Antonio Lopez contempla una de sus obras en la muestra. Foto: Gaspar Francés
Antonio Lopez contempla una de sus obras en la muestra. Foto: Gaspar Francés

El Museo de Arte Contemporáneo español Patio Herreriano de Valladolid presenta la exposición “Realistas” con la que pretende relanzar su actividad después de un periodo de atonía a consecuencia del cese de su anterior directora y sin que se haya elegido, aún, al nuevo responsable del funcionamiento del museo y, en consecuencia, de la gestión de la Colección Arte Contemporáneo que ha sido su espina dorsal desde la inauguración del centro.

REALISTAS

Museo Patio Herreriano

Del 19 de enero al 26 de marzo de 2017

De martes a viernes de 11:00 a 14:00 y de 17:00 a 20:00 horas.

Sábados de 11:00 a 20:00 horas (ininterrumpido).

Domingos de 11:00 a 15:00 horas.

Cerrado los lunes (excepto festivos)

A través de diez artistas (Antonio López [que hoy ha visitado la exposición], Julio López Hernández, Francisco López Hernández, María Moreno, Isabel Quintanilla, Esperanza Parada, Amalia Avia, Carmen Laffón, Cristóbal Toral y José Hernández) y más de un centenar de obras se propone una revisión de esta tendencia artística que, tras quedar relegada por las vanguardias, saltó a la actualidad con la recuperación figurativa desarrollada a partir de los sesenta del siglo pasado. La exposición se justifica no sólo por sí misma sino porque el Patio Herreriano conserva una obra de algunos de los más significativos de los autores citados Antonio, Julio y Francisco López: Los Reyes Juan Carlos y Sofía.

Queda fuera de este ámbito dilucidar qué cosa sea el “realismo”. Hay abundante bibliografía a disposición del interesado; además, a pesar de lo que podría parecer, lo cierto es que el arte abstracto dentro de la contemporaneidad fue la excepción y no la norma y eso sin contar con la continuidad lógica de la figuración: fotografía, cine, televisión.... Debe dejarse sentado, antes de continuar, que por su originalidad la pintura no figurativa -abstracción lírica y geométrica primero, luego el expresionismo abstracto y finalmente la abstracción pospictórica y el op art- se hizo un hueco notable en la actividad artística (creación, exposiciones, crítica, museos) y, más tarde, hasta en la historiografía.

El artista contempla una de las obras de la muestra Realistas. Foto: Gaspar Francés
El artista contempla una de las obras de la muestra Realistas. Foto: Gaspar Francés

A partir de 1960, aproximadamente, el excesivo voluntarismo inherente a la pintura de acción y los exquisitos juegos formales de la pintura del campo de color fueron cuestionados desde una perspectiva realista que rechazaba la posibilidad de colgar en una galería de arte el trapo de limpiar los pinceles y pretendía rellenar el hueco existente entre el arte y la vida proporcionando una visión menos intelectualizada y más reconocible visualmente para un público que de forma masiva llegaba ya al mundo de la experiencia artística bien como simple espectador bien como posible comprador.

A grandes rasgos esta nueva figuración se presentaba bajo tres etiquetas: el nuevo realismo (Francis Bacon), el Pop Art (Andy Warhol) y el fotorrealismo (Richard Estes) que en Europa fue conocido como Hiperrealismo.

Además del mero academicismo, de restos del surrealismo o de pintura figurativa estilizada en infinidad de variaciones muchas de ellas de raíz expresionista, en el panorama español de aquellos años los nuevos realismos se concretarán en manifestaciones como las de Ricardo Barjola o adquirirán formulaciones pop en sus variantes eróticas (Andrés Cillero, Eduardo Úrculo) o de crítica social (Rafael Canogar, Equipo Crónica, Juan Genovés) por citar algunos de los artistas más reconocidos.

Eran momentos en los que el criterio de vanguardia venía definido no por su calidad intrínseca, no por dibujar o pintar correctamente, sea esto lo que fuere, sino por un cierto respaldo intelectual. Como consecuencia, en nuestro país, hubo que proporcionar a las pinturas de un Antonio López, pongamos por caso, de una cierta dosis de teoría por lo que, intentando separarlas de otras semejantes, se puso en funcionamiento la denominación de “realismo mágico”. El éxito internacional de este artista permitió que muchos otros de su generación se liberasen de los complejos academicistas de los que eran acusados por los expresionistas abstractos españoles y se uniesen al carro de una supuesta renovación plástica. Apoyaba este retorno al realismo, el hecho de que históricamente el arte español más admirado fuera de nuestras fronteras, la pintura del Barroco, era esencialmente naturalista. El realismo se convertía por unas y otras razones en santo y seña de lo más atávicamente español.

Damos por supuesto que esta exposición no pretende agotar el debate del realismo español aunque amplía un tanto el panorama mostrado, a comienzos del año 2016, por el Museo Thyssen que organizó una muestra, Realistas de Madrid, comisariada por Guillermo Solana y María López que recogía trabajos de Antonio López García, María Moreno, Julio López Hernández, Francisco López Hernández, Esperanza Parada, Isabel Quintanilla y Amalia Avia.

Las comisarias de esta exposición vallisoletana, María López y María Toral, se han ocupado de recopilar las obras que ahora se muestran y que, salvo algunas excepciones, poseen un interés menor que las que pudieron verse en Madrid. Además, aquí se han incorporado los nombres de Cristóbal Toral, Carmen Laffón y José Hernández. La razón en el primer caso es evidente, pero no lo es tanto en los segundos quienes, sin negar la calidad artística de sus obras, se encuentran, por su técnica pictórica y por su temática, completamente desplazados.

