Desaparición, Ali Asgari, Irán-Qatar
Desaparición, Ali Asgari, Irán-Qatar

NAPADID SHODAN (Desaparición, Ali Asgari, Irán-Qatar). Resulta muy arriesgado apostar a decir que ésta puede ser una de las mejores películas que se puedan ver a lo largo de la Seminci en las secciones competitivas, pero desde luego el primer largometraje de Ali Asgari merecía con todos los honores, formar parte de la sección oficial de cualquier festival. Larga es la noche para la pareja protagonista, larga y llena de soledad, pues toda la acción se desarrolla a lo largo de una eterna noche y madrugada, momento en el que se pone fín al deambular de ambos con los primeros reflejos de ese amanecer que comienza, y que ha ido congelando una relación que ha empezado para nosotros de manera ardiente en un fantástico fuera de campo que puede parecer amenazante pero que, más tarde, alcanza su total significación. Irán puede que, si consiguiera un régimen de libertad religiosa y política parecida al nuestro, sufriera un parón en su obra cinematográfica porque en un país donde lo explícito no puede mostrarse, esta historia de sexo juvenil con consecuencias que necesitan de asistencia ginecológica evidencia, de manera virtuosa (recordando en ocasiones aquella traumática 4 meses, 3 semanas, 2 días) el papel que los estados islámicos reservan a la mujer y su nula capacidad de autogestionar sus problemas, una sociedad que puede llevar a una mujer a la muerte si no está casada o si el padre no consiente una mínima intervención quirúrgica para la que, previamente, tendría que ser informado de la pérdida de virginidad de su hija. «Desaparición» se construye a partir de entonces como un continuo ir de hospital en hospital inventando historias, o intentando apelar a la humanidad de la enfermera o de la médico de turno, buscando la solidaridad intergeneracional frente al sistema, mostrando, con eufemismos, la existencia de una realidad sexual en la juventud iraní que choca contra la moral oficial, dejando a nuestra pareja, no sólo indefensa, sino creando un muro de sospecha infranqueable entre los dos según avanza la noche. Una película sobresaliente.

ANASHIM SHEHEM LO ANI de la directora israelí Hadas Ben Aroya.
Fotograma de ANASHIM SHEHEM LO ANI de la directora israelí Hadas Ben Aroya.

SUPERNOVAS.- Dejando aparte lo que supone para un festival aprovecharse de los réditos de otros y la ceguera implícita de haber dejado escapar todas y cada una de las películas programadas en esta sección, el primer dia de festival presenta tres poderosas películas rodadas por mujeres, entre las que se encuentra una de las mejores estrenadas en las carteleras este año, «La idea de un lago» de la argentina Milagros Mumenthaler, composición en la que el tiempo y el espacio sirve contar la infancia de la protagonista, recrear la figura de un padre víctima de la represión militar y, al tiempo, crecer con el personaje al tiempo que crea, por un lado una vida, al encontrarse en las últimas semanas de embarazo, y por otro un libro en el que quiere experimentar y sentir la figura de un padre idealizado a partir de recuerdos fotográficos de infancia y que no termina de desaparecer como aventurero mítico. La no menos interesante ANASHIM SHEHEM LO ANI de la directora israelí Hadas Ben Aroya (no terminaré nunca de entender las campañas de boicot a la cultura israelí sin pararse a pensar si el afectado defiende o no la política del país con los palestinos o si en su equipo técnico participan israelíes árabes o palestinos) donde ella misma protagoniza la película en la que, intentando olvidar a una pareja que la ha rechazado, termina siempre volviendo una y otra vez a la puerta de la casa de éste en un intento desesperado, como su final, de retomar la relación rota por un propio error. Relato generacional de una juventud liberada y sin complejos con los mismos problemas laborales y económicos que afectan al mundo occidental, y GODLESS de Ralitza Petrova, incómoda, áspera, deshumanizada visión de la Europa que ha llegado al capitalismo sin transición y donde la corrupción aprovecha cualquier resquicio para hacerse presente y dolorosa, ya sea robando la documentación a los ancianos a los que se atiende para venderla a las mafias que introducen inmigrantes ilegales, o haciendo desaparecer a los propios miembros de la organización cuando sus errores pueden poner en peligro toda la estructura, nunca un coche de policía ha podido ser más emblemático como símbolo de la desintegración de un sistema y metáfora de lo poco que vale una vida.

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