Alejandro Cuevas. Foto: Gaspar Francés
Alejandro Cuevas. Foto: Gaspar Francés

Después de un largo paréntesis sin publicar, Alejandro Cuevas regresa a las librerías con Mariluz y el largo etcétera (Editorial Difácil), una recopilación de dieciocho relatos breves, muchos de ellos premiados con importantes galardones como el Ciudad de Torremolinos, el Jara Carrillo o el 21 de marzo.

-Han pasado catorce años desde la última novela. ¿No es eso mucho tiempo?

Supongo que sí. No es que lo tuviera planeado de esa manera, pero para escribir hay que tener ideas, tiempo y motivación. Y lo tercero es difícil de encontrar o de sentir con el actual panorama literario, tan conservador, tan centrado en clonar éxitos, en fichar youtubers. Las editoriales quieren ahora escritores que ya tengan los lectores casi garantizados. Buscan el dinero fácil. Antes, era trabajo de los editores ayudar a cada escritor a buscar su público. Ahora, esa labor la realizan sólo las editoriales alternativas, como Difácil.

De todas formas, espero que el próximo libro no tarde tanto en salir. Tengo una novela inédita, cuentos suficientes para hacer otro libro y algunos proyectos más en diferentes fases. En fin: que parado no he estado, aunque he dedicado mucho más tiempo a leer que a escribir. Leer es una experiencia mucho más gratificante que escribir.

-¿Qué es Mariluz y el largo etcétera?

Es una selección de relatos de extensión variada. Constituyen un buen resumen de mis intereses y de mis registros a la hora de escribir. Una especie de muestrario. Son textos que han reposado mucho y que se han pulido a fuerza de revisiones. Cuando mando un cuento a un certamen y no consigue nada, siempre doy un nuevo repaso al texto, para afinarlo algo más. Cuando un texto gana un premio, entonces lo retiro y lo guardo en el ordenador en una carpeta con el marbete “Libro de relatos”. Eso es lo que llega ahora a las librerías.

Concretamente, el cuento que da título al libro es la historia de una chica que está preparando oposiciones y que se encuentra estancada en una especie de ciénaga vital. Es un cuento triste y contundente, que refleja el destino de toda una generación. De ahí lo de “largo etcétera”.

-¿Es ese el tono del libro?

No, en absoluto. Lo que predominan son los relatos de humor. Algunos, ahora que los he revisado por última vez para el libro, me siguen haciendo bastante gracia. Supongo que es un poco patético reírse de las ocurrencias propias, pero no puedo evitarlo y creo que es una buena señal, porque yo no me río con cualquier cosa.

Pero pienso también que en los cuentos más melancólicos del libro hay sarcasmo, y viceversa. El humor me sirve para abordar temas hundiendo el bisturí a una profundidad mucho mayor que si el enfoque fuera absolutamente serio. El humor es como el excipiente de los medicamentos, como la anestesia que te ponen mientras te hurgan en las tripas.

Un relato del libro, titulado Cartas a Julio César (antología), tiene la apariencia inofensiva de la historia de un jubilado que escribe cartas al director del periódico local para quejarse por el cambio de un semáforo; pero debajo de esa fachada amable late una crítica feroz al clientelismo de la prensa, a la manipulación informativa, la especulación inmobiliaria, la corrupción política… Es casi un cuento antisistema.

-Tú has vivido los últimos cuatro años en Estados Unidos. ¿Cuál dirías que es la principal diferencia entre los norteamericanos y los españoles?

Hay varias. Los norteamericanos son más pragmáticos: analizan un problema y buscan una solución, aunque a veces se equivoquen. Los españoles somos un pueblo más especulativo: le damos a todo vueltas y vueltas, nombramos comisiones de “expertos”, hay debates en televisión con tertulianos que hablan todos a la vez y lo mismo opinan sobre neurocirugía que sobre el ordenamiento jurídico alemán (sin tener ni puta idea de nada), los lectores de periódicos se enzarzan en debates estériles en Internet… Y el tiempo pasa y nada relevante cambia. A los españoles se nos va la fuerza por la boca y ahora también por el teclado.

El escritor vallisoletano Alejandro Cuevas. Foto Gaspar Francés
El escritor vallisoletano Alejandro Cuevas. Foto Gaspar Francés

-¿Ha cambiado tu visión de España después de vivir en el extranjero?

Desde luego. Es un ejercicio muy sano observar tu país desde la distancia y ver lo bueno y lo malo. No existe un país perfecto igual que no hay personas perfectas. Todo eso es muy subjetivo.

Lo mejor que tiene España es la calidad de vida: un sistema sanitario fabuloso (y hasta ahora gratuito), calles pensadas para los peatones (y no para los coches), tiendas con escaparates, terrazas donde la gente se sienta y se toma una cerveza con amigos y pasa un rato charlando. Poder tomarse una caña o un café en la calle, con el telón de fondo de edificios con siglos de antigüedad es un tesoro cultural que debería estar reconocido y protegido por la UNESCO.

-¿Y qué tiene de bueno Estados Unidos?

Muchas cosas también. La verdad es que, como país, proyectan al exterior una imagen que no se corresponde con lo que en realidad son. En general, son gente muy hospitalaria, amable, directa y optimista. Sé que decir esto ahora, cuando tienen a Trump al frente, suena un poco extraño. Pero Estados Unidos no es sólo Trump, de la misma manera que España no es sólo Rajoy.

Ellos son un país de personas muy heterogéneas (razas, procedencias, creencias, estilos de vida…), unidas sólo por el hecho de ser norteamericanos. Por eso para ellos la bandera es tan importante, como aglutinador. Nosotros somos un país de personas bastante homogéneas que tratan, por todos los medios, de diferenciarse del vecino. Y no hablo sólo de las mal llamadas nacionalidades históricas, sino dentro de cada autonomía. Tenemos 17, pero podríamos tener 32. Los de Villaarriba se ofenden si los confundes con los de Villaabajo. Somos casi un chiste.

Volviendo al libro…

Sí, estamos divagando un poco.

Se abre con una cita de Valle-Inclán.

Es una cita de Luces de Bohemia: ”las letras son colorín, pingajo y hambre”. Al maquetar el libro, vimos que iba a quedar una página en blanco, y siempre me ha gustado esa frase. Me pareció oportuno colocarla como pórtico de todo el libro. Además, Valle-Inclán, en forma de calle o de paseo, aparece en otro de los cuentos. Valle-Inclán es un escritor muy reivindicable, sobre todo en estos tiempos de prosa descafeinada.

¿Qué más va a encontrar el lector que abra Mariluz y el largo etcétera?

Espero que, ante todo, entretenimiento inteligente. Al editor y a mí, que hemos ordenado juntos los relatos, nos ha quedado un libro fluido y variado.

Es un libro inequívocamente postmoderno, pero que hunde sus raíces en la tradición.

¿Y para cuándo el próximo libro?

Prometo no tardar otra década en volver a publicar. Quizás pasen sólo cinco años.

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