Representación de el Retablo de las Maravillas de Morfeo Teatro Clásico.
Representación de el Retablo de las Maravillas de Morfeo Teatro Clásico.

No es cuestión, ciertamente, de descubrir a estas alturas de trayectoria dramática impecable, la brega y el denuedo mostrados por Morfeo en los escenarios desde que la compañía se creara allá por el 2003. Pero sí de observar cómo esta vez sus componentes se esmeran en dos aspectos que ya apuntaban anteriormente, cuales la estética plástica y –sobre todo- la visión ácida, altamente corrosiva, de la sociedad española en 400 años, pues este retablo es tan clásico y barroco como cubista y actual.

Y es que el título, cual mágico artilugio de burladores faranduleros, no debe llevarnos a engaño: tanto hay en este Retablo de las maravillas del tal entremés como de los demás de su autor, amén de otros tantos ingredientes cervantinos, literarios y vitales, pues hasta el mísmísimo don Miguel se persona en escena, justiciero deus ex machina, fustigador de endémicas corruptelas nacionales. Y a fe que no deja títere con cabeza, nunca mejor dicho, ya que desde su quijotesca intervención como a peleles trata a los poderes del gobernador, el alcalde y el recaudador concejal del pueblo donde tal función se representa. Enmarcada por el Guernica de Picasso, diríase castañuela entre barroca y cubista que, no obstante, no deja de recordar a aquella inolvidable de los setenta.

Se dice del cubismo que es capaz de plasmar, en dos dimensiones y al mismo nivel, todas las caras de cualquier persona u objeto. Y así en este retablo podemos observar, palpar y escudriñar todas las facetas de los poderes -especialmente el político y el económico- que en él se representan y satirizan. Y hasta regodearnos en sus mezquindades y miserias, como a través de una suerte de prisma deformante valleinclanesco nada declarado, si bien ya apuntado desde su apuesta por una estética plástica barroca –atención al vestuario-, a la par que picassiana.

Todo ello apoyado en un especial cuidado en la interpretación, marca de la casa, rematado por un contenido saludo final muy a lo Tadeusz Kantor. Quizá sólo desluciera una excesiva duración del espectáculo -ofrecido el 8 de octubre en el C.C. Amaia- para lo que suelen aguantar las hiperactivas posaderas de hoy en día, así como la poca capacidad del coliseo irunés para abarcar la complejidad escenográfica requerida. Nada que no pueda ser corregido para un futuro inmediato. En suma: un buen espectáculo tan clásico como corrosivamente contemporáneo.

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