Lidia Martín junto a Luis Díaz Viana anoche en el Ateneo Republicano. FOTO: Gaspar Francés
Lidia Martín junto a Luis Díaz Viana anoche en el Ateneo Republicano. FOTO: Gaspar Francés

Lidia Martín se ha cansado de escuchar de las administraciones el 'vuelva usted mañana' y se ha lanzado a recabar apoyo popular para su nuevo proyecto documental: Agapito, Pito (el guardián del folklore). "Si Agapito Marazuela hubiera nacido en Barcelona o en Bilbao estaría en los libros de la ESO y no sería un desconocido en su tierra", afirma la directora de documentales.

A Lidia Martín, guionista, productora y directora de documentales, se le ocurrió un 14 de Abril hacer un trabajo sobre su paisano segoviano Agapito Marazuela (Valverde del Majano, 1891; Segovia, 1983). La avala una larga trayectoria -tres de sus documentales: Memorias de la Esperanza, El retorno del avefría y El Teatro, la Crueldad y las Luciérnagas han sido proyectadas en la Seminci. 

Su propuesta, dijo ayer en los Jueves Republicanos, fue recibida con entusiasmo en todos los despachos en los que la presentó. Sin embargo, pasados los meses, solo el Ayuntamiento de Valverde del Majano (donde nació Agapito) ha concretado su aportación, y el de Segovia e IU  han prometido. En el resto: Diputación de Segovia, Fundación Villalar, etc., etc., se ha encontrado con el 'vuelva mañana' o la han dado directamente con la puerta en las narices.  

"Estoy convencida que si Agapito Marazuela hubiera nacido en Barcelona o en Bilbao estaría en los libros de la ESO y no sería un desconocido en su propia tierra", afirma Lidia Martín, cada día más empeñada en rematar su proyecto que quiere tener concluido para presentar en la Seminci de 2018.

Lidia Martín. FOTO: Gaspar Francés
Lidia Martín. FOTO: Gaspar Francés

El profesor Luis Díaz Viana, que acompañó a Lidia Martín en la sesión del Jueves Republicano, reflexionó sobre el tratamiento que se da al folklore, a la música tradicional...para afirmar: "Agapito siempre reivindicó su compromiso con la República y la Causa Popular.  De ahí que siga siendo demasiado independiente, demasiado subversivo, incómodo y no acaba de encajar, aunque algunos quieran apropiarse del personaje".

El investigador del CSIC citó a Gramsci para desmontar las teoría sobre lo folklórico y lo que vale para ser guardado y no para ser vivido, y se mostró crítico con el nombre del documental.

"Yo siempre he dicho que soy de izquierdas... Yo fui comunista desde el principio", repitió Agapito Marazuela hasta el día de su muerte, el 24 de febrero de 1983.

En el debate también salieron a relucir críticas a la labor de distorsión que realizó la Sección Femenina con sus 'voces blancas'. Lidia Martín narró que en el documental, Julia León canta como si fueran dos mujeres: "Una de la Sección Femenina (voz blanca) y otra del pueblo (voz auténtica), con su desgarro, con los melismas que interpretaba Agapito Marazuela".

Un asistente preguntó. "¿Qué pensaba de El Nuevo mester de Juglaría?". La respuesta fue: "A Agapito no le gustaba El Mester; ni al Mester le gustaba Agapito".

Luis Díaz Viana. FOTO: Gaspar Francés
Luis Díaz Viana. FOTO: Gaspar Francés

Los reunidos en el Ateneo Republicano de Valladolid fueron testigos de la primicia de tres fragmentos del documental de  Agapito Marazuela, que responde a la personal forma de trabajar de la guionista, productora y directora: intercalar imágenes de época, de las Misiones Pedagógicas, por ejemplo. "Cuando llegaban a los pueblos se creaba cierta tensión, porque llegaban los de la capital. Eso no sucedía cuando iba Agapito. Llegaba y se sentaba a cantar con las mujeres; era uno más", dijo Lidia Martín.

