Habría que añadir, además, la dificil salida comercial de estas películas en nuestro país y las escasas posibilidades de que cualquiera de ellas termine siendo estrenada en salas, lo que hace, de ambas iniciativas, un feliz oasis para el cinéfilo asqueado de lenguajes uniformes y reiterativos en el cine comercial. Es verdad que si el mundo de la cultura se acostumbra a ofrecer sus obras de manera gratuita llegará un momento que nadie pueda pensar en la creación artística como un medio de vida sino como un mero desahogo personal para canalizar inquietudes, pero bien mirado, ante tanto monopolio audiovisual, tanto dirigismo del poder hacia lo que se debe consumir y lo que se debe ignorar en relación al arte, iniciativas como éstas también sirven para generar un caldo de cultivo que haga descubrir a un grupo resistente de espectadores, nuevas narrativas, nuevos nombres, nuevas realidades muy separadas de la obsesión por la taquilla, la publicidad y el posado fotográfico de las premiéres, y les invite a persistir en un mundo en el que, créanme, hay mucho talento y, además, termina resultando accesible gracias a las nuevas tecnologías, futuro imparable, máxime cuando las salas comerciales han desaparecido de una gran parte de la geografía y muchas otras perviven a fuerza de vomitar semana tras semana el «blockbuster» de turno. El festival de cine latinoamericano Márgenes, ya asentado en su séptima edición y de cuyo jurado oficial he formado parte, y la segunda edición de la iniciativa de la cadena televisiva ARTE, un refugio de cultura superlativa en tiempos donde lo más burdo, lo más grosero, lo más idiota campa por los canales generalistas, permiten descubrir y confirmar, la salud creativa tanto de España y Latinoamérica en Márgenes como de Europa en Artekino, y todo esto gratis, on line y con un simple registro en sus webs.

Hasta el día 17 en www.artekinofestival.com y hasta el día 22 en www.margenes.org, en abierto y sin límites, el espectador curioso, el que no se limita a aceptar como único cine existente el que aparece en la cartelera comercial, puede disfrutar de una selección de películas excelentes entre las que me voy a permitir hacer unas cuantas recomendaciones para quien quiera asomarse a ambas plataformas.

Márgenes es una pequeña distribuidora verdaderamente independiente que lucha por hacerse un hueco en un mundo fagocitado por las multinacionales y acaparado por otras pequeñas distribuidoras en relación con el mercado nacional del que llamamos, aunque no sepamos qué significa, «cine de autor». En esa lucha desigual, con nombres como Diego Rodríguez, Gonzalo de Pedro, Annamaria Sciamarella o Pablo Caballero entre otros, su camino de penetración tiene que ser internet y la apuesta por nombres desconocidos, aunque algunos no lo sean tanto. Obviamente recomendaré las dos películas que el jurado hemos decidido reconocer como las mejores del festival, por un lado la ganadora «Expolío 92« de la artista visual María Cañas, envuelta este verano en una ridícula y absurda polémica como si nuca hubiera formado parte de la corriente artística del «apropiacionismo», con la que se estará más o menos de acuerdo, pero que desde luego está muy lejos del simple plagio como se quiere hacer creer. En «Expolío 92« se juega con imágenes ajenas, todas ellas, para, desde la ironía, el humor y la mala leche, destruir el mito político de la Expo 92, sus presuntos beneficios generales, la relación España-Latinoamérica y toda la épica de un «descubrimiento» que, en la actualidad, da la espalda recíprocamente a ambos mundos. En «Tierra sola» de Tatiana Panizza, segundo premio del festival, la directora chilena parte del uso del archivo cinematográfico de corte etnográfico para ir adentrándose en el aislamiento, en la sensación de prisión que supone vivir en la Isla de Pascua y su recorrido histórico a lo largo de este siglo. Otras dos películas exigentes de este festival son «25 cines/seg» de Luis Macías, donde el ensayo experimental de filmar el abandono, destrucción y reconversión de las viejas salas de cine se mezcla con la destrucción de la libertad del propio artista sometido a la tiranía del productor que desnaturaliza y vampiriza la obra ajena hasta eliminar cualquier parecido con su origen, y «La tierra aún se mueve» de uno de los directores que más me interesan del panorama mexicano, Pablo Chavarría, ya premiado en ediciones anteriores de Márgenes, donde desde el experimento de hacer «líquida» la imagen, traza un recorrido fantasmal desde ese territorio de frontera entre México y Guatemala en el que un simple enfoque superpuesto en una carretera permite imaginar un relato fantástico y de terror, con evocaciones al cine de Maya Daren y a Dziga Vertov. Y por último, fuera de competición, otra maravilla que mira a nuestros envidiables, e injustamente maltratados vecinos portugueses, «Notas de campo» de Catarina Botelho, viaje desde el sur de Portugal hasta el desierto africano en el que la cámara va, progresivamente, sumergiéndose en un paisaje cada vez más despoblado, más erosionado, mientras dos mujeres cuentan, fuera de campo, su experiencia personal durante los devastadores efectos sociales de la crisis vivida en el país, y que, aunque recuperándose, aún deja secuelas y profundas cicatrices.

