El director de la Seminci, Javier Angulo, a la derecha, junto a autoridades en la alfombra roja del festival. Foto: Gaspar Francés
El director de la Seminci, Javier Angulo, a la derecha, junto a autoridades en la alfombra roja del festival. Foto: Gaspar Francés

Hay que reconocer un mérito exclusivo al director del festival, en su propósito inicial anunció que una de sus aspiraciones era unir el gusto del público con el gusto del jurado. Esto se ha logrado, pero para ello se pueden seguir diferentes vías. Tiempo ha tenido este equipo, van ya siete u ocho ediciones, para que el público se acostumbrara a otro tipo de cines, que los hay, educar el ojo para que el cerebro discurra más allá del entretenimiento. Ni lo ha hecho, ni lo pretende, obsesionado por aumentar el número de espectadores como señal de éxito. La comparación es bien fácil, ¿son los mejores libros, los mejores espectáculos, los mejores programas de televisión los que más público atraen? El incremento del público es un éxito para un empresario que vive de ello, el incremento de público de un festival autodenominado “de cine de autor” mediante la pérdida progresiva de la calidad de las películas a concurso me parece sinónimo de fracaso. “Cine de autor” y “gran público” son términos antitéticos, seamos valientes y eliminemos la etiqueta de cine de autor, porque la Seminci discurre avocada al cine familiar, al cine amable, al cine plano y sin riesgo. Es un cine que no me interesa, como a una gran parte de la cinefilia de la ciudad y de fuera, pero es un modelo. Como modelo, y si los responsables creen que funciona, que lo defiendan, pero como lo que es, no como lo que nos avergüenza decir que se trata en realidad, si queremos seguir aumentando el número de espectadores terminaremos asistiendo a estrenos parecidos a “8 apellidos vascos” porque una vez decidido ofrecer aquello que pensamos que va a gustar al mayor número de personas, el camino de la degradación es imparable.

Rueda de prensa para anunciar el palmarés de la 61 Edición de la Seminci.
Rueda de prensa para anunciar el palmarés de la 61 Edición de la Seminci.

El modelo de festival está ahuyentando al público de siempre, ese que se reconoce de año en año en las sesiones de la sección oficial; ahuyentando y espantando por partes iguales ante tanta complacencia con un cine sin marchamo de profundidad, presentando películas cortadas por el mismo patrón, unificadas por una obsesión hacia el tema de la familia, algo que termina confundiendo unas proyecciones con otras debido a sus similitudes. Por otro lado el festival está atrayendo al público de cine de fin de semana, el que quiere un cine sin problemas, fácil de entender y de final feliz, a ser posible con bonitos paisajes, cierta ternura sensiblera y un porcentaje de humor reconfortante. Un cine digerido y precocinado, imágenes clónicas en las que la construcción de la imagen se limita a la colocación de una cámara sin grandes aspiraciones artísticas, un mero contar una historia lineal. Nada mejor que escoger películas del catálogo de las distribuidoras españolas para conectar al público con el cine exhibido. Ausente el riesgo en la inmensa mayoría del cine que se proyecta en ese circuito, cada vez más raquítico, de la versión original, no es de extrañar esa simbiosis perfecta entre público poco exigente y lo que termina ofreciendo la Seminci. Si se repasa el palmarés del festival de las últimas ediciones solamente una película ha resistido el paso del tiempo, “Copie conforme”, casualmente de Abbas Kiarostami, uno de los damnificados en esta edición. Si además se cuenta con la inestimable ayuda del jurado para terminar de cuadrar el círculo, podemos encontrarnos ante decisiones inexplicables, como las del presente año, bien entendidas desde un premio del público, esquizofrénicas para un jurado que ha silenciado a la única gran película que se proyectó durante la semana, la iraní “Forushande”; pero como el jurado no deja de ser un grupo de espectadores, y asusta el progresivo deterioro de exigencia en los públicos, no es de extrañar que un director como Virzi termine siendo premiado en un festival con esta historia, lo que no es más que un ejemplo claro de por dónde discurren los festivales y su rendición a la industria.

