En “Lo que arde” de Oliver Laxe, tercera película y tercer premio del director gallego en el festival de Cannes, se dan la mano la sencillez de las cosas cotidianas y la complejidad de las preguntas sin respuesta, de la duplicidad de sentidos y de la belleza de la destrucción. Probablemente no haya mayor belleza visual, y de contenido, en el cine del presente año, que esos cinco primeros minutos de película, tan asombrosos que uno tiende a pensar que se encuentra ante una historia de ciencia ficción con fuerzas desconocidas iniciando el fin del mundo. Y no es así, lo bello, y a la par, terrible, de esa escena de apertura es que es obra del ser humano. De la oscuridad absoluta empieza a proyectarse una iluminación que incide sobre el bosque, de repente, como si fueran palillos, esos altos y delgados árboles caen al suelo como empujados por una fuerza sobrehumana e invisible. La oscilación, agitación de ramas y caída simultánea de varios de ellos remite a ecos de desastres inconcebibles a partir de criaturas desconocidas. La explicación será más prosaica, dos máquinas abren paso en la noche del bosque hasta encontrarse ante un árbol misterioso, núcleo del bosque y centinela de lo milenario. Los faros de la maquinaria lo enfocan como a aquel monolito lunar encontrado por la expedición de Kubrick. La destrucción precedente sobrecoge, la facilidad con la que los árboles son tronchados abruma, pero al poco surge la duda, ¿sólo hemos visto destrucción o hay protección? ¿es una empresa maderera explotando el bosque o son los servicios de prevención de incendios abriendo un cortafuegos? Así es la película de Laxe, todo permite una doble lectura.

Como ese primer encuentro entre Amador y su madre Benedicta tras salir el primero de prisión tras “quemar todo el monte de Lugo”. El pirómano, del que nunca conoceremos razones ni motivos, vuelve a casa. Lo que parece frialdad o indiferencia en la recepción desaparece con una frase directa de la madre, “¿teñes fame?”; se retoma, con dos palabras, la normalidad del ayer, como si el paréntesis penitenciario no afectara para nada a los ritmos y costumbres de la familia, lo que se anuncia como rechazo materno se transforma en normalidad, del mismo modo que los ritmos naturales de las estaciones, las necesidades de los animales o el cuidado de los cultivos no se han visto alterados por la ausencia de Amador. Tras el preámbulo visual y sensorial se inicia una segunda parte, muy cercana a la docuficción, donde las miradas son reiteradas para proporcionar al espectador esa sensación de rutina acomodaticia de las vidas programadas por los ritmos propios de las cosechas, de los animales, de las inclemencias del tiempo. Entramos en un tiempo moroso donde la observación y el naturalismo alcanza plena identidad, algo muy propio del cine de Laxe, que deja crecer y respirar a sus personajes por sí mismos, fundamentalmente por sus gestos y comportamientos más que con sus palabras.

 

Apenas repuestos de ese inicio antológico de la película, ésta ha cambiado de registro de manera completa. Nos acercamos a ese mundo rural tan bien reflejado por Enciso, por Frammartino, por Pietro Marcello, por Bande; por esos directores que aúnan los esfuerzos del documental sin renunciar a crear historias de ficción alrededor de personas reales. Nos acercamos a ese Amador insondable de mirada cabizbaja, de silencio constante, con una abnegación por cuidar del monte que, al mismo tiempo siente amenazado. Es esa dualidad que acompaña la película en todo momento y que engrandece su propuesta alrededor de la ambigüedad, o quizás, más que desde la ambigüedad, desde el propósito de no dar respuestas evidentes al espectador para que éste dialogue con las imágenes y vaya sacando sus conclusiones, o incluso, no se pueda sacar ninguna irrefutable. Esa intencionalidad en la no revelación de las claves del personaje mantiene la inquietud sobre sus actos, pero nos descubre a una persona buena como hijo, bueno como vecino, bueno como trabajador, pero malo para las relaciones sociales.