Esas imágenes y otras de la Guerra Civil, la directora las intercala con otras que acaba de rodar. "Por ejemplo, a Eliseo Parra cantando La Cigüeña, acompañado con un almírez, en el  Torreón de Lozoya que es impresionante, haciendo los mismos melismas que hacia Agapito...O las ya comentadas de Julia León".

Lidia Martín dijo haber tenido la oportunidad de escuchar de pequeña a Agapito Marazuela en su pueblo y reconoció haber pensado: '¡Qué tío más pesado este de la dulzaina!'. Sin embargo, poco después, cuando le oí hablar y cantar, comprendí que me estaba perdiendo algo importante. Después, cuando empecé a conocer su vida, la de un hombre casi ciego que se aprendía todo de memoria, descubrí en él un músico universal, que además de la dulzaina tocaba la guitarra, y recopiló el 'Cancionero de Castilla la Vieja', con el que obtuvo el primer premio del Concurso Nacional de Folklore celebrado en Madrid en 1932".

Marazuela vivió la Guerra Civil y a causa de su adscripción al Partido Comunista de España (PCE) durante la posguerra fue encarcelado, y más tarde condenado al ostracismo y al silencio. "Ya es hora de saber quién fue Agapito Marazuela y de conocer el gran legado musical que nos dejó", repite Lidia Martín.

El Golpe militar de 1936 truncó la prometedora carrera de Agapito Marazuela. Su compromiso con la República fue total: fue comisionado por el Gobierno para representar a los grupos folklóricos en la Exposición Internacional de París, colaboró con Emiliano Barral en la organización de las Milicias Antifascistas Segovianas...

Tras la Guerra, cumplió 6 años de cárcel en 9 penales y un largo período de marginación. Poco a poco fue rehabilitándose su nombre, aunque su vida siguió siendo la de un pobre, que pasó mucha hambre y frío.  Incluso -como se recordó ayer en el Ateneo Republicano de Valladolid- el 11 de marzo de 1977, el gobernador civil de Madrid, Juan José Rosón, prohibió el gran homenaje que no pudo rendírsele en vida y que iba a tener lugar en el Palacio de los Deportes de Madrid, con cartel diseñado por José Ortega. Cuando murió, alguién se apropió de sus dulzainas, algunas del siglo XVI.

Lidia Martín recogio contactos de personas interesadas en colaborar económicamente de forma solidaria y colectiva con el proyecto.

Agapito Marazuela: 'La memoria del pueblo'

El profesor Luis Díaz Viana (CSIC), que acompañó a Lidia Martín en la sesión del Jueves Republicanos, hizo las siguientes reflexiones:  

"No hace mucho se rindió homenaje en Segovia a Agapito Marazuela ante el monumento que hay erigido en su honor en la Plaza del Socorro, con motivo de cumplirse el 126 aniversario de su nacimiento. Y ya que estamos en lo que estamos y donde estamos hago una llamada de atención sobre tres cosas: la primera es que, aunque se han sucedido los homenajes a Agapito desde su muerte, no son los mismos ni van en el mismo sentido unos que otros. No son los mismos ni pretenden destacar los mismos aspectos de lo popular aquellos que le reivindican como un eslabón perdido del folklore castellano y su guardián más o menos homologable a los folkloristas posteriores a él y quienes de una forma clara hacen constar el pasado comprometido de Agapito con la república y lo que se llamó entonces “la causa popular”. Una causa que era política e ideológica pero que también comportaba una nueva forma de entender la cultura. Me refiero ahora, por ejemplo, a las visitas de ciertos grupos a su monumento clamando por la recuperación de la memoria de los republicanos fusilados en Segovia o a quienes –la última vez fue el 21 de abril pasado- se acercan a ese lugar emblemático (al son de flauta y tamboril) abogando por la reivindicación de la República.

