Joaquín Díaz y las concejalas Redondo y Soto en la inauguración d ela muestra.
Joaquín Díaz y las concejalas Redondo y Soto en la inauguración d ela muestra.

La Sala Municipal de Exposiciones de la Casa Revilla acoge desde hoy la exposición “Aprendiendo a vivir. Imágenes de los centros de enseñanza vallisoletanos entre 1850 y 1950”, que cuenta con la colaboración de la Fundacion Joaquin Díaz

“Aprendiendo a vivir”  muestra como desde mediados del siglo XVIII fueron muchos los centro de enseñanza que surgieron, al abrigo de la Ilustración primero y después fomentados o protegidos por las leyes y el sentido común. El Real Colegio Seminario de los Padres Agustinos, La Real Academia de Bellas Artes de la PurÌsima, el Colegio de La Providencia, el Colegio de La Cruz, el Colegio de San Luis, las Carmelitas de la Caridad, el Colegio de San José, el Colegio de Nuestra Señora de Lourdes, las Dominicas Francesas, el Colegio de Jesús Maestro, el Colegio El Liceo, el Colegio del Salvador, el Colegio de San Fernando, el Colegio Francés, el Instituto Zorrilla, el Seminario Metropolitano, las Escuelas de Cristo Rey o el Colegio de la Inmaculada, por citar solo los más importantes, fueron algunos de los centros donde estudiaron niñas y niños durante años. Algunos de ellos, ya desde el siglo XIX, usaron la fotografía para hacer publicidad de sus excelencias.

A través de esas imágenes se pñuede conocer la importancia que se daba a profesores y alumnos, al uniforme, a los lugares comunes (dormitorios, comedores, aulas, servicios, cocinas, patios, jardines, capillas), así como a las materias impartidas (labores, música, ciencias, religión, literatura, teatro, etc.)

En España, la enseñanza –o mejor dicho, los enseñantes, que eran quienes se encargaban de impartirla-, dependió hasta bien entrado el siglo XIX de los ayuntamientos, siendo los consistorios pequeños y de menos recursos los que principalmente adolecieron más de medios para atender a la instrucción de niños y jóvenes. La separación de sexos, la higiene, el comportamiento ético de los profesores, el local adecuado, y otros muchos requisitos hicieron de la escuela o el colegio un campo de batalla social y administrativa, unas veces desierto y otras demasiado concurrido para que de allí salieran ideas claras y resultados sólidos. La obsesión de que la instrucción era cara para los municipios, derivó en la costumbre de encomendar la misma a muchas órdenes religiosas, con una tradición secular en el arte de enseñar pero con sus propias normas y reglamentos que trasladaron a la sociedad civil sin ninguna condición o traba por parte del Estado. En la educación secundaria, y en el caso de que el centro educativo dependiese de un benefactor o de un patronato, éstos podían seleccionar al profesorado. Haciendo salvedad de personajes históricos como Claudio Moyano o Pablo Montesino, representantes de un tipo de personaje ilustrado que pretendía crear las bases –a través de leyes y normas- para una enseñanza más racional, la mayor parte de la sociedad se conformaba con establecimientos como la “amiga” (lugar vigilado por mujeres que no tenían ninguna formación pero que se encargaban de atender a los párvulos que acudían y, como mucho, ayudarles con el catón o cartilla) o con lugares donde pudieran reunirse niños y niñas sin quedar expuestos a los peligros de la calle.

La ruptura con el Antiguo Régimen que impuso la Revolución Francesa trajo aparejado un concepto del "hombre nuevo" que trataba de soslayar la educación tradicional y sentaba las bases de una regeneración social a través de la educación pública y de un buen sistema de instrucción, que quedaban a cargo del Estado. Cuando Antoine de Caritat, marqués de Condorcet, escribe en 1791 su primera memoria sobre la instrucción pública para ser presentada a los miembros del Comité, no puede sino reconocer esa costumbre centenaria que, separando la educación de la instrucción, adjudicaba la primera a las mujeres y parecía dejar la segunda para los hombres, y escribe:

"Es necesario que las mujeres compartan la instrucción dada a los hombres para que puedan vigilar la de sus hijos: Quizá -escribe- hasta serían más aptas que los hombres para dar método y claridad a los libros elementales y estarían más dispuestas por su amable flexibilidad a adecuarse al espíritu de los niños, que han observado en una edad más avanzada y cuyo desarrollo han seguido con un interés más afectuoso".

Descartado el sistema de enseñanza individual que consistía en que el maestro tuviera a su cargo la instrucción particularizada de cada niño, se fue imponiendo el sistema simultáneo a partir de 1838. A veces la dificultad de esta modalidad estribaba en que las secciones en que podía dividirse una clase tuviesen demasiada diferencia de edad y conocimientos. Con el sistema mutuo, mientras unos alumnos aventajados se ocupaban del orden, los maestros podían atender a la enseñanza por grupos de edad pero eso a veces provocaba las protestas de los padres, que consideraban que sus hijos iban a la escuela para aprender, no para ser vigilantes. Finalmente, el sistema denominado mixto trató de recoger los sistemas simultáneo y mutuo y adaptarlos a las circunstancias, al espacio con que se contaba y a las normas.

En el Anuario de 1886 de Bailly-Bailliere figuraban en Valladolid los siguientes colegios: La Providencia, La Trinidad, San Buenaventura, San Ildefonso, San José, San Luis, San Pedro Regalado y Santo Tomás, a los que había que añadir los centros particulares de niños y niñas en número de 32. Alberto Nieto Pino, en su obra La enseñanza primaria en Valladolid. 1900-1931 recoge el dato de una Memoria de 1922 que da 1.990 alumnos a las escuelas públicas, 933 a las escuelas municipales voluntarias y 3.058 a las escuelas privadas.

La guía del mismo año de la librería Santarén mostraba entre los colegios y academias los de El Salvador, la Alianza francesa, La Providencia, Nuestra Señora de Lourdes, San José, San Luis, el colegio de César Arias, el de Esteban R. del Hoyo, el de Javier Piñeiro, el de José Bermejo, el del calígrafo Leandro Villán, el de Ricardo Lastra, la academia militar de Santiago Mateos, el de Valentín Alonso y la academia de dibujo de Valentín Orejas. A ellos había que añadir las Francesas, el Ángel de la guarda, El Pilar, El Sagrario, Jesús, la Anunciación, la Enseñanza, la Filantrópica, la Natividad, la Purísima, la Virgen del Carmen, la Virgen del Rosario, el Sagrado Corazón, San Nicolás, Santa Teresa de Jesús, el Centro Católico, el Dulce nombre, el Carmelo, el Progreso, San Agustín, San Antonio de Padua, San Bartolomé, San Carlos, San Francisco de Asís, San Ignacio, San José de Calasanz, San Juan de la Cruz, Santiago Apóstol y 14 colegios más de título particular, es decir, casi 60 centros educativos para unos 6.000 alumnos escolarizados.

La exposición que contiene muchas propuestas, documentos y publicaciones, permanecerá abierta hasta el día 16 de octubre de 2018, siendo la entrada gratuita.

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