La exposición carece de homogeneidad puesto que mezcla facturas disímiles y muy diferentes acabados que hacen convivir obras de alto interés con otras irrelevantes; a esta impresión contribuye también la discutible planificación expositiva que no pasa de la mera distribución por los espacios adjudicados.

Estas reflexiones no implican, como podrían pensar los malintencionados, que pongamos en tela de juicio la “artisticidad” de las obras expuestas. En nuestra época, nadie está cualificado para otorgar marchamo de arte a nada. Además hay obras que me atraen poderosamente: El Hombre tumbado (2014) de Antonio López expuesto con unos dibujos de precisión científica no puede por menos que plantearme un igualado pulso con el Cristo yacente de Gregorio Fernández; La llegada (1975) de Cristóbal Toral es abrumadora aunque casi prefiero por su melancólico misterio La mudanza (1982); quizá porque siempre he sentido una predilección especial por Sánchez Cotán, me han parecido interesantes Las horas colgadas, de José Hernández y Llegando el terror (1970) me ha remitido a sus magníficas ilustraciones para La metamorfosis de Kafka. Del nostálgico y silente mundo de Amalia Avia hay algunas cosas notables aunque no la pretendida realidad en la que se recrea; me gusta, por los ecos que posee de Morandi, el Bodegón (2003-2004) de Carmen Laffón; Francisco López presenta ejemplos logrados de esta tendencia: Carmen (1979) y la monumental, y un poco amenazadora por su escala, Isabel , así como Figura de Isabel (1966-67) en la que, en un detalle manierista, hace pasar por bronce la madera en la que está tallada. No puedo por menos que alabar la espectacularidad expositiva de Carmen despierta y Carmen dormida, ambas de 2008, de Antonio López.

No es de extrañar que muchas de las obras de mayor fuerza (Ventana grande (1972-73), de Antonio López, Paisaje nocturno (1959) de Esperanza Parada, La cuna (1981), de Carmen Laffón, por ejemplo) estén organizadas como si de lienzos abstractos se tratasen y ello porque, a pesar de la excelencia artesanal de la factura de algunas obras, uno de los principales problemas del realismo es que agota todo el discurso en su mera contemplación. No hay nada más allá que la estupefacción por la habilidad técnica cuando, precisamente en el momento en el que se recupera el realismo como arte moderno, un pintor “op”, Víctor Vasarely, escribía: “Si ayer el arte significaba sentir y hacer, hoy acaso signifique concebir y hacer hacer. Si en el pasado la durabilidad de la obra se basaba en la calidad óptima de los materiales, en la perfección técnica y en la habilidad manual, hoy reside en la conciencia de una posibilidad de volver a crear, multiplicar y difundir”.

Para emocionar, o al menos para impresionar, este tipo de realismo precisa o la capacidad de trascendencia del objeto representado (Antonio López, Julio López Hernández y, en cierta medida, Cristóbal Toral, los tres nombres estrella de la muestra) o la más absoluta fidelidad al objeto del que se parte y que no se aprecie su dependencia fotográfica; cualquier tipo de desviación, desproporción, exageración, destruyen la escasa capacidad de fascinación que este género artístico posee. No quiero decir con ello que el criterio de valoración deba de ser o no el uso, en todo o en parte, de la cámara fotográfica. Vermeer, Guardi, Delacroix, Courbet la usaron. Por no decir nada de los artistas actuales. La fotografía, o las diferentes “máquinas para dibujar” son un medio más del que los pintores y escultores pueden servirse. A pesar de que en gran parte del arte contemporáneo, como en los viajes de Kavafis, lo importante es el camino recorrido, al espectador, especialmente al no profesional, lo que le interesa es el producto acabado.

No ponemos en duda el interés con el que esta exposición será vista en nuestra ciudad ni el gusto que proporcionará a los amantes de la habilidad para la copia y el placer que proporciona el reconocimiento. Tampoco queremos asumir completamente, y aplicarlas en este caso, las severas críticas que realizó Miguel Ángel al realismo de los Países Bajos “… pintura (…) hecha de trapos, de ruinas, de campos verdes, de sombras de árboles, de ríos y puentes…” al que acusaba de estar hecho “como para engañar la vista” y de ser del gusto de “mujeres (…) principalmente las muy viejas y muy mozas, y asimismo a los frailes y a las monjas y a algunos caballeros que no tienen el sentido musical de la verdadera armonía”.

Puestos a presentar de forma coherente el tema de este realismo que nunca llega a “hiper” y en contadas ocasiones a fotográfico, podían haberse incluido otros nombres gloriosos de la copia precisa como Eduardo Naranjo o el primer Matías Quetglás. Incluso ya, por rizar el rizo, alguno de los trabajos de sor Isabel Guerra.

Y concluyendo, esta exposición me parece el melancólico reflejo de un mundo cutre que, evidentemente, existió pero respecto al que su recreación plantea problemas de notable calado artístico e intelectual que requerirían un amplio y sosegado debate. Si queremos optar por una visión fotográfica de los años sesenta en España podemos dar una vuelta por Hacia la modernidad, en la sala 2, y para comprobar que existen otras variantes del realismo sería bueno completar la visita con un paseo por la sala 8 en la que se muestran, bajo el título Miradas a la realidad, algunas obras de la Asociación Colección Arte Contemporáneo.

Arturo Caballero Bastardo es historiador y profesor de Historia del Arte

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

Compártelo, apoya el proyecto

ÚltimoCero | Hazte cómplice HAZTE CÓMPLICE

No hay comentarios