Panorámica del Auditorio Miguel Delibes en una actuación de la Oscyl.
Panorámica del Auditorio Miguel Delibes en una actuación de la Oscyl.

La Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCyL) celebra sus veinticinco años de vida y acaba el año, el quinto de la temporada, con un concierto dirigido por el maestro Jesús López Cobos, su director emérito, una batuta de largo reconocimiento internacional, que guía a la orquesta con una mano segura y expresiva, que hace brillar a la orquesta siempre, especialmente cuando las obras son complejas.

lopez-cobos-web-630x421EN EL AMANECER

El viernes y el sábado pasados, los aficionados hemos disfrutado de un concierto que presentaba dos obras bien contrastadas, la sinfonía número 6, “La mañana” de Joseph Haydn y “Una Sinfonía Alpina” de Richard Strauss. Dos obras descriptivas, si se quiere, del paso del tiempo a lo largo de una parte del día, la de Haydn, y del día completo, la de Richard Strauss. Dos obras bien diferentes: la primera perteneciente al clasicismo, la del maestro alemán compuesta bajo la estética del final del romanticismo. Su interpretación ha conmovido mi sensibilidad, una escucha que me han inspirado unas ideas, que he querido compartir con los lectores, como homenaje a la propia música y especialmente a la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, cuyo cumpleaños celebramos.

EL PULSO DE LA MAÑANA

El alba brota y rompe el ruido oscuro de la sombra más extensa. La luz ha sobrevivido a Nix, la diosa de la noche que, de sus amores con Erebo, nos regaló a Éter, la luminosidad, y a Hemera, el Día, a quienes describe Haydn con sensibilidad y alegría, con satisfacción y hasta con humor. El sol emerge como los primeros compases de esta sinfonía de Haydn, desde el silencio, en un crescendo imparable y sólido, hasta lograr la emergencia, desde la noche, del firmamento azul. Con la música de la mano, “Todo era azul delante de aquellos ojos y era / verde hasta lo entrañable, dorado hasta muy lejos. / Porque el color hallaba su encarnación primera / dentro de aquellos ojos de frágiles reflejos. // Ojos nacientes: luces en una doble esfera. / Todo radiaba en torno como un solar de espejos. / Vivificar las cosas para la primavera / poder fue de unos ojos que nunca han sido viejos”. (Miguel Hernández)

Al amanecer, “de tanto azul el cielo / duda, salvo las sombras altas / que el rojo inflama” (Fermín Herrero). La música emerge y la imaginación enlaza los recuerdos de tantas auroras vividas con los deseos de dibujarlas alegres y saltarinas. La naturaleza despierta alegre y se despoja del disfraz oscuro con el que se ha protegido durante aquellas horas en las que dominaba la negritud. Así pues, la oscuridad, necesitada de su propia catarsis, la lleva a desarrollar, como decía Nietzsche, el sentido de la tierra, de la “madre completa” (Juan R. Jiménez) y se convierte en luz, productora de sombras, que no son otra cosa que aquello que parece, pero que no es; sombras convertidas en la parte de orgullo y vanidad que cubre la realidad, cuya supervivencia permite la existencia de tantas versiones de la vida, hasta el extremo de que nuestro ojo, el del entendimiento, y nuestro pulso, el de las emociones, se tocan y hasta se entremezclan y confunden. Porque no todo es luz en el amanecer, ni en el día. Le sucede a la luz como a la música, que es posible precisamente porque existe el silencio: la luz, como una paleta de color, se manifiesta y existe por su propia descomposición en un abanico de colores. “En la mañana verde, / quería ser corazón. / Corazón. // Y en la tarde madura / quería ser ruiseñor. / Ruiseñor. // En la mañana viva, / yo quería ser yo. / Corazón. // Y en la tarde caída / quería ser mi voz. Ruiseñor” (F. García Lorca).

