Antonio Altarriba y Kim. Foto: RTVE
Antonio Altarriba y Kim. Foto: RTVE

Tengo la impresión de que somos muchos los que tras la lectura de “El Arte de Volar” (Edicions de Ponent, 2009), una vez agotados los adjetivos y los elogios, solo pusimos la objeción del atropellado retrato de la esposa del protagonista. Frente a lo rico y lo matizado de la construcción del personaje principal o a la descripción directa y certera de otros personajes femeninos, Petra – a la vez, madre del autor – aparecía como un elemento subsidiario, antipático, beato y gris en estado sumo, del que apenas conocíamos su frigidez, su insensibilidad y su cerrilidad, en contraste con la riqueza del pensamiento de Antonio, su marido. Al igual que la madre de “La Casa” de Paco Roca, este personaje femenino aparecía del todo descolorido en comparación con su pareja masculina.

Año de edición: 2016.

Diseño, maquetación y edición: Norma Editorial

Guión: Antonio Altarriba

Dibujos: Kim

Formato: 256 páginas en blanco y negro, editadas en cartoné. 26x19,5

Precio: 23,90 €.

Consciente de ello, Antonio Altarriba (1952) – tal y como explicita en las palabras finales de esta obra – ha erigido un impresionante monumento a esa mujer a la que antes no fue capaz de perfilar de un modo adecuado. Así, después de desempeñar en “El arte de volar” un papel muy secundario, Petra se convertirá en “El ala rota” en la protagonista de su propia historia, en un nuevo ejercicio de introspección y de valentía – al estilo del Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell – de este fascinante guionista gráfico.

“El Ala Rota” es una obra conmovedora, que penetra en un núcleo oscuro apenas hollado por el arte: el laberinto social y psicológico de las mujeres de clase baja durante el primer tercio de siglo XX y el franquismo. A nadie se le escapa que se trata de una imagen femenina proyectada por un hombre; y, sin embargo, la agudeza y la convicción del autor y de su alucinante extensión plástica – el dibujante Kim – hacen de esta historia otro jalón imprescindible del feminismo gráfico.

1.

El nuevo trabajo de Altarriba y Kim va a girar alrededor de una imagen de alcance universal (el ala rota) que expresa como pocas la posición relativa de las mujeres en el contexto de la hegemonía patriarcal. El “ala rota” de Petra es su brazo izquierdo, atrofiado desde el mismo día de su nacimiento por culpa – otra vez – de la violencia masculina, pero cuya importancia ella había sabido ocultar, sin queja alguna, hasta reducirla a cero.

La primera escena, en la que Petra, ya anciana, agoniza en el hospital, muestra a los ojos atónitos del lector cómo el hijo descubre in situ el problema en el brazo de la madre. Jamás en su vida había reparado en aquel detalle y lo peor es que cuando consulte a su padre si conocía el estado del brazo de aquella con la que había estado casado unos 35 años, él le manifestará no tener ni idea…

La mujer, oculta bajo los ropajes eternos de ama de casa y madre ejemplar, es un ser invisible (¡transparente!), indigno de atención y sin aventura. Nadie ha considerado sus problemas ni sus razones; nadie le ha preguntado nada ni se ha cuestionado el porqué de algunas de sus reacciones. Y lo que es peor… a nadie parece haberle interesado lo suficiente… ni siquiera a quienes más la querían.

El “ala rota”, de este modo se convierte en un extraordinario símbolo que sirve como palanca de denuncia, no solo de la situación de oclusión de las mujeres humildes en la vida real sino también de su oclusión en los relatos construidos desde una literatura y un pensamiento profundamente machocéntricos.

2.

Otra de las formas de denuncia de la opresión de las mujeres se vislumbrará en la inscripción de la historia de la protagonista bajo las experiencias de cuatro hombres distintos, ya que ella por sí sola no parece capaz de liderar su propia aventura. Damián, Juan Bautista, Antonio y Emilio darán nombre a las diferentes fases de la vida de una mujer luchadora que solo al final logrará levantar algo el vuelo por encima de las cadenas impuestas por su sociedad. El padre, el jefe, el marido y el amigo son los moldes que Altarriba propone para la existencia vicaria de su madre, epítome de tantas otras existencias vicarias de las mujeres en España.

Después de un breve capítulo introductorio, semejante al que abría “El arte de volar” y que acoge, como ya hemos dicho, el certero símbolo del ala rota, esta particular Bildungsroman gráfica da paso a su primer capítulo, titulado “Damián. 1918-1942”, que se desarrolla en un pequeño pueblo vallisoletano, Pozuelo de la Orden, y que orbita alrededor de la tormentosa personalidad del padre de la protagonista. Su condición de republicano, de izquierdas, razonablemente culto y sensible al arte no le sitúa por encima del atávico patriarcalismo dominante ni matiza en absoluto su carácter violento que, por momentos, lo acerca a la animalidad. La niña resolutiva que es Petra, crecerá entre el sometimiento y la entrega voluntaria, bajo un imperio de machos, dentro y fuera de casa, que le dejarán como única defensa una triste pero saludable distancia respecto de su propio cuerpo.

