Si algo permite afirmar la última película del director británico Ken Loach, es la absoluta ausencia de alternativas políticas de izquierda para reparar los estragos en derechos, libertades y asistencia social provocados por la reacción neoconservadora de la década de los 80 del siglo pasado y que continúa aumentando el saldo de víctimas, trasladando al trabajador la responsabilidad de su futuro. La primera escena de «Sorry we missed you» se encarga de dejarlo muy claro, «serás el dueño de tu propio destino», le dice Maloney, el gerente de una franquicia de mensajería, a Ricky, el prototipo de falso autónomo que cree que podrá comprar casa, pagar deudas, proporcionar estudios universitarios y veranear en Mallorca, trabajando jornadas de 14 horas para ganar 100 libras diarias si no comete ningújn fallo, y ya se encargará el sistema de que esos fallos siempre repercutan en el trabajador.

Desde las primeras peliculas de Loach, su progresismo ideológico lo ha trasladado retratando las condiciones de vida y laborales de sus protagonistas. En más de 40 años de filmaciones nada ha mejorado, si acaso al contrario. Antes había un empresario al que culpar, ahora los obreros se creen empresarios y compiten unos con otros por las miserias del sistema. Nada que objetar al retrato, pero sí cabe reprochar a Loach que permanezca anclado en la superestructura de una relación laboral que ha desaparecido desde los tiempos de Tatcher y se ha transformado, en la que el poder económico, residiendo en las mismas manos, ha sabido sacar a flote lo peor del género humano. Cuando Loach decide seguir haciendo sus películas de «buenos» y «malos», ahora sólo utiliza obreros sin dejar de hacer el discurso que desearía cualquier oligarca de la City. Ahora el enemigo del obrero, que ya no se considera como tal, ha dejado de ser el dueño de la fábrica, el que ha decidido cerrar la producción, trasladarla a Polonia y amortizar la mano de obra, y para Loach el enemigo de la clase trabajadora se encuentra dentro de la propia clase trabajadora, mientras tanto el verdadero enemigo descansa tranquilo fuera del foco.

En definitiva la clase obrera ha pasado a ser clase media, la ideología ha desaparecido, y como buenos discìpulos de la economía liberal adoptada por los partidos de izquierda posibilista, sin libre economía, desregularización del mercado laboral y buenos números macroeconómicos no cabe esperar un buen sistema sanitario, un buen sistema educativo, buenos servicios sociales. En definitiva, sin que los ricos sean cada vez más ricos no cabe pensar en redistribución. El capitalismo ha conseguido la cuadratura perfecta, obsesionada la izquierda por conseguir indicadores económicos mejores que los de la derecha tradicional, coopera sin descanso en el aumento de las desigualdades y colabora sin freno en el avance de posiciones más extremistas de derecha mientras su discurso tradicional desaparece y el votante de barrio se lanza a votar mensajes populistas que centran el problema en la inmigración y en la bandera respectiva. Loach acierta en la fotografía y se equivoca de enemigo, quizás, como la que se llama izquierda, ha perdido la posibilidad de dar respuestas.

La película, por lo tanto, redunda en lugares comunes, en previsibles caídas cada vez más profundas, en simas de desesperación, endeudamiento y frustración. Las extenuantes jornadas laborales de Ricky y Abbie parecen meras anécdotas porque lo importante para Loach es intentar demostrar al espectador cómo ese trabajo afecta a las relaciones familiares, eje fundamental de su última película. Vemos a Ricky repartir a la carrera de una punta a otra de Londres sin quejarse ni una sola vez de las condiciones con las que sueña enriquecerse, pero sí le vemos contrariarse por los problemas familiares cada vez más crecientes, como si la vida familiar antes de aceptar ser una parte de la franquicia hubiera sido una balsa de aceite (aquí entra de lleno la arquetípica deriva manipuladora del cine de Loach de la última década y más allá, en el que lo importante del tema se pretende hacer pasar por cine importante).

En una película sobre un repartidor y una trabajadora social que cuida ancianos dependientes, el lugar fundamental de desarrollo de la acción es su propio domicilio. Loach culpa al capitalismo de la destrucción familiar y hace de «Sorry we missed you» cine panfletario de buenos sentimientos y de un conservadurismo social aterrador. Ausentes las soluciones parece que Loach sólo encuentra refugio en la familia, y la familia, por antonomasia, desde las primeras obras filosóficas de izquierdas, es el marco ideal para la reproducción y mantenimiento de los sistemas transmitidos desde el poder. La película no emociona, no empatizas con los personajes más que lo que harías con cualquier drama familiar de enfermedades, pobreza, desahucios,.....su puesta en escena es sobria, como casi siempre en el cine del director, sus actores solventes ante un retrato del individualismo del siglo XXI, pero su guión es flojo, esquemático, reduccionista, maniqueísta. ¿Cómo sentirse cerca de Ricky si no se cuestiona ni una sola vez el sistema y sólo sueña en enriquecerse y tener a su cargo otros subcontratados?. Loach no eleva la mirada hacia el poder, sino que centra su ataque en los intermediarios, otros trabajadores como Ricky pero un escalón por encima de él, con las mismas presiones y responsabilidades. Resulta complicado sentir que la culpa es de alguien más cuando los protagonistas quieren subir en su status económico a base de perpetuar las reglas, siempre y cuando éstas jueguen a su favor.

Título original: Sorry We Missed You. Reino Unido, Francia, Bélgica, 2018.

Director: Ken Loach.

Guion: Paul Laverty.

Producción: Sixteen Films / BBC Films / BFI Film Fund / Les Films Du Fleuve / Why Not Productions / Wild Bunch.

Música: George Fenton.

Fotografía: Robbie Ryan.

Montaje: Jonathan Morris.

Diseño de producción: Fergus Clegg.

Reparto: Kris Hitchen, Debbie Honeywood, Rhys Stone, Katie Proctor.

Duración: 100 minutos.

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