Y es que -esta va a ser la segunda cosa que quiero destacar- los intentos de apropiación del personaje son casi tan múltiples como los homenajes. Apropiación que tiene esas dos vertientes ya señaladas, esas dos caras de su trayectoria que en él se fundían de forma perfectamente coherente: el interés por el mantenimiento de la cultura popular y su militancia política. Unos le intentarán sumar a la historia -que a veces casi se convierte en un credo- de la conservación de la llamada “cultura tradicional”; y otros le identificarán, sin embargo, como luchador por las libertades y los derechos del pueblo o, mejor, de la gente común. ¿Por qué tal disputa a la que este documental y sus dificultades por salir adelante seguramente no son ajenas? 

Porque, por muchas razones, Agapito constituía, cuando su labor empezó a ser reconocida en Segovia, un eslabón tan insoslayable como incómodo en la cadena de recopilaciones y estudios sobre cultura popular castellana. Lo era por su ideología y trayectoria vital pero también porque su perfil no acababa de encajar del todo en las aproximaciones al folklore que habían venido imperando en las últimas décadas. Demasiado inclasificable, demasiado independiente, demasiado subversivo.

De su posicionamiento político no cabía duda alguna en tiempos de ambigüedades y pretendida pulcritud apolítica por parte de los artistas o intérpretes al uso: Agapito había tomado claro partido en su día por lo que en la época de la República se consideró “la causa del pueblo”, formando brigada militante (“Las Brigadas segovianas antifascistas”) –al producirse el golpe militar- con un segoviano no menos comprometido, como fue el escultor Emiliano Barral, cuya memoria quedaría largamente proscrita.

Pero es que su misma aproximación a lo popular, que no se limitaba a la de “músico tradicional” virtuoso sino que pasaba por la de haber sido un recopilador y concertista de guitarra destacable, se desmarcaba de lo más habitual en los años de la dictadura e incluso antes, adquiriendo una dimensión distinta: la reivindicación de las expresiones populares no se limitaba en su quehacer a moda, tendencia nostálgica o mero gusto estético. Tenía mucho de conciencia de clase, de visión distinta y revolucionaria de la cultura. Como dejó dicho en cierta ocasión a propósito de sus encuestas folklóricas: “Yo no era un señorito. Llega uno de Madrid y no le cantan. Yo era uno de ellos”.  Pues Hay una tercera cuestión que –ya que nos encontramos (el Ateneo Republicano) donde nos encontramos- no quiero dejar pasar y que tiene que ver con las dos anteriores: suele darse una gran desorientación si no tremendo equívoco respecto al folklore entre la gente de izquierdas. No se suele ser consciente de la manipulación política que supone reducir la cultura popular a vestigio folklórico, a la “cultura tradicional” gestionada desde las posiciones más conservadoras por quienes, a cambio de prebendas, se pliegan a visiones absolutamente reaccionarias de la cultura.

¿Cómo descubrir la trampa? Está –entre otras cosas- en ese invento antropológicamente aberrante al que tantos se entregan como si de una fe se tratara que se esconde bajo el término de “cultura tradicional”. Que yo sepa, Agapito nunca utilizó tal término, habla en la introducción a su Cancionero siempre de “los antiguos”, que hay que interpretar como los inmediatamente anteriores a su generación, y –eso sí- se erige en continuador (más que rescatador o salvador o guardián) de su cultura. Y es en este sentido que reivindica lo que aprendió directamente de ellos (como cultura popular) frente a los cambios introducidos por las modernas músicas y –es de suponer- las llamadas “bandas de chunda chunda” que casi barrieron los bailes, las dulzainas y tantas cosas como parte de un proceso acelerado de presunta modernización del medio rural al que también condujo el franquismo. Gramsci ya había señalado lo que hay de conservador o reaccionario y –por el contrario- puede haber de subversivo en la aproximación y tratamiento o conceptualización de lo popular. Lo que hay de revolucionario y de resistencia ante las manipulaciones de las élites en prolongar y reivindicar -como siempre hizo Agapito Marazuela- la memoria del pueblo".

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