Bernardo Bertolucci.

Lo mejor de la tecnología, tras la muerte de un artista, es que su obra permanece. Para quien no tiene ningún vínculo personal con el autor, el hecho físico de la desaparición se minimiza al poder revisar, cuantas veces se quiera, su trabajo. Y en el caso de Bertolucci no es poco, ni poco importante, aunque siempre queda ese regusto amargo de los finales antes de tiempo, de las retiradas forzadas por la salud maltrecha, de las carreras truncadas, de las películas que, vistas décadas después de su realización no mantienen el mismo interés ni la misma vitalidad. Bertolucci fue un autor ligado a su momento, por eso su cine se engrandecía con el estreno y unas cuantas de sus obras han resistido muy mal el paso del tiempo como para poder apreciarse ahora con los ojos de antaño. No es malo ni es bueno, es algo constatable con mayor o menor coincidencia en el espectador, pero esa importancia ligada al momento del estreno ha permitido la permanencia de la memoria del director más allá de sus casi 20 años sin continuidad en el cine, con apenas dos películas.

Fotograma de El Conformista.
Fotograma de El Conformista.

La primera vez que me encontré con el cine de Bertolucci en una sala fue en los añorados cines Groucho de Valladolid, un auténtico filón cinéfilo que, a muchos adolescentes del momento, nos acercó a directores como Kurosawa, Laughton, Wenders, Visconti, los hermanos Marx, y también a Bertolucci, probablemente el último de los históricos directores italianos vivos. En aquella ocasión asistí perplejo a la trama de “La estrategia de la araña”, un compendio de historias cuyo lazo temporal parecía saltar de una a otra manteniendo al protagonista como él mismo y también como el padre cuya memoria se trataba de honrar. Una historia inspirada en un relato de Borges y donde la traición, la culpa, el descubrimiento de la verdadera personalidad de un muerto acercaba esta película de Bertolucci a las que, por aquél entonces, me parecían inasumibles propuestas de Antonioni. Una película tan sugerente y atractiva como para querer ver más del autor, aunque la primera vez que asistí a un estreno suyo fue con algo tan alejado de su cine como “El último emperador”, ya convertido en mito con “El último tango en París”.

Fotograma de Novecento.
Fotograma de Novecento.

Todos maduramos, y los gustos cambian, y el cine de Bertolucci evolucionó con el tiempo. Sus puestas en escena fueron muy meticulosas en los años 70, dotando a la arquitectura y el espacio un papel protagónico en la soledad y personalidad de sus antihéroes. Pero después de su aventura asiática, con el derroche escenográfico, de extras y ambientaciones exóticas de “El último emperador”, “El cielo protector” y “El pequeño Buda”, el cine de Bertolucci, como si fuera anticipando su reclusión personal consecuencia de su enfermedad, se volvió más pequeño, más íntimo, más sensorial. De sus orígenes a caballo entre los estertores del neorrealismo con “La commare seca”, donde la influencia de Pasolini se dejó ver en el propio argumento, con una historia de una prostituta asesinada en la que van confluyendo diversas versiones de lo sucedido, como en el Rashomon de Kurosawa, a los albores de un cine de izquierdas cercano a los postulados pro mayo de 1968 y una reivindicación filocomunista propia de la época, como “Partner”, “Antes de la revolución”, o un repaso a los orígenes de la decadencia democrática italiana como pueden ser “Novecento”, “Il conformista” o “La estrategia de la araña”, su cine se acercó a los temas del momento, aun a riesgo de perder su fuerza pensando en el futuro.

Fotograma de Soñadores.
Fotograma de Soñadores.

Y personalmente es, desde la distancia, el cine pequeño, el cine íntimo de Bertolucci, el que primero, y mejor, me viene a la memoria, empezando por su última y pequeña película, rodada ya desde la silla de ruedas que publicitaba su enfermedad progresiva, “Io e te”, donde dos medio hermanos mantienen una conversación llena de intimidad y miedos en la edad en la que todo son dudas, escondidos en un desván familiar, “Soñadores”, película homenaje al mayo de 68 en la que estaríamos ante la versión “soft” y “cool” de su gran “El último tango”, como una especie de reivindicación última de una libertad sexual y de pensamiento que, agotada a finales de los 70, volvía a perseguirse con la entrada del siglo XXI, o “La luna”, aquella comprometida película sobre el incesto donde el tabú era tratado con exquisita neutralidad expositiva removiendo las conciencias burguesas que, sabedoras de lo que existe en el mundo, prefieren ocultarlo tras un oscuro velo de ignorancia.

Fotograma de La Luna.
Fotograma de La Luna.

Pasadas las décadas, “La luna”, “Io e te”, gran parte de “Novecento” y “El último tango en París” son las películas de Bertolucci que mantienen incólume su espíritu y su mensaje para quien escribe, queda el mito alrededor del triunfo de taquilla y de la oficialidad de la industria de “El último emperador”, tan grandilocuente y hollywoodiense, como olvidable, o sus deshinchadas “El cielo protector” y “Pequeño Buda”, o la inconsistente revisión del mito de Lolita en “Belleza robada”, donde el uso del paisaje de la Toscana se asemeja más a un spot publicitario turístico que a un verdadero logro cinematográfico, y sus primeras películas, que son las que peor han soportado el paso del tiempo por su carácter coyuntural pero que sirven de resguardo de una memoria de una época muy turbia y violenta en la Italia de los 60-70. En todo caso, hoy ha muerto uno de los grandes, uno de aquellos de los que se esperaba siempre su nueva película aunque terminara resultando decepcionante, alguien de quien nos queda el permanente recuerdo y la ventaja de poder volver a su obra siempre que queramos.

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