El alcalde Óscar Puente y el director de la Seminci, Javier Angulo. Foto: Gaspar Francés
El alcalde Óscar Puente y el director de la Seminci, Javier Angulo. Foto: Gaspar Francés

Por una semana abandono el comentario de películas en cartelera y me centro en una de las actividades culturales de la ciudad que más preocupa a la cinefilia, por no decir la única. Ante la inminente renovación del actual director del festival, y queriendo abandonar la crítica hacia lo que considero mal hecho, trataré de apuntar una serie de ideas que hace años echo en falta en la vida cinematográfica de la ciudad y, en definitiva, en la iniciativa que un festival importante debería encabezar para pensar en el futuro y no en el status quo. No oculto que la iniciativa municipal de abrir un periodo de concurso para que se propusieran candidatos dispuestos a dirigir el festival la he vivido con esperanzas de cambio. No es culpa del actual equipo de gobierno que no se hayan presentado candidaturas solventes para renovar un proyecto que, creo, está agotado desde hace mucho tiempo, algo que puede entenderse como un síntoma más de la esclerotización de este festival que ha superado las 60 ediciones y precisa de un impulso renovador.

Tampoco es culpa de quienes forman parte del equipo rector del festival (7 concejales, 1 representante de la federación de asociaciones de vecinos, 1 de la Junta de Castilla y León y otro del Ministerio de Cultura, más el secretario y el interventor, es decir, un órgano eminentemente político, pero eso es otro tipo de debate diferente) que el proyecto más ilusionante y, en apariencia, más innovador, y que podía renovar al festival fuera presentado por una persona que no cumplía con todos los requisitos de las bases del concurso. Si el requisito de dominar o no el idioma inglés era imprescindible para dirigir un festival de cine es necesario, de hecho el candidato relegado ya había dirigido otro festival internacional especializado hace unos años, puede discutirse, pero si las bases del concurso exigían ese dominio y el candidato no lo tenía, es más importante respetar las normas y el procedimiento que dejarse llevar por filias o fobias. Se podía haber optado por designar sin concurso y se optó por la transparencia, no hay nada que objetar, las exigencias eran conocidas y a nadie puede sorprenderle quedar relegado por falta de méritos. Pero hablando de futuro, hablemos.

1º.- RIESGO. Para el futuro sería recomendable asumir riesgo, el riesgo en el cine es fundamental, como en casi toda manifestación artística, para que el propio arte progrese. Con o sin riesgo en el festival, el cine va a seguir arriesgándose. Si la Seminci no está dispuesta a abrir un escaparate al cine arriesgado y más novedoso nadie lo va a lamentar más que la cinefilia de la ciudad, porque ese cine cuenta con escaparates nacionales para circular. No aprovechar el panorama de renovación generacional, y en especial del cine español, permaneciendo anclados en las fórmulas de producción tradicionales, y porqué no decirlo, en los modelos de financiación televisivos, mantiene alejados a los espectadores del festival del cine español y, además, con el agravante, de que las más premiadas y reconocidas películas españolas se mantengan desconocidas. Sevilla sabe lo que es aprovechar esa ventana, como el D,A de Barcelona, luego si es posible y, además, cuenta con público y entusiasmo.

2º.- DESCUBRIMIENTOS. ¿Cuántas ediciones hace que el festival de Valladolid no descubre al público español un nuevo director de campanillas? Es verdad que internet, las plataformas digitales y la inmediatez de las mismas, permite que muchos veamos cine que tarda en llegar entre uno y dos años a las pantallas comerciales, si es que lo llegan a hacer, pero eso no es obstáculo para que el festival pueda hacer de altavoz a creadores llamados a dominar el reconocimiento artístico cinéfilo en los próximos años. A nombres como Moretti, Kitano, Güney, Loach, Davies, Dardenne........no le ha seguido nadie. Los premios son una cosa muy diferente a traer buen cine con perspectiva de futuro, dependen de un jurado cuyos gustos personales pueden ser más o menos comerciales, pero la labor de descubrimiento de esos grandes que permanecen ocultos por falta de riesgo empresarial corresponde a los festivales, porque estos no necesitan rentabilidad económica sino reconocimiento cultural. Han pasado más de diez años sin que un gran cineasta sea descubierto en España gracias a la Seminci, va siendo hora de conseguirlo, pero para eso hay que intentarlo.