 

El festival Artekino, por su parte, hasta el día 17 presenta 10 películas de diferentes nacionalidades europeas, con previsible recorrido comercial en los países que apuestan por el cine como vehículo cultural común, entre las que sobresale, con mayúsculas y fortaleza propia, la portuguesa «Colo», de Teresa Villaverde, demoledora crítica de los efectos concretos de la crisis económica en Portugal, rodada en el ecosistema familiar, sin subrayados dramáticos, sin regodearse en lo negativo, con el aire melancólico de un idioma y una sensibilidad a flor de piel que hace de esta película una de las grandes del año, al nivel de «Estiu 1993« o la argentina «La vendedora de fósforos», cine que atrapa como un fado y que fluye lenta, armoniosa y apaciblemente hacia un final sublime en ternura y reafirmación personal. «Godless» de Ratliza Petrova, o de las razones por las que no conviene vivir en Bulgaria, otra película igualmente sobre los efectos de la crisis en un mundo absolutamente corrompido y sin esperanza, cine de la crueldad humana en el que recurrir a la autoridad es pegarse un tiro en el pie. «Chevalier» de Atina Tsangari, otra farsa sobre el mundo resultante de la crisis económica europea, una competición masculina absurda para nombrar al mejor «caballero» entre el pasaje de este yate para afortunados especuladores en el que queda claro que los juegos de unos son las desgracias de los demás, y «The last family» de J.P. Matuszynski, demoledor retrato biográfico del artista polaco sobre el que gira la película, la anulación vampírica de su familia y sus dificultades con el régimen dictatorial polaco que llevan, directa e indirectamente, a la destrucción de la persona y la subsistencia de su arte.

En suma, una ocasión formidable para descubrir cines que los festivales tradicionales suelen ignorar, con el añadido de su libre acceso y su calidad óptima de visión por la calidad de resolución. Ojalá en el futuro todos los festivales sean capaces de ofrecer a los aficionados al cine sus programaciones en tiempo real y libres de barreras idiomáticas como hacen estos dos referentes para los que nos consideramos amantes de otros cines. Y por cierto, sin necesidad de reivindicaciones políticamente correctas, postureos políticos o poses para la prensa, habrán comprobado que la mayoría de las propuestas que les hago han sido rodadas por mujeres, lo que significa que no hay que crear «cuotas» o «secciones» en festivales dedicados a «la mujer creadora», sino que hay que molestarse en buscar la excelencia creativa fuera de criterios patriarcales a la hora de seleccionar, de esa manera, naturalmente, por el peso de su propia calidad, el cine triunfa sin mirar sexos.

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