El segundo capítulo “Juan Bautista. 1942-1950” se narra bajo el signo de la ciudad y de la personalidad masculina a cuyas órdenes está: el general Juan Bautista Sánchez González, capitán general de Zaragoza. Petra empezará a servir para él como gobernanta de su casa y descubrirá que la discreción y el silencio que la habían garantizado la supervivencia en el pueblo serán también su mejor baza en el ambiente de delaciones y miedo del primer franquismo, más aún en los círculos concéntricos más elevados del poder del Estado; por otro lado, conoce lo bastante del mundo de los hombres y cuenta con las suficientes dosis de ascetismo como para experimentar pequeñas victorias en su vida cotidiana.

Portada de 'El ala rota'.
Portada de 'El ala rota'.

La principal línea de tangencia con “El arte de volar” se desplegará en el tercer capítulo “Antonio. 1950-1985”. Ahí será donde, con toda probabilidad, el lector de ambas obras disfrute más con el juego de espejos. El dibujo de Petra como una mujer frígida, plana y beata, se descubre aquí tan solo como un punto de vista: el punto de vista del hombre que nunca se tomó la molestia de preguntarle el porqué. La penetración psicológica en el personaje, en esta parte, se nos ofrece como una revelación. A través de algunas secuencias fascinantes, no solo somos capaces de entender a aquella esposa tan poco agraciada del “El arte de volar” sino que asistimos a una verdadera epifanía al ver su despliegue en un tiempo y un espacio que le son propios. Así la descripción de su paciente conducta doméstica cotidiana, en particular al nacer su hijo, o su capacidad para convertir lugares abyectos en habitables, proyectarán una personalidad fuerte y equilibrada. Su propia decisión de poner fin a su vida sexual se convertirá a ojos del lector en un supremo acto de independencia personal, más potente aún si lo confrontamos con la dura personalidad de Antonio.

Por último, “Emilio. 1985-1998” nos hace retornar por enésima vez en la narrativa gráfica actual al ámbito del hogar de ancianos. En este caso, Petra vuelve a empezar a vivir en el ambiente opaco de una residencia de monjas. De forma paradójica, en aquel reducto que hubiera debido resultar claustrofóbico para cualquier persona, ella – una superviviente de la cárcel de mujeres que fue la vida cotidiana en la España del siglo XX español – encontrará un extraño espacio de libertad y conocerá el corto pero intenso vuelo de la amistad con un hombre; como si la libertad (¡el vuelo!) fuera algo mucho más impreciso de lo que parece, da la sensación de haber aprendido a volar bajo, pero a volar en definitiva pese al calamitoso estado de sus alas.

3.

Con “El ala rota”, Altarriba y Kim vuelven a hablarnos de una historia de España diferente a la que se cuenta en las escuelas. Por debajo de la sumisión de los campesinos y los trabajadores, aparece aquí con toda nitidez la sumisión de las mujeres a esos mismos estratos oprimidos por los poderes hegemónicos. Más allá de la pobreza, el analfabetismo y la falta de expectativas, la experiencia femenina se veía fustigada por la violencia, la vejación y el control del macho. En un medio como el del pueblo descrito al principio del libro, al que no debió de llegar apenas ninguna brizna de aire fresco en época de la República, el paso al franquismo se vive como un acontecimiento solo escasamente relevante y la posguerra es una sencilla elongación de la ruinosa existencia de preguerra.

Es más, al igual que ocurriera en “El arte de volar”, a excepción de algún discurso artificioso sobre la democracia, en la narración de Altarriba y Kim no existe transición política alguna… los personajes arrastran su difícil existencia por una tierra baldía a ambos lados de la muerte del dictador.

La eliminación de la Transición del discurso de estas dos novelas que como reza la contraportada, en efecto, “repasan la historia política española del siglo XX (…) a través de sus dos protagonistas” es uno de los elementos más elocuentes de estos relatos construidos a partir de la memoria. Mientras la historia oficial se ha empeñado y se empeña en sobredimensionar el significado histórico de una época y sus actores (Juan Carlos Borbón, Adolfo Suárez, Felipe González, etc.), la historia de la gente poco relevante pasa por esa época como por un continuum homogéneo y vacío. La historia de la “redención” democrática es “gran historia”, una versión por definición impostada, interesada y manipulada por los que detentan el poder y por sus aparatos publicitarios académicos. La historia del dolor inscrita en la “tradición de los apaleados” – que decía Benjamin – se cuenta sotto voce por parte de aquellos que saben guardar una saludable distancia respecto de sí mismos.

Tal vez sea ese uno de los elementos más sorprendentes en la lectura de esta segunda parte del díptico “El arte de volar” / “El ala rota”: la radical ironía que cimenta el relato. El guión de Altarriba ofrece una descarnada visión del mundo de sus padres, sin embellecimientos ni falsos decorados. El dibujo de Kim, quizás aquí más sobrio y más depurado (agradeciendo, a la vez, un ligero aumento del tamaño de la viñeta) vuelve a convertirse en el vehículo perfecto para la descripción de ese mundo inhóspito en el que hubieron de sobrevivir nuestros mayores.

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