3º.- CINEMATOGRAFÍAS. La falta de de una línea de dirección definida, la ausencia de concrección sobre el tipo de festival que se quiere, la falta de definición por un tipo de cine u otro, que se decante por Latinoamérica o por Europa occidental, por jóvenes o por asentados, por cine comercial de «qualité» o por cine de minorías, ha mantenido a la Seminci de espaldas a las cinematografias que, en su conjunto, han supuesto en los últimos años las mejores cosechas nacionales imaginables. Que una serie de títulos hayan pasado inadvertidos para el comité de selección para escoger subproductos procedentes de los mismos países resulta inexplicable, salvo si, como ya he dicho, ha terminado premiándose la falta de riesgo y el lenguaje convencional para no espantar a un público que acude al festival por tradición y no por amante de las versiones originales. Rumanía, Irán, Corea del Sur, Tailandia, Méjico, Chile y Colombia, por decir algunas de las naciones más potentes en los últimos años, han pasado sin pena ni gloria por la Seminci, de cara al futuro sería deseable centrar el foco en aquello que no va a poder llegar a la cartelera pero que viene siendo aplaudido festival tras festival, con la ventaja de que Valladolid no tiene que competir contra nadie, lo que le abre la posibilidad de selección mucho más que a los grandes festivales.

4º.- LA SEMINCI Y LA CIUDAD. ¿Para qué sirve un festival de una semana? Esto no es la semana santa, ni la feria. Un festival de arte tiene que tener vocación de permanencia, conseguir crear algo más que la expectativa previa al mes de octubre. La ausencia absoluta de actividades durante el año hace que el festival, ni cree nuevos espectadores para las salas comerciales, ni que el público pueda educarse y aprender a ver cine diferente. ¿Dónde están esos espectadores el resto del año? ¿Porqué protesta el público cuando empieza la proyección de una sala comercial en versión original si han entrado sin preocuparse de la opción de proyección?. Con la selección de películas de las últimas ediciones en la sección oficial, de las que más del 50 % venían ya con distribución programada y estreno previsto en España, se hace incurrir en el error al espectador de que el festival es una especie de premiére de lo que va a llegar a las salas en las semanas siguientes. De esta manera se confunde el festival con el comercio y se hace aparecer a la Seminci como una delegación avanzada de intereses empresariales muy diferentes a los que debe inspirar la exhibición cultural. La Seminci, como fue históricamente, ha de ser la feria de exhibición no el escaparate del producto ya vendido. Cuando la Seminci acaba, la ciudad se olvida del festival y no tiene opciones de recuperar el espíritu cinéfilo porque no existe programación alguna complementaria. Ante la inexistencia de una Filmoteca autonómica como tal, y la inexistencia de una Filmoteca municipal (ésta si sería una iniciativa cultural fantástica para crear ese necesario ambiente durante todo el año), corresponde a la Seminci mantener viva la expectativa de ver cine diferente.

5º.- RENOVACIÓN GENERACIONAL. Una de las cosas más deprimentes del festival es comprobar el progresivo envejecimiento del patio de butacas. Esto es casi generalizado para cualquier espectáculo, pero para un festival que no está pendiente del importe de las recaudaciones es especialmente grave porque supone acabar, en un futuro no muy lejano, con su propia existencia por agotamiento. Si es cierto que las nuevas generaciones se han acostumbrado al «todo gratis», a consumir cultura sin pagar, también hay otras evidencias que ayudan a la falta de público joven en las proyecciones. Una fundamental es la política de precios, que muchas veces suponen pagar por una entrada del festival más que por una entrada de un cine comercial. No ha existido ni una sola iniciativa para captar público joven mediante abonos a precios reducidos, precios más económicos para estudiantes, manteniendo un rígido sistema de tarifas aun cuando determinadas proyecciones queden con la sala a medio llenar. En un país que es especialista en dar la espalda a todo lo que huele a cultura, no es de extrañar que la gente joven se separe de todo aquello que no aparece en los medios de comunicación generalistas, en este sentido las posibilidades del Ayuntamiento en los colegios, institutos y universidad pueden ser limitadas, pero sin prolongar la actividad del festival el resto del año se convierten en nulas. De poco vale llenar el auditorio Miguel Delibes con colegios, eso aumenta el número de espectadores ficticiamente, pero no sirve para crear cantera alguna porque no hay continuidad, una película al año es como ir a las atracciones de la feria, pero no crea la adicción para que un@ de cada cien niñ@s ame el cine como una actividad necesaria el resto de su vida.