 

Y esa falta de apertura hacia la gente también ha de entenderse necesaria y calculada para que la película mantenga su indefinición, su necesario halo de misterio, su duda permanente acerca de si lo que vemos es todo lo que tenemos que saber porque no hay más o porque en la mente de Amador no somos capaces de penetrar; es esa ambigüedad que da pie a un deslumbrante, nunca mejor dicho, epílogo, al mismo nivel de dominio técnico, de sentido narrativo y de belleza desde la destrucción que la escena de inicio. En una impecable transición visual la cámara deja de seguir a Amador al volante cuando se cruza con un servicio de extinción de incendios que acude a la llamada de auxilio porque el monte vuelve a arder. Durante minutos que no son muchos aunque intensos, pero de belleza incomparable, asistimos a los esfuerzos por salvar personas y animales ante el avance de la devastación por parte de ese grupo de trabajadores, Amador ha desaparecido, como tragado por el humo que todo lo rodea. Las casas abandonadas y el humo del fuego que se aproxima transforma las aldeas de la zona en pueblos fantasmales donde parecería que la gente hace tiempo que no vive (algo que no deja de tener su parte de verdad, como ya reflejara Diana Toucedo en “Trinta lumes”). Y cuando llega la noche nos adentramos en el infierno, metafórico y visual, lo que arde pasa del título a la imagen. Laxe, con la ayuda inestimable del más reconocible de los directores de fotografía del cine español actual, Mauro Herce, se introducen en medio del trabajo de la brigada forestal, iluminada por esos tonos naranjas y rojos del fuego en medio de la oscuridad. La impotencia del trabajo se transforma en belleza en imágenes. Los mismos árboles que eran arrancados de cuajo al principio ahora se transforman en elevadas antorchas de luz y calor. Otra vez la dualidad, la imagen nos transmite belleza, pero la belleza viene con destrucción.

 

Y el amanecer nos acerca a la devastación, a la dureza del resultado de una noche bella pero terrible, a la carrera desesperada de la vieja Benedicta buscando a su Amador, una carrera en la que se encierra el amor de una madre pero también la sospecha hacia el hijo, una sospecha que no impide el abrazo al mismo tiempo que desata el odio irracional y lleno de prejuicio del pueblo, una sospecha que también siente el espectador cuando la cámara deja de seguir al omnipresente Amador y nos quedamos con los bomberos. Ahora entendemos porqué Amador mantiene su reserva en las relaciones, porqué no quiere hablar ni acercarse a esa veterinaria que se interesa por él. Antes o después sabe que su pasado le pasará factura, justa o injustamente, y nosotros nos quedaremos con esa duda permanente, ¿fue o no fue el causante?, ¿se puede amar el monte y al mismo tiempo quemarlo? ¿quemar el monte es proteger la naturaleza de la invasión del turista o es mero egoísmo personal? ¿se quema porque se quiere o porque es más fuerte la atracción de la belleza momentánea que el paisaje de devastación posterior? Todo es opinable en las imágenes de Laxe, todo no puede tener respuesta, todos no podemos pensar lo mismo pero yo sí me atrevo a afirmar que “O que arde” tiene el inicio y final de película más bello de lo visto hasta ahora en 2019 y que el conjunto tiene enorme calidad.

Título original: O que arde- Lo que arde. ESPAÑA. 2019. Duración: 85 minutos. Dirección: Oliver Laxe. Guión: Oliver Laxe, Santiago Fillol. Elenco: Amador Arias, Benedicta Sánchez, Inazio Abrao, Elena Fernández, David de Poso, Álvaro de Bazal. Montaje: Cristóbal Fernández. Dirección de arte: Luis Bértolo. Escenografía: Luis Lema. Vestuario: Nadia Acimi. Sonido: David Machado, Sergio da Silva, Amanda Villavieja, Xavi Souto. Fotografía: Mauro Herce. Productores: Andrea Queralt, Xavi Pérez, Andrea Vázquez, Mani Mortazavi. Compañías Productoras: Miramemira, 4 a 4 Productions, Tarantula, Kowalski Films (España, Francia, Luxemburgo). Distribuidora: NUMAX

El estreno será el 11 en los cines Casablanca de Valladolid.

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