En «La hija de un ladrón» la directora Belén Funes consigue eso tan dificil para una primera película como es no querer contarlo todo, no querer explicarlo todo, dejar a los personajes desarrollarse por si solos sin trampas ni juegos de trilero profesional. Aunque ello no signifique que estemos ante una película perfecta, ni mucho menos, pues hay momentos en que la moderación general se pierde, sobre todo en su tramo final. Resulta tan extraño encontrarnos con cine social en la filmografía española, acostumbrada al chascarrillo, el fresco histórico de dudosa exactitud, a la comedia costumbrista o a la copia de género del exterior, que hay que agradecer el esfuerzo y la honestidad de bajarse a las zonas más humildes y machacadas de este pais para mostrar que no todo es lujo, que no todo es risa, que no todo es pasado, o que no todo son jóvenes únicamente preocupados por sus aventuras sentimentales plagadas de hormonas. La película de Belén Funes está tan enganchada a la realidad que de tan doméstica, duele, y duele no tanto en la radiografía de un personaje desesperado cuanto por lo que de proyección de país implica.

El personaje de Sara, deslumbrante y prometedora presencia de Greta Fernández echándose a la espalda el mayor peso de la película, es el personaje de miles de jóvenes mujeres que luchan contra la soledad, la pobreza, la debilidad y precariedad de los servicios sociales, la maternidad anticipada; contra ese duro panorama laboral que aisla en guettos imposibles de abandonar a quienes dudan entre pagar la luz o el gas cada final de mes. «La hija de un ladrón» es Sara, y el ladrón es Manuel, interpretado por Eduard Fernández, padre de Greta y uno de los más solventes y polifacéticos rostros del cine español. Si Sara aparece constantemente dentro de campo, la figura de Manuel se hace tan presente cuando está en el plano como cuando la escena no le pertenece, pues entre hija y padre existe esa complejidad de las relaciones culpables, del abandono paterno y el desamparo en que Sara, con 22 años, y su hermano de 12, se han visto forzados a convivir desde la desaparición materna, abandonados por un padre poco modélico.

Pocas películas se atreven en España a adentrarse en la pobreza para mostrar personajes plenos de dignidad, el Lacuesta de la saga de la bahía de Cádiz, «Techo y comida» de del Castillo, como dos de los mejores ejemplos de un mundo que no atrae al creador ni al público español que utiliza el cine como mera evasión sin compromiso. No se trata de construir discursos teóricos que amenacen las bases del sistema como parecía que León de Aranoa o Icíar Bollaín iban a reclamar como abanderados, se trata de conseguir la crítica inherente por la vía del neorrealismo contemporáneo. Hay que mostrar la realidad para no engañarnos con los cantos de sirena de los números de eso que han dado en llamar la macroeconomía, que no es más que el resultado económico que nunca va a repartirse entre los que lo necesitan, pero que si van a sufrir cada efecto negativo de la evolución del sistema de manera más acusada que los que se encuentran en la cima monetaria del país.

En Sara se unen muchos componentes para que se convierta en carne de cañón, mujer, madre, joven, sin estudios, sin pareja, sin familia. Funes opta por el personaje fuerte que no se amilana ante nada pese a su discapacidad auditiva. Ayudada por estar acogida en una casa para madres jóvenes, sabe que se trata de una ayuda con fecha de caducidad antes de la que ha de haber encontrado un trabajo estable. El encuentro casual con un padre que se creía en prisión agita los cimientos poco sólidos de su entereza. Pese a continuar su marcha como si nada le afectara, el tiempo que le queda libre lo dedica a otra obsesión, refundar una familia desestructurada e intentar que el padre de su hijo la acepte a ella misma como pareja. Cada paso en falso en lo emocional y familiar va socavando esa fortaleza de la juventud, abrumada por la cantidad de responsabilidades y el escaso apoyo externo con el que puede contar.

Cada encuentro con ese padre se convierte en un espejismo en el que Sara cae una y otra vez en el engaño, como si realmente ese padre fuera recuperable y fuera a conseguir que tomara el papel de dirección que se le supone, liberando, al menos parcialmente, alguna de esas cargas imposibles de levantar. Si los precedentes españoles parecen claros, la película de Funes, en lo formal, sin tanto nervio en la imagen ni tanto movimiento en la misma, se acerca al gran cine de los Dardenne, espléndidos retratistas de los males de la juventud europea ocasionados por el voraz consumismo, la imposibilidad de acceso a la formación y al mercado laboral y por la dejación de funciones de unos padres que huyen de las responsabilidades, provocando una madurez anticipada en sus hijos, incapaces de soportar tanta tensión en tan poco tiempo. Los suburbios de Barcelona se parecen así, a los de Bruselas, a los de Londres o a los de París. Todo se vuelve gris, sucio y viejo por ausencia de cuidado público. Como intuíamos, a Sara le asusta algo más que la pobreza, quedarse sola en este mundo y en ese ambiente.

Título original: La hija de un ladrón.

Año: 2019.

País: España.

Dirección: Belén Funes.

Guión: Belén Funes, Marçal Cerbián.

Montaje: Bernat Aragonés.

Fotografía: Neus Ollé.

Reparto: Greta Fernández, Eduard Fernández.

Productor: Antonio Chavarrías. Productora: B-Team Pictures / Oberón Cinematográfica. Distribuida por B-Team Pictures.

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