Fotograma de FORUSHANDE (The salesman) de Asghar Farhadi.

Sin que modifique mi opinión de que a la Seminci le falta riesgo y otro tipo de cine y de historias en su sección oficial, sigue mejorando el nivel medio de las películas a concurso. Enredados en dramas familiares y culturas exóticas, imagino al arzobispo de Valladolid cada semana santa preguntándose dónde está toda esa gente que acude a las procesiones el resto del año, pues algo así se preguntarán los pequeños exhibidores de la ciudad cada Seminci, ¿dónde está este público, que va a ver cualquier cosa que se proyecta durante el festival, y además en versión original, el resto del año?, ese público que protesta si al cine se le ocurre proyectar una película sin avisar de que está subtitulada o que obliga al exhibidor a programar esos pases en horarios clandestinos. El análisis al final del festival, claro.

ASÍ VA LA SECCIÓN OFICIAL

1ª.- FORUSHANDE. 8,5

2ª.- KING OF THE BELGIANS. 8

3ª.- LA MADRE. 7

4ª.- AQUARIUS. 6,5

DOKHTAR. 6,5

5ª.- DEV BHOOMI. 6

5ª.- INHEBEK HEDI. 5,5

ANATOMY OF VIOLENCE. 5,5

ESHTEBAK. 5,5

6ª.- LES INNOCENTES. 5

7ª.- EL CIUDADANO ILUSTRE. 4,5

8ª.- LAS FURIAS. 4

9ª- LA CIÉNAGA. 3

FORUSHANDE (The salesman) de Asghar Farhadi. Tra ser exhibida en 21 festivales, la, hasta ahora, película más redonda de este festival, conjuga historia, interpretación, originalidad, sugerencia en imágenes, planos muy reconocibles del cine iraní, cristales mojados, deshielos, espejos que ofrecen dobles visiones, salpicando un relato de crimen y castigo con pequeñas notas que dibujan la realidad de un país que, si consiguiera alguna vez la libertad, nos ofrece un potencial cultural y educativo muy interesante. La noticia, quizá, hubiera estado en que Farhadi hiciera una mala película, enlazando éxito tras éxito y convirtiéndose en uno de esos directores siempre presentes en la agenda de Cannes, Farhadi ha pasado a engrosar el listado de grandes directores iraníes, a los que, es posible, la censura del país, y el apoyo siempre necesario de Francia para hacer cine en todo el mundo, les haya ayudado sobre manera para hacer de lo sutil, y lo no explícito, una marca de la casa y una manera de adecuar el tempo y el contenido cinematográfico a lo que las autoridades están dispuestas a aceptar. Que Arthur Miller pueda representarse en Teherán y en qué condiciones ya es un reto, utilizar de manera paralela el montaje y representación de «Muerte de un viajante» junto con la trama principal de la historia proporciona un resultado muy apetecible. Una cama revuelta y un salón vacío son las primeras imágenes de lo que no tardamos en reconocer como un escenario, justo a tiempo de que un edificio sea desalojado por amenaza de hundimiento. Son las brechas de esas paredes donde viven Emad y Rana, interpretados por dos habituales rostros del cine iraní, Shahab Hosseini y Taraneh Alidoosti extraordinarios, como algún otro que aparece en el reparto, las que anticipan la fractura de una relación estancada, en busca de un hogar y con el conciso detalle de la falta de hijos que, silenciosamente, se encuentra en el fondo de alguna de las heridas. Esa erosión está a la espera de un hecho grave, de un acontecimiento que permita situar a ambos frente a frente y contemplar el fín de lo que no termina de caer. Esa circunstancia será el asalto que sufra en su casa la mujer, un asalto en fuera de campo, donde persistirá la duda de si hubo abuso sexual o no, algo que, ante la sospecha, induce a la mujer a no querer denunciar. Una cultura donde la mujer tiene todas las de perder, pero que no por ello calma a Emad en sus ansias de encontrar al agresor y proporcionarle el castigo conveniente. Para un occidental resulta complidado aceptar la reticencia inicial, no avisar a la policía, eliminar los vestigios........no podemos juzgar los comportamientos con los stándares de aquí, pero Farhadi lo explica, y lo hace muy bien, otra cosa es que podamos compartirlo y la situación no repugne. Por más que la mujer intente olvidar y eliminar evidencias, éstas terminan apareciendo de la manera más inesperada y cayendo en manos del marido, quien opta por la obsesión personal como justificación ante una derrota de pareja. Y la excelencia de la película no significa que ofrezca un mensaje compartible, dejémoslo en que el sistema te obliga a seguir un comportamiento en el que terminan primando sentimientos de compasión o perdón que, probablemente, en caso de ser un hombre el atacado, funcionarían de otra manera. Por eso el final, que conviene no revelar porque encierra un núcleo dramático extenso y progresivo de muy alto alcance cinematográfico, con un dominio absoluto del espacio y de la iluminación, un tanto tétrica frente a la del verdadero hogar, termina convirtiendo en víctima a quien nos es imposible compadecer, del mismo modo que culpabiliza al que aparenta comportarse sin piedad. No se apuren si no la ven, se estrena muy pronto, aunque es posible que se tengan que enfrentar al doblaje, algo que importa durante todo el año al público de Valladolid, menos durante la Seminci.

Fotograma de Inhebek Hedi.
Fotograma de Inhebek Hedi.

INHEBEK HEDI, de Mohamed Ben Attia, otra película con estreno programado en nuestro país y que ya ha sido exhibida en 14 festivales precedentes. Un cine muy reconocible en la Seminci, muy propio de un festival dado al conflicto generacional, a ser posible en el norte de Europa, y en su defecto, en culturas del norte de África o del asia musulmana. Hedi es un joven taciturno, apático, poco comunicativo, que está a punto de casarse, minusvalorado por una madre dominante, de la que escapó el hermano mayor, el preferido de la familia. Un joven nada productivo en el trabajo, que trata de escabullirse a la más mínima. Es un hombre sin horizonte, encapsulado en un país que le asfixia, condenado a vivir en la misma casa que la madre, quien ha diseñado al completo el futuro de Hadi y su pareja, una especie de matrimonio concertado, sin posibilidad de conocerse realmente antes de celebrar la ceremonia. En esa tesitura, Ben Attia incorpora el recurso fácil de introducir a una mujer en la historia, una mujer liberada del yugo de la tradición, tunecina también, pero trabajando como animadora hotelera en un país que sufre las consecuencias sucesivas de la primavera árabe y los salvajes atentados en zonas turísticas, un hotel que funciona como mundo paralelo para Hedi durante unos días en los que, desplazado de la central de su empresa, opta por ser un turista más. Un amor de esos de película que surge de la nada y en apenas una semana, y que revoluciona completamente la perspectiva de Hedi, que tendrá que luchar en los días previos a su boda entre seguir con la tradición, cortar amarras y romper con todo o quedarse varado en tierra de nadie. Abusando del estilo Dardenne (coproductores de la película), Mohammed Ben Attia propone un interesante dilema entre tradición y libertad, entre madres dominantes e hijos indolentes, que cae en el tópico en muchas de las ocasiones, salvado por una más que correcta interpretación del protagonista, pero que termina entrando en un bucle en su tramo final, cerrado de manera abrupta como no cabía otra opción para que el espectador imagine el resto, un final que, dicho sea de paso, podía haber ocurrido en otras tres o cuatro escenas anteriores y el resultado hubiera sido el mismo.

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