El tratamiento, rigor y cuidado que la Seminci está ofreciendo año tras año en sus ciclos resulta lamentable. Preocupados por hacer de todo una fiesta, el “día de….”, “el cine y la moda”, “el cine y el vino”, regalando espigas de oro como si no hubiera un mañana a cualquiera que se deja hacer una foto en directo; los ciclos se van arrinconando, se programan sin sistemática, no se consigue ni traer el homenajeado. Si el año pasado el gatillazo fue con Coppola, este año hacer un ciclo Linklater, incompleto, y encima no conseguir ni al director, se antoja lamentable, por no decir que programar un ciclo Linklater y no conseguir que su última película tuviera la “premiére” en España en Valladolid es otro fracaso; anunciar el ciclo y estrenarse su última película fue todo uno. Qué decir del lamentable tratamiento dado a Kiarostami, siguiendo la tesis de “el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro”, aprovechando berlanguianamente la muerte de dos grandes del cine como Kiarostami y Cimino, se traen películas al festival para sumarse a un carro que no trasciende de la ciudad. ¿Por qué seis películas de Kiarostami, por qué no un ciclo completo, por qué lo no estrenado en España no se ha programado? Por las mismas razones que el ciclo de cine chileno carece de sistemática, de rigor formal, ni se explica el porqué de muchas de las seleccionadas y los clamorosos olvidos de grandes nombres del momento, ni se explica por qué se caen películas el día antes y nos da lo mismo el evidente fracaso de público ante el desinterés por publicitar una cinematografía que se merece muchos aplausos en la actualidad, pero cuyo cine de hace 15 años quizá no merecía estar tan representado y tan olvidado el del último lustro, exhibiendo películas estrenadas en la cartelera cuando sus directores tienen verdaderas joyas desconocidas para el público español.

Alfombra roja de la gala inaugural del festival. Foto Gaspar Francés
Alfombra roja de la gala inaugural del festival. Foto Gaspar Francés

Otro “éxito” del festival es homenajear a un país y no ser capaz de programar ni una sola película de Chile en la sección oficial, algo que tampoco se explica desde los responsables, que no ha solido suceder desde que se ha optado por esta fácil forma de rellenar programación poniéndote de acuerdo con la agregaduría cultural de un país y ofrecerle una promoción durante una semana de sus productos. Quién y cómo, y entre qué, se escoge para los ciclos temáticos de un país es una pregunta bastante interesante que hacerse para el futuro. Otra paradoja de este festival de autor es cómo da la espalda al nuevo cine español perdiendo una cuota de mercado festivalero que ha agradecido San Sebastián en su lado más comercial, y Sevilla en su faceta más arriesgada y atractiva, sin mencionar que nuevos directores y programadores de festivales, como el de Orense, se han lanzado a programar verdadero cine de autor que nos llena de envidia a los que deseamos otro tipo de festival. No es de extrañar en un festival capaz de rechazar en la edición anterior la última película de José Luis Guerín, sirviendo en bandeja de plata un “caballo ganador” al festival de Sevilla y despreciando una película española que va a estar en la práctica totalidad de listas de lo mejor del año en 2016, como ya apareció en unas cuantas internacionales del años 2015, éste es el modelo de Seminci, miedoso y que trata al público como un ente sin capacidad de raciocinio.

La repercusión del festival fuera de la ciudad es escasísima, basta con consultar los periódicos “on line” del día después de la inauguración; ninguna relevancia, ningún interés por seguir un festival que a los profesionales de la prensa no puede atraer porque la inmensa mayoría de películas han sido vistas a lo largo del año en multitud de festivales (hay varias películas de este festival que han pasado por más de 20 antes de llegar a Valladolid), incluso ya había varias películas no solo estrenadas en el mundo culturalmente avanzado (no, España no forma parte de este mundo) sino editadas en DVD. Aquellos años en lo que ganar en la Seminci significaba aumentar la rentabilidad comercial de un estreno han pasado a la historia, ahora, si acaso, quien puede, y tiene derecho a quejarse, es el exhibidor local. Películas vistas por más de 2000 personas en la ciudad, cuando llegue su estreno comercial en salas, pasarán sin pena ni gloria por la cartelera local, ya ha pasado con “La madre”, de Alberto Morais, una de las pocas películas dignas a concurso, y pasará con el resto, porque la Seminci se ha convertido en una competencia directa a las salas al programar el mismo tipo de cine, convirtiéndose en una fiesta del preestreno comercial en versión original, eso que espanta al público el resto del año pero que durante la Seminci es aceptado por las mismas personas como una concesión a un acto social al que hay que acudir, como quien asiste a las procesiones, a los homenajes religiosos amparados por las autoridades, a la feria de día o al desfile de motoristas y no ha visto una moto en su vida. La Seminci se ha convertido en un acto social al que acude la gente para decir que ha estado, su importancia dura lo que dura el festival, a partir del pasado lunes no ha aumentado la afición al cine en esta ciudad, ni los espectadores van a ser más exigentes, ni van a ir a ver más cine subtitulado, pero dirán que han estado en el festival y han visto la ganadora. Para esto no necesitamos gastarnos todos los años más de dos millones de euros, sólo necesitamos más fiestas, más danzas indias y más alfombras rojas para dejarnos ver, porque en el fondo, el cine interesa más bien poco a todo el mundo.

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