ENTRE LA MAÑANA Y EL AZOTE DEL RECUERDO

No he conocido amaneceres más bellos que los del desierto del Sáhara. Fueron precisamente aquellos amaneceres, enigmáticos y seductores, los que vencieron noches de nieblas tan intensas que resultaban invivibles. Eran noches ciegas, vencidas por amaneceres que se desplegaban como cuadros vivos, con tonos rojizos y amarillentos tan bellamente combinados que nunca podré olvidar. Los recuerdo emergiendo, como los primeros compases de Una Sinfonía Alpina de Richard Strauss, de la oscuridad más intensa, del sonido oscuro y grave del peligro y el miedo, derivados de la soledad y el riesgo.

Aquellos amaneceres de mis recuerdos coincidieron con los últimos preparativos de la Operación Golondrina, que iba a sacarnos, a los soldados españoles, del Sáhara e iba a condenar a los saharauis a una travesía que dura todavía. Una travesía sin maná. “Nunca sabremos quién forjó la palabra / para el intervalo de sombra / que divide los dos crepúsculos” (J.L. Borges). Pero aquellos amaneceres de finales del otoño y comienzo del invierno de 1975 no se detuvieron sino que devinieron en un bosque de recorrido muy difícil, donde no hubo arroyos que mitigaran los riesgos reales y los miedos bien fundados. Aquellos pastos emergieron como cascadas ruidosas de tambores de guerra, perdidos en una espesura de tensiones que obligaban a la vigilia y al silencio defensor, a la oscuridad y a la esperanza de que la diosa Hemera se hiciera presente. Los tonos rojizos del amanecer representaban no la guerra sino la esperanza. Y, como dibuja Strauss en su sinfonía, lo que la luz y la esperanza significaban para mí traía consigo una consecuencia, desconocida entonces por mí y no deseada: la niebla, el temporal, la tormenta, la puesta del sol y de nuevo la noche, una noche larga, muy larga para quienes habían sido nuestros vecinos y compatriotas hasta entonces, a quienes esperaba la plaga del incumplimiento de tantas promesas y compromisos. “Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío: / claridad absoluta, transparencia redonda. // Claridad sin posible declinar. Suma esencia / del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre. / Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia / acercando los astros más lejanos de lumbre” (Miguel Hernández).

CADENCIA PERFECTA

Recuerdo la formación, existencia y desaparición de la Orquesta Sinfónica Ciudad de Valladolid, creada en 1982 y disuelta en 1990, y a su director titular Luis Remartínez. Fueron ocho años de disfrute y placer estético truncados por culpa del dinero y, sobre todo, de la bisoñez, la cicatería y la estupidez de algunos responsables políticos de la ciudad y de la comunidad autónoma. Recuerdo con verdadero gozo el nacimiento de la OSCyL en 1991 de la mano del director Max Bragado Darman y su larga peregrinación por los teatros Carrión y Caderón de Valladolid; su periplo extraño y dificultoso para los músicos por el Teatro Lope de Vega como espacio para los ensayos y, por fin -¡gracias a todos los dioses!- su destino definitivo en el Auditorio Miguel Delibes, con un concierto inaugural en 2007, tan esperado como hermoso, acompañando a la pianista María Joao Pires, dirigido por Alejandro Posada. La suerte ha querido que las numerosas dificultades sufridas por la orquesta durante tantos años de travesía del desierto, sin sede definitiva, sin espacios adecuados para los ensayos de los profesores de la orquesta, que han significado un gran sufrimiento tanto para los músicos como para los aficionados, nos hayan llevado a todos a un auditorio en el que, ahora sí, la orquesta brilla como lo que es, como un conjunto de alto nivel, que sorprende a los directores y a los solistas que no la han conocido antes de su intervención y que no esperaban un instrumento tan bueno, bien conjuntado, seguro y dúctil, expresivo y obediente, enamorado de lo que hace. Han sido veinticinco años de placer estético y cultural sublime, en los que la OSCyL ha paseado el nombre de nuestra comunidad por medio mundo y, sobre todo, que ha contribuido a hacernos más sensibles, cultos y felices a cuantos amamos la música. Una cadencia perfecta que se desea intemporal.


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