Un momento de la actuación de Quilapayún en Zamora.
Un momento de la actuación de Quilapayún en Zamora.

Llegó Quilapayún a Zamora un 13 de julio de 2016 como quien llega a su casa. Ayuntamiento de izquierdas y movimiento social y político volcado en el evento. Pero no sólo, pues también había mucha gente mayor y jóvenes de todo tipo y condición que asistieron felices al concierto de conmemoración de los cincuenta años de un grupo que es una institución musical y política de Chile y América Latina y de lo que fue el exilio de sus crudelísimas dictaduras. Unas voces que han dejado una huella profunda en el imaginario colectivo del devenir político de Sudamérica, con temas como La Muralla, El pueblo unido o la escalofriante Cantata de Santa María de Iquique.

Hermanos musicales de Inti Illimani, Víctor Jara, Mercedes Sosa y toda una lista de egregios músicos del folclore sonoro americano. Quien estaba allí ya sabía a lo que iba. A rememorar un espíritu y unos cantos que fueron santo y seña de la revolución, pero que hoy son eso, el remedo de un proyecto que en sus bases y espíritu no parece miméticamente recuperable. Un concierto, ya de por sí posmoderno, que apela a las viejas emociones y aspiraciones, que las evoca mediante la complicidad colectiva, pero que sabe que su tiempo ya no es este, pues hoy son otros la estética y los eslóganes de indignados y movimientos de transformación política. Como quien canta los cantos de la revolución mexicana, alguno de los cuales se escuchó en la noche zamorana. Pero como decía Walter Benjamin, cualquier aspecto de la historia de la humanidad no es causal, sino que hay saltos en las reivindicaciones y en las luchas; y la recuperación de la memoria de esas luchas es mental, vivencial, y allí había mucha memoria y mucha vivencia.

Con el riachuelo de gente que iba confluyendo hacia allí, la plaza de la Catedral quedó llena a rebosar, de forma que pronto se terminaron las sillas previstas para el evento y algunos debimos sentarnos en los bancos de madera del lugar. La noche refrescaba, languidecía el sol sobre el cimborrio de la catedral que presidía la plaza y sobre el templete en el que se esperaba que aparecieran los músicos. Poco a poco la cúpula de la catedral se hizo menguante, por la paulatina oscuridad, y apareció la luna creciente de julio sobre el escenario. Y con su atuendo negro, de ponchos pampeanos y música de sonido andino, los miembros de Quilapayún ocuparon el espacio y dieron calor entrañable en la noche.
La primera parte fue previsible, con la ya mencionada Cantata de Santa María de Iquique; pero era a eso a lo que iban los más de los presentes, a escuchar el lamento de la quena en los solos entre voz y canción, y a invocar historias de obreros y metales al Sur del mundo. “El viento en la Pampa inmensa/nunca más se terminara”, cantaban los Quilapayún mientras soplaba el aire zamorano en la explanada de la ciudad. Sin embargo, la segunda parte resultó más festiva y variada, menos solemne, mucho más posmoderna. Si se inició con la Plegaria a un labrador, de Víctor Jara, conectando con la solemnidad de la primera parte, sin dejar de hacer paradas más graves con Manifiesto o Canción de América, pronto varió de tono para adoptar sones caribeños, con su clásico Tío caimán o Juana la cubana, andar por terreno de lo jocoso con los Círculos viciosos de Chicho Sánchez Ferlosio, o por la revolución mexicana con Carabina 30-30, y con incursiones en la poesía o en textos de doble sentido como las Conjugaciones de verbos irregulares (“Yo voto/Tú te abstienes/Él da un golpe de Estado/Nosotros nos exiliamos/Vosotros os solidarizáis /Ellos nos rompen las pelotas). Y la sorpresa de un tema sobre una mariposa que se llama Quilapayunia (Temenis laothoe quilapayunia), que de algún modo institucionaliza a los Quilapayún, como un homenaje, en el ámbito de las Ciencias Naturales. Y como colofón, no podía faltar La Muralla y ya en los bises Malembe y El pueblo unido, con el que la concurrencia se fue plenamente satisfecha.

Como la Magdalena de Proust, el concierto nos trasladó a otro tiempo, cuando esas canciones eran una promesa. Hoy no lo son igual, aunque para algunos, como es mi caso, son la materialización de la relación con muchos amigos de América Latina y tienen el valor inigualable del testimonio. Y en Zamora, lugar de sorpresas.

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