6º.- MEDIOS DE COMUNICACIÓN. Si el festival, su equipo rector y sus patrocinadores, viven pendientes del ruido interno de la ciudad no hay nada que añadir, la cuota publicitaria está asegurada. En la ciudad se habla, en los periódicos se escribe, en la calle se nota la presencia del festival durante esa semana. Si lo que se pretende es remontar una crisis evidente de presencia hay que aceptar un hecho incontestable, los medios de comunicación nacionales hace tiempo que dieron la espalda al festival, o dejaron de cubrir el día a día, o subcontrataron con agencias que lo mismo hablan de cine que de un accidente de tráfico, enviaron a becarios en vez de al redactor jefe, y de la prensa internacional mejor no hablar. Revertir esa situación solo se consigue, actualmente, con una renovación de secciones y de contenidos. Si de incógnito alguien de la dirección se introduce en los corrillos de los acreditados de prensa (sean estos profesionales de verdad o meros aficionados con blog propio entre los que me incluyo) verá, y oirá, que no exagero. Sin proyección exterior el festival no puede aspirar a crecer, si es que lo pretende, ni a alcanzar el prestigio que ha ido perdiendo en la última década.

7º.- SEDES.- Un festival sin sede digna sufre un serio desprestigio. El teatro Calderón es un edificio bonito, con un interior acogedor, en esa línea de viejo teatro burgués del XIX que tanto agrada, pero no nos engañemos, es un decorado pero es inadecuado para ver cine, entre otras cosas porque está diseñado como teatro y, por lo tanto, ajeno a un arte que no existía cuando se construyó, algo que es trasladable al teatro Zorrilla. Como sede para enseñar está muy bien, pero el problema añadido surge cuando se acude al catálogo de sedes complementarias. La falta de previsión propia de nuestro carácter haría pensar, en su momento, que el cine no moriría nunca, y que las salas comerciales eran una buena solución para una semana de festival. Con el progresivo cierre de salas, algo pavoroso en el centro de la ciudad, devoradas por la falta de espectadores y la necesidad de hacer dinero, cada año se hace más evidente que el Teatro Carrión no es aceptable como sede del festival, por no decir que es absolutamente decepcionante haber tenido que usar un espacio semiabandonado como éste, y que alquilar un número de salas de un cine comercial provoca situaciones absurdas que cualquier asiduo de la seminci conoce. En tiempos de crisis económica plantear invertir en cultura es un brindis al sol, pero si algo falla ahora mismo en la exhibición son sus inadecuadas salas de proyección, lo que invita a pensar si un festival que quiere volver a ser el segundo en importancia del país no debería plantearse la existencia de un auditorio para las artes escénicas y audiovisuales.

8º.- RECUPERACIÓN. Más pena da que cosas que funcionaban y venían reconocidas con un prestigio que nadie más tenía en España, se hayan ido perdiendo. «Tiempo de Historia» ha perdido nombres, contenidos y, sobre todo, rumbo. Del documental se ha pasado al reportaje, y de éste al reportaje televisivo. Además el propio festival, en una política incomprensible, opta por hacerse competencia, debilitando la sección más fuerte y que era la seña de identidad más propia, creando secciones paralelas para exhibir documentales bajo el título Doc España o Doc Castilla y León que no hacen más que dividir al público y crear desconcierto, pues no se alcanza a comprender las razones de la dispersión ni de por qué unas películas están en una sección u otra. Otro tanto puede decirse de los ciclos, algo que durante décadas fue otro de los puntos fuertes del festival ha pasado a convertirse en la hermana pobre, programado más por tradición que por voluntad. Manifestar que con el DVD e Internet los ciclos han perdido su sentido porque el cine clásico es más accesible no puede aceptarse. La pléyade de obras desconocidas e inencontrables permitiría recuperar ese viejo cine clásico del que la Seminci se ha apartado progresivamente. Todos los cinéfilos vemos cine en casa, pero siempre añoramos y deseamos ver cine en pantalla grande. Recuperar los clásicos exige tiempo y trabajo, búsqueda, documentación, recuperación y hasta restauración. Recuperar el atractivo de Tiempo de Historia y los ciclos debería ser un proyecto ineludible para el nuevo equipo de dirección.

Se podrían decir más cosas pensando en mejorar para el futuro, reflexiones personales que permitirían que en el año 2016, la Seminci no regalara la espiga de oro a otro festival español por rechazar dos auténticas obras maestras del año pasado. Con riesgo se puede fracasar, pero sin riesgo no hay grandeza. Expectante con la nueva edición, ¿más de lo mismo? Nada hace pensar en que se vaya a cambiar, pero todo el mundo puede rectificar. Incluso hasta mis gustos pueden cambiar.

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