apenas iniciada su elaboración. Sin poder contar con el protagonista del «auto(e)retrato», la película se tranforma en un intento de retrato no siempre convincente ni revelador, que falla a la máxima del propio artista cuando al comienzo dice que no hay luz sin sombra, ni sombra sin luz, y ello porque la película transita, a partir de la enfermedad, sobre el cómodo camino del homenaje y la hagiografía (muchos de lo intervinientes no pueden evitar, de manera inconsciente, hablar de Aute en pasado), es decir, sólo desde la luz. Pese a ese revés adverso la película cuenta con logros destacables, y el principal es no centrarse en la música, extendiendo su contenido a la faceta pintora, poética y cinematográfica de Aute y proporcionando así la idea de una persona como artista completo y complejo, alejado del cliché y del patrón comercial y que extiende su capacidad creativa a múltiples facetas artísticas como si de un nuevo hombre del Renacimiento se tratara.

Por contra, el discurso, la palabra distinta de la del propio Aute, se convierte rápidamente en insustancial, un añadido monótono de alabanzas al artista y al amigo que no son necesarias, un escaparate donde se ven muchos rostros que «pasaban por allí» para dejar constancia de que fueron al concierto de homenaje pero, que, realmente, diluyen la idea de retrato una vez impedida la del autorretrato. Y así la película va derivando al convencionalismo propio de un reportaje más que de una obra de creación, en la que al documento del pasado, a la imagen de archivo, y algún corte conseguido del artista antes del infarto, sigue el busto parlante de un amigo, de un productor, de un músico, de un familiar, para remachar el mantra constante de la grandeza de la persona, algo que podría conseguirse de otra manera menos cómoda y fácil como la de este recurso incuestionable del «yo lo ví» pero que desmonta cualquier valoración cinematográfica para convertir la obra en un conjunto de testimonios poco hilvanados y alguno escasamente justificado.

Y este espectador, sin embargo, termina echando en falta algo esencial, la propia música de Aute con su voz; sus músicos, sus productores (especial relevancia a Gonzalo García Pelayo y a su ojo-oido musical en este país pues está detrás de muchos de los éxitos de finales de los 70 y la década de los 80), sus amigos, hablan de sus canciones, mucho menos de su poesía o de su cine, probablemente por incapacidad o imposibilidad de llegar a ese otro arte que le es ajeno, y donde es probable que el director debiera haber buscado en otros ámbitos la opinión del experto y no tanto la del amigo, pero al hablar de su música se ha optado, preferentemente, por usar, y abusar, de las versiones realizadas por otr@s en vez de dejarnos difrutar con la propia interpretación de Aute, y ahí la película, para mí, se equivoca, porque aun cuando las canciones de Aute ya son de todos, sin Aute no son lo mismo, y termina dando más relevancia a los artistas musicales que deciden homenajear a Aute en otoño de 2018 que al propio músico homenajeado. Como anunciaba Aute al inicio de la película, todo tiene luz y sombra y esta película lo demuestra en su propio concepto, salvo en lo que afecta a Aute, al que todo le ilumina de manera merecida.

AUTE RETRATO.

España. 2019.

Dirección: Gaizka Urresti.

Producción ejecutiva: Oihana Olea y Gaizka Urresti.

Guion: Nacho Cabana, Juan Moya y Gaizka Urresti.

Montaje: Juan Moya.

Fotografía: Pepe Añón.

Sonido: Sergio López Eraña.

Duración: 98 minutos.

 

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